El mal está entre nosotros. Lo perturbador de ese ‘entre’ es que cuanto más acotado sea el círculo al que se refiere, más cerca está ese ‘nosotros’ de ser un ‘yo’ y de que el mal, entonces, esté en nosotros, de que nos constituya, de que sea quienes somos, si es que para entonces somos algo o alguien de lo cual tengamos conciencia. Las dimensiones del asunto bordean peligrosamente la menos rigurosa metafísica y se parecen mucho a la locura. Que ni siquiera llamaremos patología, puesto que el término implica la apelación a un léxico científico y, por ende, a una cierta objetivación tranquilizadora del mal. Ofrendas quemadas es el título de esta película de Dan Curtis (director de cine y televisión, creador de la serie Dark Shadows que se emitió durante la segunda mitad de los 60 y a la que volvió Tim Burton en su largo homónimo), además de la expresión usada en la Biblia para los sacrificios que, según la cultura de que se trate, suele ser animal o humano (ver Apocalypto, una de las mejores películas de este siglo, así como el resto de la filmografía de Mel Gibson como director, que gira alrededor de la noción de sacrificio). Imagínense de qué índole son los de esta película de 1976. Sin embargo, aquí no hay carne mutilada (no es gore), brujerías ni rituales, salvo los domésticos, potencialmente criminales como los de cualquier familia.
A priori, parece ser una película sobre casas embrujadas y, de hecho, lo es, pero hay que mirar con lupa para encontrar un hecho que no pueda tener otra explicación que la sobrenatural. Además, a Dan Curtis no le interesa en lo más mínimo la manifestación espectacular de un fenómeno, sino las causas invisibles y sus efectos físicos, mucho más violentos cuando se nos impide encontrar sus causas fuera de la condición humana. Vale decir que lo visceral, en lucha con una cultura extremadamente represiva, deviene en psicosis, y Burnt Offerings, es, entre otras cosas, una adaptación del espacio simbólico del famoso clásico de Hitchcock con Anthony Perkins que se había estrenado 15 años antes. Aquí también hay un caserón, tres niveles espaciales que pueden ser claramente leídos según el código freudiano del yo, el superyó y el ello (altillo, planta baja y piscina), la madre esquizofrenógena como descomunal generadora de locura, y hasta un personaje cuyo nombre es Marian, mínima variación nominal sobre la Marion Crane de Janet Leigh.
No hay, eso sí, ninguna de las violencias formales impactantes que había en la película de Hitchcock, ni sus virtuosismos narrativos y de punto de vista, pero sí un shockfinal que es hijo de aquella y tan contundente física como simbólicamente. La puesta en escena no hace gala de la misma obsesión fetichista que la del inglés, así como tampoco despliega la lúdica lucidez típica del surrealismo que tanto admiraba el director de Cuéntame tu vida. La característica iluminación difusa de la película y de ciertos productos audiovisuales de la década del 70, desde la publicidad naif hasta el softcore, alumbra una visión tan almidonada de la realidad –gracias a ese efecto mediante el cual la imagen parece estar laminada por una pátina de rocío, por no decir transpirada o humedecida como la visión de Angie Dickinson al comienzo de Vestida para matar– que su obsceno idealismo sugiere una realidad subterránea o exterior a ese efecto invernadero que la puesta en escena, y varias de sus criaturas, se obstinan en mantener con morbosa, endogámica asepsia. De hecho, el protagonismo de Burnt Offerings es colectivo. Una familia compuesta por padre, madre, hijo de 12 o 13 años y tía (Bette Davis), alquilan a precio vil un regio caserón neoclásico para pasar el verano.
Desde el inicio se contrapone la fascinación irrestricta de la esposa (Karen Black) a la incredulidad del marido (Oliver Reed) ante lo barato del alquiler ofrecido. El gato encerrado de la transacción es revelado de inmediato, lo que no significa que se haga visible. Nos enteraremos del precio, pero nunca tendremos dimensión exacta del costo a pagar. El precio es módico, por no decir inverosímil, porque deberán compartir la temporada con la madre de los dueños -dos hermanos sexagenarios y peculiares- sin otro menester que el de atender su dieta y cerciorarse de que no le falta nada a su estancia en la habitación superior de la casa. A diferencia de la mayor parte del terror actual, la película le dedica varios minutos a la toma de decisión, acentuando el verosímil naturalista, lo que permite darle peso a las motivaciones psicológicas de la pareja. En definitiva, el marido acepta lo irracional de la propuesta para que su mujer no deje de coger con él, y en este hecho común a la dinámica de cualquier pareja, sintéticamente expuesto y revelador de una jerarquía de poder exactamente inversa a la aparente, reside la clave de todo lo que vendrá, que es mucho, sabiamente graduado, doloroso y devastador para todos, especialmente para el hijo, acaso la víctima menos culpable de todas.


Burnt Offerings (EUA, 1976), de Dan Curtis, c/ Karen Black, Oliver Reed, Bette Davis, Lee Montgomery, Burgess Meredith, Eileen Heckart, 116′.