Textos leídos el sábado 8 de agosto en la presentación de La imagen fisiológica.

Por Luis Franc.

Escribir sobre cine es plasmar imágenes sin imágenes. La sucesión de imágenes en una película suprime la posibilidad primera de construir mundos: hay algo que inexorablemente está allí, delante de uno; no hay que construirlo, más allá de que abra a la posibilidad de organizar otra imagen: una imagen mental. Pero como lectores de una crítica, análisis, ensayo, la misión es ver la película a través de un texto que, si no existe quien le otorgue entidad, es letra muerta. Un texto sobre cine lleva implícita la confianza en un lector que no solo lo decodifica, sino que dialoga con él, comulga, confronta y –a sabiendas o no– en estos mismos actos ya se encuentra involucrado otro universo de imágenes.

Así y todo, hay textos que son letra muerta sin remedio. A esos textos les responden otros, los de Hacerse la crítica: una página, más que un libro; circulación de subjetividades, más que saber instituido; rizoma de mundos, más que “historia del cine”.

Porque el juego es hacerse la crítica, que cada lector se la haga. Y desde que esto ocurre,  los que escribimos no tenemos nada que hacer: Hacerse la crítica pasa a ser del lector. Es en este sentido que a partir de sus laberintos, en la página se invita a pensar: lo opuesto a  iluminar desde la erudición. Porque lo que también se plantea desde gran parte de las plumas, es la deconstrucción de la consolidación institucional de un “saber” y de una “seguridad” sobre el cine y sobre la escritura misma. Estas instituciones se ponen en cuestión desde una reconstrucción en movimiento, una permanente reinvención, un devenir: grupo de textos por descubrirse; que parecieran dialogar entre sí. Ahí aparece la consistencia, un universo común más allá de diferencias de estilos, de opiniones, de preferencias estéticas y de narcicismos: una consistencia, organizada en el caso de la página por el lector/espectador; y cada tanto por los editores responsables, a través de un formato libro que estructura, ordena sobre el aparente caos de la página previa a ser atravesada.

Pero a pesar de los problemas que en principio puedan presumirse del uso del término consistencia –como estructura cerrada, incuestionable, quizá institucional-, me atrevo  (con el permiso de Marcos Vieytes e Ignacio Izaguirre) a usurpar el adjetivo que da título al libro: fisiológica, para relacionar ambos. Si una imagen es fisiológica, según el prólogo, es dialéctica: por un lado (textual) “el cuerpo, lo concreto, lo material…”; por otro “lo blando, el cambio, el alma, lo vivo”. Esta forma de pensar el término, me lleva a su vez al pensamiento de Alain Badiou, de consistencia inconsistente; me lleva a encontrarme no con un saber, sino con una pregunta en movimiento; no con una institución, sino con una operatoria desde sus márgenes. Todo eso es Hacerse la crítica.

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Por Andrés del Pino.

Este es el problema de no poder presentar la propia imagen fisiológica. Escribir algunas palabras para ser leídas en un lugar donde desearía estar, además de que no me pasa nunca, me complica la vida a tal punto que al segundo renglón ya en vez de pensar qué escribir estoy pensando en cómo arbitrar los medios para estar ahí. Como verán en este momento, ha sido imposible así que mejor enfrentar las complicaciones de texto.

A la vez, no quiero tampoco iniciar esto diciendo como en los telegramas de la gente importante “compromisos impostergables impiden mi presencia en tan importante acto”, porque suena a descompostura y afortunadamente tampoco es la cuestión.

Sé que es horrible pero me permito continuar un poco más el uso de la primera persona, no puedo evitarlo. Lo dije cuando al fín conocí a Marcos, a Nuria, a Eduardo, a Hernán, a Ignacio, a Emiliano, en la presentación del primer libro en un lugar tan pertinente como el cine Cairo en Rosario: ser parte de Hacerse la Crítica treinta años después de haberme resignado a escribir sobre soja, trigo, vacas y chanchos fue no tanto cumplir un sueño como en realidad empezar a delinearlo y habitarlo. Con su cuota de transpiración y desafío como todo sueño, sentarme a escribir para hacer honor al ofrecimiento de Marcos de un espacio en este universo de placer crítico es liberador y terapéutico. Lamento si poco tiene que ver ese espíritu con lo que se entiende como crítica. La culpa es de este colectivo que inició don Vieytes y donde habilitó asiento a quienes están hoy en esta presentación.

El asunto es que vista desde afuera o adentro, esta confluencia llamada Hacerse la Crítica, que mucho mejor define el propio Marcos prescindiendo puntualmente de cada lugar común y en cambio abriendo puertas y horizontes de visiones y opiniones que jamás viajan en aburridas paralelas sino que conversan y discuten (y también divierten y se divierten, algo impagable), brinda al lector una alquimia espontánea, sin fórmula y con la libertad como estrategia incitando al lector a mirar y luego eventualmente adherir o disentir, pero sin el candado de la crítica esquemática o presumida. Los resultados están a la vista tanto en el abordaje de los films pequeños hasta en los más supuestamente importantes, lo cual también es si se quiere una regla tácita de democracia en el análisis. Recopilado y recuperado en el viejo y querido soporte papel, tal cual si fuera recuperado en soporte celuloide, el camino de Hacerse la Crítica, para mí, evoluciona con un espíritu que más que hablar o escribir de cine lo respira y lo comparte.

Un abrazo enorme a todos y ya nos encontraremos donde el destino y su navegación mande sea en mi querida Buenos Aires o cualquier otro punto de la Nacional 9.

Fotos: Marcos Vieytes