Por Emiliano Oviedo
House es un programa de ficción que cuenta con una batería de ingredientes que, sumados, podrían indigestar a más de un espectador desprevenido. La serie transcurre prácticamente en un hospital, a puertas cerradas, pero a diferencia de muchas otras ficciones de doctores bien parecidos y cotilleos de enfermeras, House prescinde del vínculo humano. No es que no lo trabaje; sí lo hace, pero desde el anuncio de su falta. Nadie puede negar que Gregory House está más solo que un perro y que parece, por otra parte, no querer salirse de esa situación.
Entendemos y nos maravillamos con el desparpajo absoluto de este médico sabio y loco, con su dominio de la circunstancia. La heroicidad de este personaje parece residir en la abolición suprema de lo eventual. Es tal su prepotencia y desenfado que los imponderables se domestican ante su sola presencia y aparecen gobernables. Y esta es una prerrogativa que House comparte con la complexión del superhéroe: el meteorito que cambió su curso y amenaza destruir el planeta cae a los pies del superhombre. Pero House no es Superman; House no es un superhéroe invencible. Muy por el contrario, a cada paso (cojo) da muestras patentes de su debilidad humana. Pero es de la tara, de la kriptonita digamos, desde donde este raro personaje extrae su condición superlativa.
A partir de su cinismo inquebrantable, House delata a la vida humana como precaria, frágil y sin propósito. Su vocación sanadora no se alimenta de un deseo justiciero y ecuánime (Gregory sabe bien que la vida es injusta: el no puede corregir eso), sino que surge de un motor más bien ambiguo. A House le apasiona  remediar el problema tanto como hallar la falta. Si la búsqueda de la solución lo intriga, la detección del síntoma lo fascina: siempre está dispuesto a ver la paja en el ojo, siempre presto a observar la falla en el elaborado mecanismo orgánico. Su ojo es anamórfico.
La hybris de este sabio algo loco, su desmesura, su insolencia primordial, no articula una tragedia cósmica sino que encarna un drama personal. House accede a la desmesura todo el tiempo sin recibir castigo alguno por ello. Sólo el confinamiento, la penitencia personal que él mismo se impone. Este médico huraño vive en el drama del sinsentido, de la falta de significado, aún cuando estos vaciamientos sustanciales se lleven mejor con el avatar trágico, con la baraja de circunstancias que se reparten de manera maliciosa y configuran, en la última mano, el castillo de naipes que sorprende y golpea al héroe ya atrapado en la desgracia.
Pero House no cree en el destino y tampoco considera la desgracia, la minimiza. Confía tanto en la minusvalía del hombre que tiene conocimiento de la superación de cualquier imponderable. Gregory House hace del defecto humano el mejor potencial para sortear triunfante la escaleta de absurdos obstáculos que le depone la vida. Las enfermedades, el caso clínico, son la confirmación diaria de la sospecha de House. Cada caso que llega a sus manos termina montando la puesta en escena de la orfandad humana. Cada escenificación alimenta y engorda su fe en el defecto, en la tara, que significan una carga pero que, si se atiende bien, se convertirán también en la salvación. Salvífica redención que no aviene recién en la justa final, en el juicio último a la hora de la muerte, sino que se manifiesta diariamente volviendo poderoso el mundo cotidiano.  Esto lo explicaremos a continuación.
House se divierte mirando una mala tira diaria, una suerte de culebrón que repite en la tv los exagerados gestos y enredos que él mismo ejecuta en su vida. En la teleserie de médicos, Gregory se ve a sí mismo en su versión grotesca y deformada. En medio de la suspicacia y la animación de sus colegas, House pone punto muerto al ajetreo del hospital y se encierra en cualquier despacho que encuentre disponible a ver su programa favorito. Es un televidente fiel e itinerante, nómade, por eso le conviene llevar siempre consigo una pequeña tv de mano. Y parece que disfruta mucho más de su telenovela al verla reducida allí dentro. Hay un encanto particular en verlo a House, al gran cínico, absorto sobre un tan ridículo como diminuto aparato de televisión. Parece un niño que teme jugar fuera y por eso se queda dentro, confinado, pasando la tarde solo y ensimismado en su cuarto.
