Si bien James M. Cain es conocido como un escritor de novelas negras, Mildred Pierce (1941) es esencialmente un drama psicológico que da cuenta del encuentro imposible en el vinculo madre-hija y también de las capacidades de una mujer para valerse por sí misma, sin la tutela de un hombre, en el contexto de la gran depresión de los años treinta en Estados Unidos. Es la censura de la época, por la cual los personajes moralmente reprochables no pueden no sufrir una condena social, la que determina que la adaptación llevada al cine por Michael Curtiz se envuelva de la atmósfera de la novela negra e incluyendo un asesinato, culmine con la cárcel para Veda.

Tacones lejanos (1991) es una película de Almodóvar que está inspirada muy libremente en la novela de Cain. Veremos entonces cuál es la vuelta que le da el director manchego para que funcione a los fines de su búsqueda estética y de sus temas de interés.

La primera cuestión a señalar es el subtitulo que acompañaba la promoción de la película de Curtiz en su estreno en Argentina: El suplicio de una madre. Efectivamente, Mildred representa a la madre abnegada que se sacrifica en todo sentido para complacer a su consentida y narcisista hija Veda, a los fines de obtener su amor. Pero el encuentro se revela imposible porque haga lo que haga y aun logrando obtener una buena posición económica burguesa, Mildred no puede borrar el estigma de su marca de origen, proveniente de una familia de clase trabajadora, razón por la cual es profundamente despreciada por Veda.

Es claro que, afecto al melodrama como es, el insoluble abismo de la relación madre-hija, viene como anillo al dedo a los intereses temáticos de Almodóvar, interesado en plasmar las dificultades en lo que hace al terreno del querer. No obstante, Pedro invierte especularmente la dirección del conflicto de este vinculo. En Tacones Lejanos, se trata del suplicio de la hija, es ella quien padece a su madre y quien abnegadamente busca por todos los medios su atención y su amor. Este cambio sirve a los fines de Almodóvar de situar, como en muchas de sus películas, a la madre como el origen de la tragedia, como un estrago para sus hijos. La madre almodovariana suele ser el tipo de la madre posesiva, controladora o sumida en la locura, que engendra los traumas de sus hijos, precipitándolos al desastre. En la particularidad de Tacones Lejanos, es lo femenino en la madre lo que resulta estragante para su hija Rebeca. En la película de Almodóvar, lo femenino, que en la novela de Cain es encarnado por la impiadosa Veda (a quien sólo le importa la codicia y la vanidad del buen pasar despreocupado y que se expresa abiertamente en el disfrute licencioso del canto), se juega del lado de Becky del Páramo (Marisa Paredes), que, absorta en su ajetreada y afamada vida como cantante y en su lujurioso deseo por los hombres, ha sido una madre distante para su hija Rebeca (Victoria Abril). Es el desamor materno lo que precipita a Rebeca a la tragedia del asesinato de los hombres en la vida de su madre (su padrastro cuando era pequeña y su esposo Manuel en la actualidad y con quien Becky retoma un viejo amorío), a quienes vive como rivales que le quitan ese amor que por derecho de sangre debería corresponderle y por el cual sigue esperando como cuando era niña.

Otro elemento a señalar es que, en el trío del melodrama amoroso hija-esposo-madre, el crimen no es empleado como elemento para dar cuenta de la bajeza moral de la que sería capaz el personaje de Rebeca en su resentimiento y manipulación hacia su madre (como sí es evidente en la adaptación de Curtiz en el caso de Veda), ni tampoco a los fines de crear una atmósfera de enigma y tensión para el espectador. Lo que le interesa a Almodóvar es mostrar cómo la culpa puede ser tomada sobre sí por los personajes en función de los intereses que persigan e incluso cómo puede leerse como un operador subjetivo que aflora desde el inconsciente de los personajes como necesidad de castigo por sus deseos, con total independencia de la verdad fáctica de quién haya cometido el crimen en los términos del derecho penal.

Por otra parte, desde lo estético es clave notar cómo Almodóvar conserva elementos del clasicismo al recuperar cierto costumbrismo y el dramatismo del melodrama tradicional español, pero al mismo tiempo, consigue reversionarlo al combinarlos sabiamente con los colores y la geometría de Mondrian en los vestuarios y los decorados así como con la cultura pop, el kitsch, el tono paródico y elementos biográficos; propios de sus marcas de autor.

En esta linea, mediante el personaje del juez Domínguez (Miguel Bosé) con su triple vida como el travesti Femme Letal y el yonqui Hugo, Almodóvar reintroduce en la trama al personaje marginal e incomprendido por la sociedad que le interesa visibilizar, ya no por su condición social como lo es Mildred en tanto trabajadora, sino por su diversidad sexual y sus compulsiones, al tiempo que evoca sus comienzos en la época de la “movida” madrileña. El personaje de Letal pone en juego la vanguardia del cine de Almodóvar al poner sobre la mesa lo que hoy es moneda corriente visibilizar y escuchar en tanto “estallido del género tradicional”. El multifacético personaje que encarna Miguel Bosé manifiesta que biológicamente se puede ser un hombre, que genéricamente se puede ser un hombre y una mujer (al vestirse con ropas que identifican culturalmente a un género u otro), que a la vez se puede elegir un objeto de amor heterosexual (Rebeca) y que también se puede acceder en ciertos momentos a un modo de goce femenino (ligado a la resonancia poética en el cuerpo de la lengua) en tanto cantante. Da cuenta, entonces, cómo en esos tiempos de rígidas fobias hacia las disidencias sexuales y sin conquistas sociales en que ampararse, la radicalidad de una posición sexuada como esa, quedaba confinada a la clandestinidad del reducto del club nocturno o de la vida paralela.

Por otra parte, el tema tan presente en la filmografía de Almodóvar entre la artificiosa apariencia que redobla y desdobla miméticamente a la sórdida realidad se encarna también en la trama que involucra a Letal y a Rebeca. En sus performances, Letal imita a Becky del Páramo. De este modo, Rebeca encuentra una manera sublimada de recuperar a su ausente madre.

El sacrificio materno que Cain y Curtiz ponen en primer plano en sus obras, el manchego lo recupera en el final de su película. De esta manera, nos ahorra el desenlace fatídico, aunque no nos brinde un final completamente feliz. Almodóvar da cuenta de lo tortuoso y difícil que es el vinculo madre-hija, cargado siempre de reproches y de ambivalencia propia de la marca de insatisfacción y castración que se adscribe a la hija mujer, a diferencia de la completud que generalmente ofrece el hijo varón, pero no lo vuelve un abismo infranqueable. En su lecho de muerte, Becky es capaz del acto de amor de declararse culpable del asesinato de Manuel en lugar de su hija, gesto que la redime en tanto madre. En ese momento, se disipan el rencor y el desapego y entonces ambas obtienen el regalo evanescente de fundirse en el abrazo que las encuentra.

En Tacones lejanos, Almodóvar tiene el don maravilloso de tomar los acartonados personajes estereotipados del melodrama clásico, deudores de la telenovela de impolutos y villanos, de quitarles toda connotación moral y brindarnos personajes más cercanos y matizados en sus luces y sombras y que por eso son capaces de hablarnos de la vida misma.

Tacones lejanos (España,1991). Guion y Dirección: Pedro Almodóvar. Fotografía: Alfredo F. Mayo. Música: Gil Evans, George Fenton y Ryūichi Sakamoto. Elenco: Miguel Bosé, Marisa Paredes y Victoria Abril. Adaptación libre de Mildred Pierce, novela de James M. Cain. Duración: 112 minutos.