Imperdonables, por Marcos Vieytes

Todo es muy rápido. Pienso que lo bello de lo que están haciendo está en la cinética de la producción, en la manera en que esas imágenes salen (…), en cómo son emitidas. (Hélice, Gonzalo Castro).

El protagonista de Imperdonables, última película de André Téchiné (Los ladrones) es un hombre de más o menos 65 años -los que tiene el actor Andre Dussolier-, escritor de novelas que al comienzo de la película entra a una inmobiliaria, consulta precios, no se decide, cruza palabras imperativas e impertinentes con la vendedora y se va, echado a la lluvia cortés pero irremisiblemente por ella, para volver de inmediato y tirarse un lance. En la siguiente escena los vemos recorrer una casa en las afueras de Venecia que está disponible para ser alquilada. El día es soleado, hay pasto fresco en el jardín, que separa la casa del agua. Del otro lado del amplio canal, los edificios de una ciudad cuyo prestigio no se cierne sobre la película como una imposición turística ni cultural. Mientras van y vienen por los ambientes vacíos, él le dice que la alquila si se casan. De inmediato, Carole Bouquet sangra por la nariz, sale al jardín, el plano funde momentáneamente a blanco al cambiar de escenario, y ella acepta un par de escenas y vaya a saber cuántos días después, tras conversar con una amiga mayor que fuera su pareja.

Todo es así de repentino, solar en el sentido de vital, activo, apresurado. Montaje rítmico, elipsis densas que un relato dividido en cuatro estaciones de un par de años distintos nos impone con falsa naturalidad. En La chica del tren (La fille du RER), su anterior película, todo se organizaba en función de los patines que la protagonista usaba para moverse por la ciudad. Aquí es el desplazamiento de una lancha el que dicta la pauta cinética general, además de una serie de persecuciones, caminatas y trotes de los personajes, sobre todo masculinos, que persiguen por decisión propia o ajena algo que está perdido de antemano. El viejo escritor hace seguir primero a su hija y luego a su mujer, mientras no sabe qué nueva novela escribir y si podrá coger con su mujer como antes. El chico contratado por el escritor para seguir a su mujer agarra viaje porque recién salió de la cárcel, no tiene padre y su vieja nunca supo qué cuernos hacer con él, mientras continúa enamorada de la mujer del escritor.

La única que parece no perseguir nada ni a nadie es Carole Bouquet, que cuando se pone una peluca rubia recuerda el juego de desdoblamientos que puso en marcha su carrera en Ese obscuro objeto del deseo, de Buñuel, la circulación incesante del deseo en las películas de Hitchock atravesada por el espíritu burlón de un De Palma. Su personaje, ex modelo que, cercana a los 50 años, merodea la vejez más altiva y sobria que nunca, se enamora de ese escritor de 65 caprichoso como un chico pero viril, sin sospechar que esos mismos atributos que le resultan atractivos la corren a un lugar secundario, pasando a ser para él un accesorio imprescindible. Hombre a la vieja usanza, vale decir hijo y amante de cuanta mujer se enamora, quiere todo de ella, y cuando lo consigue no saber qué hacer con eso, a resultas de lo cual construye una ficción ingenua que incluya la posibilidad de perder la realidad inmediata para ganar una sublime sabiendo de antemano que el resultado de esa apuesta es perderlo todo. Bouquet descubre el juego y se lo sigue sin decírselo, por el puro placer de sentirse deseada y joven un rato más, y para no desenmascararlo con demasiada crueldad.

Pero la intriga que sugieren esas persecuciones lejos está de la del thriller y muy cerca de la abstracción emotiva y formal. Como en La mujer de azul, de Michel Deville o como en I’m Twenty, de Marlen Khutseyev, los personajes y las situaciones en las que se ven inmersos componen un mosaico cuyo dibujo total importa tanto o menos que la visión de las juntas, porque, en definitiva, aquí la apreciación del sentido es una cuestión de perspectiva. No surgirá debido a la revelación gradual de información cuanto por la distancia a la que nos ubiquemos de la superficie en un momento dado. Pese a la disposición sucesiva de toda película, cada escena sugiere a nuestra percepción una lógica dinámica de las relaciones afectivas y eso prevalece por sobre la noción de suspenso, a la que se echa mano como señuelo o coartada. En Imperdonables no hay nada imperdonable, así como no hay otro misterio que el de la fluctuación de las relaciones y el paso ligero de todo lo que se desea. Y eso puede ser doloroso pero nunca triste, parafraseando a la chica de Bube, de Luigi Comencini.

Comparta sus opiniones