En House, la serie, el afuera es algo demasiado complicado. El entramado de contactos urde un tejido inacabable de vínculos que hay que entablar durante el decline del día para poder desenvolverse plenamente. Pero Gregory gracias a su genio, que siempre lo distinguió del continuo, pudo reducir un selecto grupo de contacto. Él no interviene con cualquiera: si necesita dinero, no lo tramita, se lo pide a Wilson; si le surge un inconveniente, no lo resuelve entre pares, acude directamente a Cuddy; si quiere algo, cualquier cosa, no va por ello, eso equivaldría salir al mundo y exponerse a la gente que inexorablemente se acerca y exige contacto, entonces manda a sus recaderos, a Foreman, a Chase, a Cameron. House habita un mundo íntimo, un universo conocido, y en esto sí se aproxima a la tragedia, donde el héroe al moverse sólo en los recovecos palaciegos se abstenía del mundo que le llegaba, insistente, en boca de mensajeros. El hospital de Princeton semeja la cámara del palacio, el escenario limitado, por eso es de temer todo lo que pueda entrar por la puerta principal del hall, cualquier circunstancia o llamado que nos obligue a cruzar el umbral y salir de nuestro mundo conocido, nuestro mundo casa, pequeño, intimista, reducido. Y como todo mundo reducido ofrece una ilusión: ser plenamente observable, explicable, predecible.
Este mundo cerrado, cercado, tiene muchas resonancias agoreras en el presente. Cuánto más ampulosos y delatores se vuelven nuestros gestos cuando quedamos confinados a la saludable y segura intimidad del encierro. Debido a la alarma de las pandemias, nuestro presente se radicaliza como el hospital de Princeton que a su vez ha quedado tan diminuto como la serie de doctores y enfermeras vista en la diminuta tv de mano. La seguridad de Gregory House se sostiene en la respuesta ampulosa y exagerada de la telenovela: cuando todo vínculo familiar se precariza no queda más alternativa que estilizar sobre el vacío una pátina de ocurrencia. Vedado el contacto humano, no nos queda más que hacer la broma al respecto, que salvar la fatídica situación con el ingenio voluntarioso. Los diálogos brillantes, los arranques inverosímiles de House, sus manías de aventura, hacen posible que el héroe siga envejeciendo solo e incomprendido. Pero no menos importante es la otra cara de la arquitectura que pone en escena la serie: la exageración, la hipérbole, el acceso improbable, fundan un verosímil tolerable, atenuante; domestican las fuerzas pulsoras de la vida y la muerte, las neutralizan como detrás de un vidrio. La cristalería transparente de la infraestructura de todas las oficinas y residencias del hospital colabora también en este sentido: exhibe un falso hacinamiento aséptico que atenuaría la abisal soledad de Gregory y la no menos abisal soledad ominosa del enfermo, del cuerpo enfermo, que inevitablemente, por su condición, se segrega del vínculo normal.
Extrañamente este médico huraño llegó a conquistar a millones de espectadores del mundo entero. Huge Laurie quien da cuerpo a este personaje hosco y despectivo, se consagró como el hombre más apuesto del planeta según la célebre encuesta de una revista mundialmente famosa. Pero tal vez lo más sintomático, lo que vuelve aún más extraño el éxito de la serie, es que elige, como ámbito para su trama, a la enfermedad. Centro neurálgico de la paranoia colectiva de nuestro nuevo milenio, la enfermedad es la cara del horror impronunciable del hombre actual. Nuestro imaginario moderno prescinde y resiste tenazmente cualquier arquetipo que reclame para sí a la muerte. La sociedad actual al no poder ofrecer respuestas satisfactorias a la incógnita de la muerte anónima y deletérea de la enfermedad, exige la constante exhibición de las muestras de salud. La sanidad (o mejor, su imagen social) es reclamada permanentemente en la superficie de todo el cuerpo, en todas sus partes y a todo momento. Una piel tersa y colagenada, rubicunda, una dentadura perlada y reluciente, manos suaves, musculatura siempre a punto, remoción de cualquier lastre y agalla malversa que no enuncie por sí misma a la vida.
