mad-max-fury-road-poster2Cuáles son las raíces que prenden, qué ramas brotan de este cascajo? Hijo de hombre, tú no puedes decirlo, ni imaginarlo, pues sólo conoces un cúmulo de imágenes donde reverbera el sol.

El árbol seco no cobija, el grillo canta monocorde, la estéril piedra no mana agua. Sólo hay sombra bajo esta roca roja.

(Ven a la sombra de esta roca roja), voy a enseñarte algo diferente, de tu sombra que marcha a largos pasos contigo en la mañana, o de tu sombra, irguiéndose al ocaso para ir a tu encuentro; voy a enseñarte lo que es el miedo en un puñado de polvo.

T. S. Eliot “La Tierra Baldía”

Mad Max resucitó la potencia de George Miller. George Miller resucitó la potencia de Mad Max. Ambas afirmaciones resultan pertinentes a la hora de asistir a la que es, sin duda, la película más emocionante  y poética del año.

Como hace treinta y seis años, Miller invita a  una estructura narrativa absolutamente básica y sencilla en su contenido pero, al mismo tiempo, como movimiento antitético, vehiculiza una semiótica intricada, compleja y erudita. En cierto sentido, nos recuerda a Vladimir Nabokov, cuyo libro más célebre, Lolita, resulta uno de los más deliciosos engaños de la literatura. Nabokov elabora un tejido intertexual, interminable y clásico sustanciado en una apariencia pulp.  De la misma forma, Miller, en el esquema básico de la redención, construye un mundo simbólico en cada gesto, cada explosión y cada silencio. Este preciosismo por el detalle, no solo tiene un valor realista sino plenamente sígnico. El exceso, elemento clave de la película, parece tener anclaje en la violencia, y no exclusivamente la que emana de las armas, los autos o los cuerpos mutilados, sino también en esta diversidad simbólica que se disputa de forma permanente en los ethos en pugna que se nos presenta.

V8 – Destrucción

“Mi nombre es Max. Todo mi mundo está reducido a un único instinto: sobrevivir. Cuando el mundo cayó, de repente fue difícil saber quién estaba más loco de todos. Si yo… o ellos”

La película comienza con esta declaración abierta, sincera y prescriptiva que parece exigir(nos): sean mis testigos. Al igual que “los chicos de la guerra”, Max reclama una justificación de su existencia en nuestro recuerdo, por ello narra esta (su) historia. La historia de cómo cayó “su” mundo, entendido doblemente en su esposa, sus amigos, su hijo y en la destrucción de la sociedad tal cual la conocía. Definitivamente, no hay juglares en el fin del mundo…

El primer movimiento, la ingestión de la lagartija, nos acerca a la identidad que todos conocemos: el loco Max. Tom Hardy realiza una buena interpretación del histórico papel de Mel Gibson porque es efectivo allí donde debe serlo. Muchos críticos han reparado en la poca cantidad de líneas que desarrolla Hardy (como si en las primeras entregas, Mel hubiera tenido una larga extensión de texto) y esto no resulta para nada relevante. Dicho llanamente, la significación aquí no se juega a partir de palabras. Tom Hardy re-crea a Mad Max al dedillo en tres gestos claves: el ya mencionado inicio, cuando come con rudeza la lagartija, en la mitad del escape, cuando va solo a detener The Bullet Farmer (Richard Carter) y vuelve empapado de sangre ajena sin que nadie pueda explicarse qué pasó, y finalmente, cuando repara maníaca y obsesivamente en sus pertenencias: su auto, su chaqueta, etc.

Luego del reconocimiento del héroe viene su cacería y con ella, diez minutos alcanzan para mostrarnos la sociedad patriarcal del villano Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne) en planos que son belleza pura.

Al igual que los Sith, el Mal provoca síntomas somáticos por lo que el “hombre que mató al mundo” es una abominación tan tuneada como sus autos y la escena en la que lo preparan para la batalla, es sobrecogedora.

Por otro lado, hay una emoción conmovedoramente neo-sublime en ese óxido que compite visualmente con la arena y, muchas veces, le gana terreno. Lo inexorable del tiempo, lo infinito del espacio: todo esto convocado en el aquí-ahora dado en la imponente ciudadela de Joe. Se construye así una metrópolis pesadillesca y explotadora en donde casi todo es susceptible de convertirse en mercancía. Los fluidos en todos sus colores: agua, petróleo, leche o sangre constituyen la piedra angular de la base económica. Cada uno representa, pues, una posibilidad de supervivencia.

