Sin ser la mejor película de Quentin Tarantino, Había una vez …en Hollywood es su más evidente declaración sobre el cine que se hace urgente hacer en los tiempos que corren. Ese “había una vez” no es solo un guiño a la cinefilia, a la condición de fábula de las imágenes, sino también un homenaje al tiempo más audaz y original –y al mismo tiempo traicionado- que tuvo el cine en su historia. El Nuevo Hollywood y su refundación de la industria más poderosa del entretenimiento fue la perfecta amalgama entre una declaración de guerra y una carta de admiración hacia la modernidad, a esa tumba de la memoria clásica, a una Europa vampírica que se había apropiado de su fama y se llevaba a sus estrellas. Tarantino explora, bajo el velo del Clan Mason y sus crímenes en plena ebullición del hippismo, el surgimiento de una fuerza irremediablemente cinematográfica que se nutrió del pasado para forjar un desesperado futuro.

Rick Dalton (el magnífico Leonardo DiCaprio) es apenas un fantasma del hombre que ha sido. Una estrella popular de la TV de los 50, con un éxito que lo hizo millonario pero que lo condenó al encasillamiento. De esa era queda su intento fallido de tener una carrera en el cine, un nombre propio y no prestado por su personaje, de habitar con derecho la mansión de Cielo Drive en la que se emborracha todas las noches. Su gloria prometida se ha hecho tan evanescente que ya nadie puede verla; solo le quedan los castings para algún piloto, alguna aparición como estrella invitada en un episodio de domingo, o ser el villano deshonrado en el duelo final frente al chico lindo de turno. En cambio, para Cliff Booth (Brad Pitt en el papel de su carrera) la vida siempre ha sido un regalo. Pese a ser demasiado lindo para ser doble, se pone en los zapatos de Rick donde quiera que lo necesite: en una escena de riesgo, como chofer de sus citas, o en el techo de su mansión para reparar la antena del televisor. Rick y Cliff son “más que hermanos y uno poco menos que esposos”, pero sus vidas están atadas, y la lealtad que los une resiste egoísmos y resentimientos.

Sin embargo, en ese mundo extraño y cambiante Cliff se mueve con más soltura. Es capaz de transitar del tráiler desvencijado que comparte con su perra Brandy a la mansión lindante con los famosos Polanski sin cambiar de actitud, vistiendo una camisa hawaiana con altura y glamour, escamoteando el pasado a su propia memoria, honrando sus amistades hasta ponerse en peligro. Sus paseos por las calles de Los Ángeles en el Cadillac de Rick, con la radio a todo volumen y el brazo fuera de la ventanilla, sintetizan su mirada de la vida, esa que le permitió sobrevivirlo todo, los ventarrones y los cantos de sirena. Si Rick se desploma en frustración y llanto frente a cualquier revés profesional, Cliff entiende que su relación con el mundo que llega es como el péndulo de un reloj, ese que siempre vuelve. Por ello sortea su excursión al rancho Spahn con inteligencia y un dejo de amargura, esa que demuestra que bajo las cenizas de aquel universo perdido asoma uno todavía más oscuro e impredecible.

El quiebre de la película se produce en una placa negra y un lapso de seis meses. Allí se juega la suerte de Rick en la Italia de los spaghetti westerns de Corbucci y el embarazo de Sharon Tate (impecable Margot Robbie) como antesala a una vida prometida. Tarantino cambia el tono en el centro de su historia, la música se nutre de armonías más sombrías, Los Ángeles se despliega como un decorado de titilantes carteles de neón. El calor del verano torna el estado de ánimo de Sharon algo ambiguo y premonitorio, y los resultados agridulces del periplo europeo de Rick tiñen su regreso de un aura de inevitable despedida. Lo significativo en esta instancia es la aparición de un narrador en off, cargado de saberes e ironía, que hilvana los acontecimientos de ese día de agosto de 1969  como los estertores de un cuento de los hermanos Grimm, que se acerca a su espeluznante final envuelto en la espesura de la sangre. El cruce entre la ruta de la Historia y el camino de la ficción requiere de este auxilio para desplazar al espectador a una mirada externa, reflexiva y autoconsciente, capaz de entender que el azar es el sumo pontífice de nuestras vidas y el destino el cruel rector de los cielos. Azar y destino, esos amos que solo supo entender el melodrama, se afilan para dirimir sus poderes en la arena que Tarantino les tiene preparada.