Y aquí aparece House, un médico esmirriado, rengo, drogodependiente, desalineado, con un pedazo faltante de carne en el muslo, barba despareja y que no teme tomar su almuerzo en la morgue o al lado de un comatoso. Pero lo más importante es el hecho de que este médico, que seguramente pasó por la instancia hipocrática, usa su disciplinamiento en el arte de descifratorio de los síntomas, aquel conocimiento perito que le permite reconocer decoloraciones, excrecencias, verrugas, para delatar a la vida en su escondite, para encontrarla en falta. Donde el resto de nosotros sólo alcanza a ver una mujer hermosa, House percibe un síntoma. Y esa porfía delata, casi tanto como el síntoma, el signo deletéreo de la enfermedad inmiscuyéndose entre la vida; la pústula, la mancha, el pigmento, sorprendido en la flor de la lozanía.
Entonces ¿por qué nos deleita mirar House? ¿Por qué nos gusta mirar a un médico que se la pasa buscando los signos de la muerte? La respuesta es sencilla: porque él también administra la cura. Porque nos topamos con un personaje que resuelve los problemas porque puede concebir la vida como un todo coherente cuando esa malla coherente ha estallado ya hace tiempo en nuestra condición posmoderna. Y aquí reside la trampa, el verdadero truco de la serie: en su discurso, House no se cansa de afirmar el sinsentido, la falta de propósito, la inexistencia del Dios primero que otorgaría un hito significativo a la vida humana. Todos mienten, nada ostenta un sentido total. Pero si esa es su fórmula verbal y su leitmotiv, el método predilecto de su diagnóstico afirma lo contrario: House controla y reduce la enfermedad, consigue descubrir el problema, sólo porque imagina el caso clínico y la vida del paciente como un todo coherente. La enfermedad no es más que la manifestación emergente de una secuencia de causas y efectos. Ejemplo: en un episodio una niña sufre ataques, tiene ocho años y padece un desorden hormonal que va a matarla; el padre sale con una mujer más joven y para poder seguirle el ritmo se aplica una alta dosis de hormonas que, eliminadas por la piel, expone a sus hijos. La lujuria del padre mata al hijo. La dramática se moraliza en un orden narrativo y ético-moral.
El método de análisis de House devuelve una unidad construida y artificial al hacer proliferante de la realidad y por lo tanto fortalece de un falso sentido a la vida. Esa manifestación orgánica, que para los demás es confusa, entrópica, sin propósito, y por lo tanto, próxima al caos y a la muerte, para House es coherente, cohesiva y rectilínea.
Encontrar una línea lógica significa contar un buen relato, y en todo buen relato siempre aparece la causa, el culpable, en fin, el villano. Con House nos sentimos seguros porque sabemos que hallará al culpable en un mundo donde el enemigo parece haberse esfuminado, dejándonos a todos con nuestra cuota personal de culpabilidad, de contingencia, de incertidumbre. Al establecer una línea, un methodos, un camino a seguir, House distiende el tumulto, el avatar, el vértigo diseminante de una vida que extravió sus mapas territoriales (Jameson). Este sabio loco (héroe, villano o redentor) es el sujeto que llegó para señalar el origen de la falta y expurgar en un solo elemento un pecado que había devenido colectivo. House, dentro del relato, cura y salva a sus pacientes, pero, en última instancia, su método excede el marco diegético de la pantalla para tranquilizar, anestesiar u atenuar las ansiedades y urgencias del espectador contemporáneo.