A propósito de mostrar la división social de trabajo imperante en la ciudadela, Miller utiliza la “plaza pública”, lugar desde donde el patriarca, dotado de status divino, ofrece a sus gobernados un poco de su riqueza. Su contracara necesaria es The People Eater (John Howard) quien representa el capitalismo primordial en la medida que intenta racionalizar weberiamente a Joe a través de balances ecónomicos y cálculos: «Que no se dañe la mercaría», «¿Sabes cuántas unidades perdimos?», le expeta a Joe mientras éste se encuentra en plena hybris. La sacralización de Joe, se ve hacia al final, cuando toda la población lucha encarnizadamente por obtener una reliquia.

En lo que sigue a la narración, una tarea resulta asignada a la rebelde Imperator Furiosa (Charlize Theron) y la misma no finaliza con el resultado esperado para Joe. En ese contexto se presenta, la remarcable actuación de Nicholas Hoult como el sacrificado Nux.

FURY ROADLa persecución comienza y la coreografía de muerte en V8 se presenta con toda adrenalina. Desde la concepción de Joe, de la guerra tribal, con tambores y guitarras que confeccionan una especie de música ritual o de batalla a los rugidos salvajes de esos motores, la escena contiene los elementos clásicos de cualquier mitología: hay bardos (quién si no ese gran Hendrix ciego rockeando all day,  all night sobre el camión), hay héroes, hay antagonista, hay rapto y hasta Ulises, perdón Max Rockatansky, aparece encadenado en el mástil de un auto y las cosas no parecen resolverse tan fácilmente.

Necesitamos otro héroe

A menudo George Miller ha explicado que su idea al crear a Max era ofrecer una “cáscara vacía” para que cada cultura pudiera acentuar o depositar cualidades y valores y que, en esta nueva entrega, intenta mantener ese espíritu. Sin embargo, la lectura sobre la trascendencia, la redención y la esperanza que tiene este nuevo-viejo Max, parece cuestionar tal aseveración. Hay un movimiento, un devenir y una trayectoria que le ha permitido a Max, durante todos estos años, plantearse eludir o rechazar todas aquellas situaciones en las que un hombre ha sido explotado, humillado y abandonado. De esta manera, todas las desilusiones del mundo conducen a un auto-conocimiento más profundo de nuestros propios valores y configuran un humanismo “más humano”. El nihilismo impotente de Furiosa cuando grita agónica en el desierto (en una escena de singular belleza) frente a la destrucción de su utopía, demarca el camino inverso a Max. Y el camino inverso a su vida: ella debe regresar a la ciudadela porque la utopía más humana es ahora la más real, diría Ernst Bloch.

La primera entrega de la saga (1979) alimentaba la idea de un mundo sin mujeres: la esposa de Max asesinada, la chica violada por la pandilla y la anciana tía aparecían fugazmente. En oposición, las marcadas relaciones de camaradería y las sugerencias implícitas, la sobre-utilización de cierta estética asociada a grupos gay y determinadas afectaciones hiperbolizadas en las actuaciones, se amalgamaban en un giro a la crudeza de la ultraviolencia como si, de alguna forma, esto resultara indisoluble. Este mundo devastado es el territorio de los más fuertes y la fuerza es, hacia esta parte de la saga, ineluctablemente masculina. Mad Max 2 (1981) recoge esta fantasía y la deja crecer salvaje e implacable bajo la mirada atenta de Lord Hummungus y en especial  de la pareja de motociclistas, versión punk de Aquiles y Patroclo. La liberación del instinto se opone a la civilización liderada por Papagallo, en donde cierta condición aparentemente igualitaria queda reducida a una comunidad muy pequeña. De igual forma, en Más allá de la cúpula del trueno (1985) la presencia de Tía Ama (Tina Turner) no resulta relevante en los aspectos de fondo.

En Mad Max, Furia en el camino, claramente se cierne un mensaje equilibrado, prudente. El mundo patriarcal está condenado a desaparecer pero la utopía de Thelma y Louise tampoco ha sabido funcionar. Las mujeres que reciben a Furiosa y les explican que la tierra ha sido infértil y “todo se ha secado” no deja dudas del fracaso unilateral femenino y la metáfora es bastante directa por cierto. Nuevamente, avanzar hacia la sal es sinónimo de extinción. Max, quien ha superado hace tiempo esta clase de  razonamiento, le sugiere que el único camino  posible es regresar y refundar la ciudad tomando en cuenta la vieja aporía que indica que “demoliendo se construye”. Una de las esposas de Joe toma, entonces, el bolso de una vieja en el que se hallan una variedad de semillas y pequeñas plantas, signo que junto a la ascensión final  de Imperator Furiosa, dejan entrever lo que está por venir.

Y el hombre de la multitud vuelve en sus pasos para aplacar esa fuerza mesiánica interior sobre la cual el pasado siempre le reclamará derecho.

Mad Max: Furia en el camino (Mad Max: Fury Road, Australia/EUA, 2015), de George Miller, c/Tom Hardy, Charlize Theron, Nicolas Hoult, Josh Helman, 120′.