Hitchcock, por Marcos Vieytes

Qué raro me siento cuando una mala película, pero mala en serio, no como la última de Caetano que lo anuncia desde el título y ni siquiera cumple con lo prometido, sino de la peor clase de malas películas, que son las películas mediocres, las películas medio pelo, tienen alguna escena que me emociona mucho, diría que demasiado. Acaba de pasar con Hitchcock, que ya me está cayendo simpática, quizá hasta el punto de creer que es mala de las buenas, de las exageradas, de las indecentemente cursis, para robarle la definición a una amiga, aunque sé que no lo es. Ya me caía simpático que estuvieran Anthony Hopkins y Helen Mirren, y eso que no sabía que también estaba Toni Colette ni que la producía Ivan Reitman. No se puede ser mala leche con tanta gente linda junta. Encima, el bueno de Hopkins está maquillado hasta la caricatura y anda siempre con las manos sobre la panza agarradas apenas por la punta de los dedos.

Todo es así de convencional en Hitchcock, porque la caricatura no llega a ser tal y el exagerado trabajo de maquillaje deviene en blando e involuntario grotesco, ya que en verdad tuvo intención mimética. Mi tía abuela la vería asombrándose con cada uno de los lugares comunes cansinamente acumulados sobre el director que el no cinéfilo conoce del mismo modo en que alguien como yo, que no sabe nada del hundimiento del Titanic como no sea lo que me mostró Cameron, repite asombrado que la orquesta siguió tocando mientras el barco se hundía y ese sólo hecho me asombra, más que cualquier dato concreto, por su efectismo dramático. Hitchcock está filmada como si no existieran no ya el libro de Truffaut y ochocientos doce mil tratados, estudios y críticas, sobre la vida y la obra del cineasta, sino como si tampoco existiera Wickipedia. Y en esa reducción a lo banal –quién te dice que no sea lo esencial, me susurra el angelito escéptico que tengo posado a la derecha– reside el encanto decente, casi candoroso de esta película fuera de moda, ideal para verla con la tía abuela del campo que no supo nunca quién era ese gordo chancho que espiaba a las chicas mientras se cambiaban.

Es evidente que viéndola me remonté a una suerte de prehistoria, a una de esas periferias geográficas, culturales y, en definitiva, anímicas, en las que el cine sigue siendo una linterna mágica, una ventana a lo desconocido, entendiendo a esta última categoría como todo aquello que está en el futuro para un chico, o en ningún lugar para la hija de un par de inmigrantes italianos y trabajadora rural nacida, criada y muerta, pero no enterrada, en un pueblo chico de la provincia de Buenos Aires, mujer que se negó a conocer el mar por el miedo de ver tanta agua junta. Yo sí conocí el mar en ese viaje al que no fue mi tía abuela, me metí en él y vuelvo cada vez que puedo, pero a veces creo que ella tenía razón cuando se negaba a creer que existiera y decía que era un truco fotográfico, como esa gente que aún duda de la llegada del hombre a la luna. Ahora se me hace evidente que prefirió seguir creyendo en él como una cosa inalcanzable aún a costa de no experimentar físicamente su existencia, o que en realidad no quería dejar de darle comida a las gallinas y el resto de los animales que alimentaba en su casa con terreno y quinta enclavada en ese pueblo que se llama Polvaredas, fue el Innisfree de mi infancia y no ha conseguido que ni una de sus contadas calles haya sido asfaltada.

Resulta que el Hitchcock de esta película se parece bastante a mi tía abuela, con quien comparte la obstinación de hacerse las películas en las que prefería creer, y esa sustitución un poco patética de lo real por otra cosa más o menos real, pero de otro orden, terminó por asaltarme mientras veía a Hopkins haciendo de Hitchcock mirando desde el hall de una sala de cine saltar de la butaca a los espectadores de su recién estrenada Psicosis con cada cuchillada sonora de Herrmann. Nada de cinefilia erudita ni de cine hay en esta película, sino sólo en una secuencia ese placer básico de sentir –o hacerle sentir a otros– sensaciones elementales pero imperecederas, tanto más poderosas cuanto rutinaria fuera la organización vital de unos espectadores aún no alienados por la industria del espectáculo. Porque lo que me revivió esa escena de Hitchcock fue lo excepcional que era ver una película para muchos, así como también lo fue alguna vez para mí.

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