Cuando de análisis de películas se trata surgen varias preguntas relacionadas con el terreno fangoso de la narratología: ¿quién enuncia? ¿para quién enuncia? ¿qué sucede con la temporalidad? ¿cuál es la focalización cinematográfica (el punto de vista)? ¿cuál es la dinámica entre el saber y el ver? A menudo, estos interrogantes afloran cuando nos enfrentamos a los relatos cinematográficos propuestos por Orson Wells, Alfred Hitchcock, Martin Scorsese y Quentin Tarantino. Lo cual no quiere decir que con otros/as directores/as no suceda, sino que simplemente los mencionados problematizan, ponen en tensión y en evidencia el universo ficcional.

Había una vez…en Hollywood, novena película de Tarantino, lleva inscripta en su título un homenaje explícito a la serie Érase una vez en el oeste (1968) y Érase una vez en América (1984) de Sergio Leone. Y, a su vez, contiene una referencia al relato convencional de los cuentos de hadas: “había una vez…”. Esta marca temporal es comúnmente enunciada por un meganarrador o un gran imaginador cuya figura es inmaterial e inaudible, y que se puede percibir mediante los movimientos de cámara. Es un desconocido el que relata, pero como espectadores reconocemos a Tarantino como su confidente. El “había una vez” nos inserta en un tiempo donde las rupturas, las sorpresas y los saltos temporales son posibles y cuyos artilugios son controlados por el narrador.

En los días previos a su estreno en salas me encontré con una serie de críticas que acusan a Quentin de representar una nostalgia por el conservadurismo de los 50 y lo comparan con el presidente Donald Trump. También lo señalan como “misógino” y “sexista”, razones que habilitan la posibilidad de «cancelar» sus películas. Ante los dichos que lo incriminan injustamente, Tarantino expresó en Cannes: “rechazo tu hipótesis”. Resulta alarmante la posición de algunos críticos, que al desconocer obras como Jackie Brown –protagonizada por una heroína afroamericana–, Kill Bill, Death Proof o Bastardos sin gloria –en las cuales mujeres de diferentes edades, razas, etnias y religiones ganan autonomía y se vengan sin piedad de todo tipo de criminales–, derivan en una neurosis social que conduce a la ceguera. Sería bueno que Jonathan Rosenbaum, quien se jacta de su tradición familiar en salas de cine, revisara lo propuesto por Gaudreault y Jost en El relato cinematográfico. Así no dependería de la publicación de un titular polémico y se detendría a considerar un deseo social de “justicia”.

Tarantino asume una enorme responsabilidad en Había una vez…en Hollywood debido a que se sirve de los asesinatos cometidos por la familia Manson en Cielo Drive durante 1969 para hilar la trama. La gran mayoría de los cinéfilos sabrán que Sharon Tate, esposa de Roman Polanski en aquel tiempo, recibió dieciséis puñaladas de dos mujeres y un hombre cuando estaba embarazada de ocho meses y medio. La crueldad de la masacre cometida por Patricia Krenwinkel, Susan Atkins y Tex Watson, adiestrados bajo la mente criminal de Charles Manson, expresan un horror tal que no es posible representarlo en la pantalla grande. ¿Cómo aventurarse a una representación de semejante deshumanización? Estamos ante lo prohibido, lo vedado, lo censurado. La reproducción del salvajismo no es posible de concretarse, incluso es hasta difícil poder expresarlo en palabras. Entonces, la decisión de Tarantino de llevar a cabo un guion contextualizado en ese año, que tenga como una de las protagonistas a Sharon Tate y al clan Mason, es de una audacia excepcional.

Aquí no me convoca diseminar spoilers sino reivindicar y agradecer la eficacia narrativa de este director cinematográfico. Tarantino combina elementos reales que provienen de un hecho histórico, fácilmente comprobables en el mundo empírico, y les agrega matices ficcionales –rasgo ya explorado en Bastardos sin gloria –; así, realidad y ficción se configuran en términos de la verdad y de lo que podría serlo –porque no se trata de mostrar una mentira, sino una posibilidad–. De este modo, la verdad no es tan determinante, fiable y categórica como lo asemeja. La verdad se devela flexible, inestable, fluida y posibilita el advenimiento de imágenes inconscientes que expresan un deseo social censurado: que se haga justicia. Es decir, si no existe una máquina del tiempo que nos permita trastocar y modificar el pasado, entonces, el cine puede devenir herramienta dadora de justicia para la sociedad.

