El desarrollo de la pandemia llevó a Roger Corman a alentar, a través de Twitter, a la realización de películas caseras, hechas en el contexto de la cuarentena. Rob Savage, el director de Host, toma esa premisa para llevar adelante un proyecto simple pero bien pensado que, sin descollar, funciona muy bien.

El cine de terror históricamente ha funcionado como cúmulo de las ansias colectivas, y las nuevas tecnologías han sido parte de esa ansiedad desde sus inicios. Con un referente cercano en la fallida saga Eliminar amigo (Unfriended, Levan Gabriadze; 2014), que se centraba en el peligro de las redes sociales y el bullying, Host recurre a la tecnología de la videollamada como soporte del género. A diferencia de la película de Gabriadze, que ponía como elemento disparador del Mal al dispositivo, a la red social, en este caso no es el medio el que se pone en cuestión. Esta decisión es signo de honestidad, siendo que la producción en sí misma fue hecha de forma remota. Criticar a un medio haciendo uso de él es algo recurrente en la industria del cine, a lo que Savage escapa. De hecho, se agrega el uso de una Polaroid como otro elemento tecnológico para captar lo paranormal, otorgándole a los dispositivos una cualidad metafísica.

Host utiliza una estética que reproduce los inconvenientes técnicos y el juego con los filtros de la plataforma, optando siempre por la aclimatación lúdica, ya que el uso la tecnología en sí no es tomado como elemento de terror, sino la complicación de «estar separados» para hacerle frente a la amenaza.

El argumento es sencillo: un grupo de amigos se junta para llevar a cabo –vía Zoom- una sesión de espiritismo, y desde el comienzo se advierte que la sesión remota conlleva menos protección ante los espíritus que se hacen presentes a través de Internet. Así, la cuarentena y la pandemia no pasan de ser unas breves referencias que funcionan como chistes (el hecho de toser, los problemas de la convivencia en el encierro, el juego con las mascarillas, etc.), sin generar el miedo en sí mismas, pero que crean el contexto de separación y encierro condicionantes de la vulnerabilidad de los personajes, dando paso a una buena generación de climas tensos.

A Host puede achacársele la simpleza y la repetición de lugares comunes propios del género, tales como la sesión espiritista que sale mal, la médium sabia de un país de Europa del Este, que tiene el conocimiento sobre lo oculto y cuyas leyes deben respetarse para no ocasionar la debacle. Reglas que se rompen en  burlas y desatan la masacre. Pero lo inteligente de la producción de Savage es que está pensada para ser vista en computadora –originalmente estrenada en la plataforma Shudder-, y ese recuadro mete de forma muy directa al espectador dentro del mundo diegético, porque comparte los medios con los protagonistas de la película. A esto se le suma la ausencia de títulos de inicio y los créditos del final inscriptos en la video llamada.

Asimismo, la multiplicidad de cámaras aumentan los lugares desde donde puede aparecer la entidad, logrando un trabajo con el espacio que se completa con la intervención del espectador, ya que es él quien en gran parte de la reproducción decide a qué recuadro dirigir la mirada. Ese recorte termina tensando al espectador, inmerso en la situación, que busca entre los diferentes cuadros el lugar desde donde puede aparecer la amenaza. Una amenaza que va in crescendo.

La progresión es manejada con astucia para llevar siempre al crecimiento de la tensión y del shock visual violento, partiendo del recurso del susto repentino para culminar con un estallido gore. Savage brinda una producción ligera, que dura lo que una sesión de Zoom, manejando bien los recursos del género y de la tecnología disponible, algo de lo que Corman estará seguramente orgulloso.

Calificación: 7.5/10

Host (Reino Unido; 2020). Dirección: Rob Savage. Guion: Gemma Hurley; Rob Savage; Jed Shepherd. Fotografía: a cargo del elenco actoral. Edición: Brenna Rangott. Elenco: Haley Bishop, Jemma Moore, Emma Louise Webb. Duración: 57 minutos.