Si hay una escena capaz de contener toda la película es aquella en la que Sharon Tate va a un cine de Los Ángeles a ver una función de su reciente película, The Wrecking Crew (1968), uno de esos perfectos vehículos para la fama de seductor de Dean Martin en pleno auge del Rat Pack en Las Vegas. Cuando Sharon llega al cine –luego de retirar un ejemplar de Tess, la de los d’Uberville en una librería, novela que luego Polanski filmaría con Nastassja Kinski-, nadie la reconoce. En un gesto más de atrevimiento que de arrogancia, su ego recién formado se resiste a pagar el precio de la entrada de un espectáculo que la tiene como protagonista. “Yo salgo en la película”, le dice a la chica de la boletería. Y el escepticismo de la cajera se convierte lentamente en un tibio cholulismo que le permite a Tarantino sintetizar en un abrir y cerrar de ojos la compleja historia de amor entre el público y el star system. Sharon ingresa a la sala, se descalza, y mira la película con una inmejorable mezcla de fascinación y celebrada autoestima. Es ella quien hace los chistes, los golpes de karate, la que hace reír al público o despertar sus suspiros. Y en la pantalla vemos a Robbie con sus anteojos gigantes, y a la inquieta Sharon Tate de apenas 25 años que asoma como una aparición en el fondo del encuadre. La emoción de la Sharon de ficción es doble: es fruto de la experiencia real de sentirse reconocida y de la irreal de sentirse espectadora. Esa burbuja se expande a través de todo el relato, haciendo eco en cada secuencia, en la que el cine es el mejor complemento de la vida, su antídoto y glorificación, su verdad única.

Para no redundar en las declaraciones sobre la cinefilia de Tarantino, solo se puede decir que aquí es más evidente que en otras películas porque su materia prima es el mismo cine. Una cosa es reescribir la historia de la guerra y el destino de Hitler, aún desde una trinchera improvisada en una sala de cine en plena Francia ocupada, y otra es desandar los caminos de las estrellas, sus muertes y sus sacrificios. Pero Tarantino deja en claro que su vocación nunca ha sido recompensar la voluntad orgánica que tiene el cine, esa de poner en negro sobre blanco el sentido del mundo, sino apropiarse de su poder de leyenda, de su capacidad de corregir los errores de la vida, de llenar esos vacíos de toda alma desgraciada. Tarantino patalea en la voz de sus veteranos cowboys por un mundo que se escurre entre las ruinas de un set desvencijado, un mundo huraño y egoísta pero propio, que los adolescentes de la nueva era vienen dispuestos a conquistar. Y en ese intento de reafirmarse sobre sus escombros, se nutre de las otras artes, de la historieta y sus viñetas, de los cuentos antes de ir a dormir que cambian cada noche pese a las protestas, de los sueños y las pesadillas. Y qué mejor que Los Ángeles como escenario de esa batalla, la ciudad de los fantasmas y la gloria perdida, de las autopistas y las colinas con letras, de la vida y de la muerte.

Había una vez… en Hollywood se instala en una dimensión en la que la cultura pop, las canciones de amor y los seriales televisivos, los villanos del Oeste y las chicas de medias largas, eran parte de una fiebre compartida, de una pasión colectiva que permitía sobrevivir a todo oscuro presente. La idea del cine como exorcismo, como perpetua exfoliación de una experiencia en carne viva está presente en toda la obra del director, en el uso orgiástico de la violencia, en el placer inconfesable de la venganza, en los caprichos irredentos de la suerte. Hoy que el mainstream es pura previsión, que parece vivir de rendir cuentas a una idea absurda de realismo, a una matriz de costos, a una serie de expectativas generacionales, el cine de Tarantino dinamita esas deudas, se expone a un juego sin verdaderas reglas más allá del placer y la gloria. Bienvenido quien cree que basta para una vida sentirse en el paraíso luego de la admiración en voz baja de una nena de ocho años en un set de morondanga, o después de vencer a los golpes a Bruce Lee en un deslucido estacionamiento, o entre las risas del público de una función de matinée, en una tarde cualquiera.

Calificación: 9/10

Había una vez… en Hollywood (Once Upon A Time….In Hollywood, Estados Unidos/Gran Bretaña/China, 2019). Guion y dirección: Quentin Tarantino. Fotografía: Robert Richardson. Montaje: Fred Raskin. Elenco: Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Emile Hirsch, Margaret Qualley, Dakota Fanning, Bruce Dern, Luke Perry. Timothy Olyphant, Al Pacino. Duración: 161 minutos.