La pregunta no es si Tarantino es misógino o expone a las mujeres a actos de violencia machista en su última película –pensemos que en la vida real el crimen de Tate es un homicidio ejecutado por dos mujeres–; sino cómo representar un hecho histórico que de por sí no es representable. La verdad que nos muestra en la pantalla no es real, aunque podamos reconocer a Bruce Lee, Jay Sebring, Steve McQueen, George Spahn, Cielo Drive, el Coyote, etc. Tarantino combina ficción y realidad para reescribir la historia y ofrecer una nueva verdad. Entonces, lo que aparece a lo largo de la narración no es más que una concatenación y ampliación de significados y sentidos. Se realiza una reescritura de la historia para otorgarle un nuevo sentido y un nuevo valor. Su verdad se instala en el “había una vez” y sus recursos para llevarla a cabo se logran mediante la voz-off y el flashback.

El flashback de la ambigüedad. ¿Quién habla? Esa voz es reconocible, podría ser la de Leonardo DiCaprio o la de Brad Pitt, sin embargo, no puedo confirmarlo. Esas dudas generan las voces en off a lo largo de toda la película, nos ofrecen información, nos permiten viajar al pasado estando en el pasado –sí, lo de Tarantino es maravilloso, esos saltos temporales emulan a las cajas chinas –, pero en ningún momento se nos clarifica a quién pertenece. ¿Quién nos habla? No podemos decirlo con certeza. Es un enigma. Y de enigmas se hace eco el flashback de la ambigüedad. Brad Pitt interpreta a un doble de riesgo –otra referencia pop a su película Death Proof y un cálido homenaje a Hal Needhamal que se lo acusa de algo grave. En cada acusación Tarantino recurre al latiguillo cómico, los espectadores reímos, pero dudamos. ¿Será cierto lo que se dice de Pitt? Mmm… hasta que llega el flashback que devela el hecho, pero la cámara hace un corte y he ahí la ambigüedad: el que es un héroe podría no serlo y se nos invita a dudar de él todo el tiempo. Ni el acto cometido por Pitt ni las voces en off quedan categorizadas. Como espectadores no tenemos certezas de nada y en la dinámica saber/ver nunca sabemos más que los personajes. Tarantino pareciera comprender y ser el único confidente de lo que ellos experimentan y recuerdan. Sólo nos muestra un pedacito, lo demás es privado.

Repleta de referencias pop, easter eggs y guiños hacia el espectador cinéfilo, se recomienda considerar como claves de lectura ciertos datos del mundillo del cine para poder ser cómplice de las bromas propuestas por Quentin: la sospechosa muerte de Natalie Wood tras “caerse” accidentalmente de su yate y las acusaciones propiciadas a su marido, Robert Wagner; la familia “Manson” tenía su residencia en un antiguo set de filmación de westerns llamado “Spahn Ranch”, el cual estaba dirigido por George Spahn; el clan Manson estaba conformado por un grupo de hippies y en su mayoría lo componían mujeres; Bruce Lee entrenó en karate a Sharon Tate para su papel en The Wrecking Crew(1969). Y después de los créditos Quentin también nos preparó una agradable sorpresa. Todo lo que creemos saber, lo que suponemos que sucederá en la película, es falible. Nada será como lo imaginamos. Las sorpresas de sus cuatro subtramas nos llevan a terrenos inexplorados que problematizan la caída del conservadurismo de los 50 y la llegada de una nueva generación con esperanzas y sueños. La única manera de hacer representable el horror es mediante la ambigüedad y la caricaturización. La risa se expulsa como catarsis y el cine nos asegura que finalmente se hizo justicia por Sharon, Sebring y el resto de las víctimas.

Calificación: 10/10

Había una vez… en Hollywood (Once Upon A Time….In Hollywood, Estados Unidos/Gran Bretaña/China, 2019). Guion y dirección: Quentin Tarantino. Fotografía: Robert Richardson. Montaje: Fred Raskin. Elenco: Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Emile Hirsch, Margaret Qualley, Dakota Fanning, Bruce Dern, Luke Perry. Timothy Olyphant, Al Pacino. Duración: 161 minutos.