Green Book: Racismo y ‘buddy movie’, por José Luis Visconti

El libro verde al que hace alusión el título de la película de Peter Farrelly queda explicado didácticamente en una escena que nos iguala con la mirada del chofer/patovica Tony Vallelonga (Viggo Mortensen): es una especie de Guía Peuser de los lugares específicos para los negros que se atreven a recorrer el sur de los Estados Unidos. Pongamos entre comillas la idea de que esos son “lugares seguros” y veámoslo como el mapa de un ghetto que establece en qué lugares pueden estar y en cuáles no. Una guía práctica convertida en un recorrido predeterminado y aparentemente seguro.

En un punto, uno podría detenerse y preguntarse por qué la película toma el nombre de ese libro. Porque es cierto que Tony va a llevar al músico negro Don Shirley (Mahershala Ali) a través de un territorio que es como un campo minado, pero la referencia al libro solo aparece, además de la escena mencionada, tan solo una vez. Parece entonces funcionar como una excusa argumental, apenas una representación vaga –la existencia del libro implica en sí mismo el peso que adquiere el racismo- de una realidad de ese momento y lugar histórico, el sur norteamericano de comienzos de los 60.

Arriesgo, sin embargo, una interpretación lateral. Farrelly parece haber encontrado su propio ‘green book’ para dirigir esta película, en tanto ha seguido, sin desviaciones, los territorios más seguros de lo que podría pensarse como un drama. Y la seguridad, en cualquier forma de arte, es una referencia al lugar común. Y el lugar común trae como consecuencia la obviedad, cuando no la exageración.

Así, podría verse un doblez que muchas películas norteamericanas con pretensiones bienpensantes sostienen como estandarte, como si en ello se jugara su apuesta a la recepción de un público amplio (y por qué no, el reconocimiento de los bienpensantes miembros de la industria). Por un lado, hay un tema que corre como fondo –en este caso, el racismo- que en su complejidad requiere de una formulación que preste atención a ello. Y, por el otro, la decisión de simplificar su puesta en la pantalla para transformar el tema en “comprensible” y masivo. El resultado es un choque en el cual se supone que una película habla sobre una cosa pero en verdad se refiere a otra.

Green Book, presentada entonces como una historia sobre el racismo, es apenas una variación pretendidamente dramática sobre el motivo de las ‘buddy movies’ , esos films en los que se suele insistir cada tanto alrededor de la posibilidad de convivencia pacífica entre dos personas de orígenes e ideas completamente diferentes. Pero la ‘buddy movie’ es un procedimiento que funciona –y no siempre- en el formato de comedia, y que en el drama genera más que un efecto de extrañamiento, un crujido de la estructura en la que se asienta. El drama que cuenta Green Book, con esa modalidad extrapolada de un género ajeno, deviene un ejercicio encorsetado por una rigidez que intenta esconder la previsibilidad tras el manto de la planificación (y por qué no, de la referencia a que está “basada en un hecho real”). Si la película es rígida es porque comete el error esencial de construir un mundo de características binarias irreductibles y carente de matices. Esa ausencia funciona como el combustible –erróneo y falso- para el acercamiento de lo irreconciliable. Después de la primera escena en el Club Copa donde trabaja Tony –la única no atravesada por el mecanismo de las oposiciones, y por ello, tal vez la más auténtica de todo el relato-, asistimos a la primera demostración de lo que vendrá, en esa recurrencia a la sobreexplicación. Un par de plomeros negros han ido a hacer un arreglo al departamento de Tony. Cuando los dos se van, la escena nos muestra a Tony que, con evidente asco, tira a la basura los vasos en los que han tomado el agua que les ofreció su esposa Dolores (Linda Cardellini). Esa escena refleja el desprecio por la sugerencia y se revela innecesaria –bastaba para entender el problema con los negros, con el hecho de que la familia ha acompañado a Dolores, mientras Tony no estaba en la casa-: sabemos, y hasta el afiche lo muestra, que Tony terminará siendo chofer de un hombre negro, con lo cual se clausura cualquier giro imprevisto de la película en cuanto al choque y el acercamiento que sobrevendrá. La remisión a una estructura que apela continuamente, a repetición, a la representación de las diferencias entre los personajes y su posible evolución a una instancia superadora es la creación de un esquema, no de una película.

El mundo binario del que se alimenta Green Book ya está marcado en los personajes. Tony es el chofer y patovica bruto, de origen italiano, enamorado y devoto de su mujer y sus hijos, asentado en el formato de la familia unida. Don es pianista, cultísimo, descendiente de afroamericanos, un homosexual que vive solo con su asistente hindú y que no tiene contacto con lo que queda de su familia. En un guiño más al pensamiento políticamente correcto, el italiano vive en el Bronx y el pianista en los altos del Carnegie Hall. Pero, por sobre todo, uno es blanco y el otro es negro. Así es el mundo que describe Green Book, una polaridad en la que solo existe el blanco y el negro, el bruto y el culto. Los actos de los personajes quedan investidos de esa misma imposición. Para Tony, Don pasa sin escalas de ser un negro con ínfulas a un genio que toca el piano. Y para Don, su chofer pasará de ser un blanco ordinario y mal hablado, a un hombre sensible que lo defiende y no lo juzga por sus elecciones. La simbiosis entre ambos no se expresa en su totalidad en la última escena, sino un poco antes, en la forma en que se comparte la travesía del viaje de regreso, una suerte de prueba definitiva y climática de la resistencia de ambos.

Lo que no parece haberse percibido es que construir un mundo binario y simplificado, más que explicar ese mundo, tiende a reproducirlo como forma de interpretar las historias personales y colectivas. Así, Green Book retoma las mismas formas que adquieren los relatos desde el punto de vista del racismo, para contar su opuesto. Y revela, desde ese lugar, su escasa audacia, su ausencia de riesgos que deriva inevitablemente en la exposición del mundo y sus historias de forma maniquea y aburrida.

Acá puede leerse una crítica de la misma película.

Green Book: Una amistad sin fronteras (Green Book, Estados Unidos, 2018). Dirección: Peter Farrelly. Guion: Nick Vallelonga, Brian Hayes Currie, Peter Farrelly. Fotografía: Sean Porter. Montaje: Patrick J. Don Vito. Elenco: Viggo Mortensen, Mahershala Ali, Linda Cardellini, Sebastian Maniscalco. Duración: 130 minutos.

1 Comentario

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Anonimorespuesta
04/03/2019 en 22:22

Lo molesto que es ver criticas al cine de esta manera, el snob de algunos criticas que en este caso por suerte con poca gente que te lee (unico consuelo). La pelicula es buena. Verle al pelo al huevo.

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