El cartero llamará tantas veces como sea necesario para que cada uno pueda encontrarse con su destino. Según James M. Cain, solo dos llamadas podían convocar a la fatalidad. Para Luchino Visconti, en cambio, alcanzaba con estar sometido a una obsesión. La fuerza del destino a la que mentara Verdi en su ópera, unió a dos hombres en apariencia tan distintos como el novelista americano, quien ejercitaba un realismo de frases secas, diálogos y acción, propio de la mejor tradición de la literatura de su país, con el aristócrata italiano Visconti, Duque de Modrone, miembro de la nobleza de Milán, criado en los pasillos de La Scala de la cual su abuelo fue director. Un duro irlandés y un refinado esteta educado en el ámbito de clausura de las bellas artes.

El punto de unión fue la célebre novela de Cain. El cartero siempre llama dos veces ya había sido adaptada al cine en 1939 por Pierre Chenal en Francia cuando, en 1943, en medio de la ofensiva aliada y el desbande fascista, Visconti la eligió para su debut como director.

Obsesión comienza con un plano desde el interior de la cabina de un camión que avanza por una ruta, una especie de falsa subjetiva ya que la cámara está instalada en el medio de la cabina y no se ve a ninguna persona a los costados. Mientras el camión avanza, corren los títulos y en la banda de sonido se oye una música orquestal con aires de obertura operística. Es una declaración de principios y al mismo tiempo una forma de apropiación del texto de Cain (el apellido del novelista estadounidense-irlandés no habrá pasado desapercibido al italiano Visconti, ambos educados en ámbitos culturales católicos. Al hacer suyo el texto del americano, el duque de Modrone ocupaba el lugar de Abel ejercitando su venganza: un robo por un fratricidio).

La apropiación continúa en la escena inicial. El camión se detiene a cargar nafta, los conductores bajan y toman vino del pico de una botella de chianti; aparece el dueño del lugar, un hombre obeso y maduro, los tres descubren a un vagabundo que viaja de polizón en la caja del vehículo, lo echan de mala manera; el hombre camina hacia el edificio que está al costado de la ruta. Durante toda la secuencia se escuchan voces que cantan a coro “Di Provenza il mare, il suol”, famosa aria de La Traviata, de Giuseppe Verdi. Gino, el vagabundo, entra al edificio, una trattoría en donde un grupo de hombres de apariencia humilde tocan, ahora en un piano, la misma melodía del aria. Los planos generales del exterior, se transforman en medios y americanos cuando Gino se acoda en la barra y escucha la voz de una mujer que canta una canción. Gino camina tras esa voz como atraído por un hechizo, hasta detenerse en el marco de la puerta que separa el salón de la cocina. Allí está Giovanna; la traviata, la extraviada, la mujer perdida, como la Violeta de la ópera verdiana; oculta por el cuerpo de Gino, solo vemos en principio las piernas, cruzadas, provocativas, perfectas. Erotismo ejemplar, explícito e implícito a la vez, la historia de pasión y crimen ha comenzado y Visconti ha consumado su propio crimen adueñándose ya por completo de la historia de Caín, llevándola a su territorio geográfico y cultural y, por lo tanto, universalizándola.

Sabemos lo que vendrá. Giovanna y Gino concretarán su pasión y al mismo tiempo planearán el asesinato de Giuseppe, el obeso dueño de la Trattoría y de Giovanna (es ésta la que induce al crimen como en casi toda la obra del misógino Cain). Las dudas de Gino, su huida a Ancona, previa al crimen, su ambigua amistad con el Español, un artista trashumante de calles y ferias, antecesor gay del Zampanó de La Strada (la puesta en cámara de la película de Fellini tiene muchas similitudes con Obsesión, en especial los desolados exteriores de playas y campos), quien mira a su amigo con un deseo parecido al que concretó Giovanna. El viril Gino es un hombre débil, que se deja querer y conducir (por Giovanna, por el Español, luego por Anita), así como se deja llevar al crimen; un vagabundo sin objetivos atrapado por la decidida voluntad de la hembra. Tener o no tener es la disyuntiva de Giovanna; tener casa, hombre, hijo, es ser en la Italia arrasada por el fascismo y la guerra. El parricidio de Giuseppe lo es también el de la ópera clásica, un género codificado, clausurado y perfecto, como el tango. El cine, imbuido de la prepotencia modernista del siglo XX todavía en ascenso, ocupará con rapidez su lugar, como lo demuestra la trayectoria artística del propio Visconti, siempre cineasta y esporádico regista de ópera. La mirada estética y telúrica de Visconti se vuelve en este punto política (Vittorio Mussolini, el hijo cineasta del Duce, productor de las dos películas fascistas de su amigo Roberto Rossellini, obstaculizó y consiguió prohibir parcialmente el estreno de Ossessione) y al mismo tiempo –en la parte final luego del crimen, al que no muestra, en una elipsis que diferencia a Obsesión de casi todas las otras versiones, y dirige la atención a los intereses profundos de aquel Visconti: la pasión, las luchas sociales y políticas soterradas, el nacimiento del arte como respuesta vital, como necesidad colectiva que atraviesa todo el tejido social – melodramática y por tanto operística. Si se trata de política, el contradictorio Visconti –dandy mujeriego y filo fascista en su primera juventud, asumido homosexual más tarde y aristócrata devenido izquierdista bajo la influencia de su maestro Jean Renoir (quien le hizo leer la novela de Cain)- profesaba entonces el marxismo y participaba de la resistencia. Sus protagonistas son un par de amantes pasionales y asesinos, pero el corazón de Visconti late desde el ambiente popular que rodea a sus protagonistas. Y en esa mirada rescata al tosco Giuseppe, quien, en un viaje a Ferrara junto a Giovanna y Gino, participa de un improvisado concurso de canto y lo gana. ¿Qué es lo que canta Giuseppe? “Di Provenza il mare, il suol”. Giuseppe, como su tocayo Verdi, es un artista, uno del ámbito popular, tosco y simple, tal vez despótico, pero, a diferencia de Giovanna y Gino, es un artista, al igual que Anita y el Español; en su modulada voz se recrea la forma más prototípica del arte italiano, la ópera, que nació en el pueblo y se hizo parte de las altas artes sin perder su linaje popular, en otro proceso de apropiación del que la aristocracia visconteana resultó beneficiaria. Al reconocerle a Giuseppe su carácter de artista, Visconti restituye la ópera y el teatro de Ana y el Español, el arte en suma, al pueblo. Giovanna y Gino también son parte de él, pero aparte del don natural de su belleza física, no tienen ningún atributo que los rescate de su vulgaridad. Si el crimen es su única forma de expresión, los dos representan a la época, son la encarnación del fascismo, aunque ellos lo ignoren. Apenas un año después del estreno de Obsesión, Visconti junto al resto del pueblo italiano, recuperaría la libertad que Giovanna y Gino no supieron darse.

Ossessione (Italia,1943). Dirección: Luchino Visconti. Guion: Luchino Visconti, Mario Alicata, Giuseppe de Santis, Gianni Puccini, Alberto Moravia y Antonio Pietrangeli. Fotografía: Domenico Scala y Aldo Tonti. Elenco: Clara Calamai, Massimo Girotti, Dhia Cristiani y Elio Marcuzzo. Basada en la novela El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain. Duración: 140 minutos