PETROLEO_SANGRIENTO_POSTER¿Acaso tengo un hermano?

Daniel Plainview.

Viscosa misantropía. Ya desde Sydney, su ópera prima, Paul Thomas Anderson mostraba indicios de querer profundizar en la psicología hermética de un personaje sin geografía sencilla. Con o sin la salvedad de aquel primer asomo, Petróleo sangriento representa una separación enfática con respecto a su obra precedente y marca un quiebre en la carrera de su autor en todo concepto. La desconexión filio-paterna (lema recurrente en su obra) se ejemplifica en una sordera, pero no será discurso totalizador más que en apariencia. En Petróleo sangriento, la lucidez crítica de Anderson da visibilidad al negociado de la religión y el petróleo durante gobierno de George W. Bush, pero incluso más valiosa es la voluntad artística de enrarecer su obra apelando al distanciamiento de la imagen cinematográfica que interpela la mirada del espectador, resuelto a desarrollar el estudio de una naciente psiquis cada vez más críptica.

Petróleo es fidedigno retrato, a la vez que anacronismo, de un presente que se sitúa a finales del siglo pasado. El relato de P.T. Anderson pone en relieve el nacimiento del fraude y la superstición, los valores heredados y los lazos familiares que lo signan. De adopciones y papeles jamás concebidos sino interpretados, en última instancia ésta es una película de roles cutáneos y sobre todo performáticos que culminan en la caricatura y el exceso bufonesco del juego teatral, con personajes imbuidos de un agrio nihilismo, la jocosidad de una tiniebla. La Revelación que se vende (y se compra) es líquido-viscosa, sacramento que unge el entrecejo de un bastardo en una canasta y sedimenta las bases de una nación bajo el manto problemático de la fe telúrica. P.T. Anderson examina dos estandartes, dos banderas férreas que se alzan imponderables hacia el presente: el dogma religioso de la institución de la fe cristiana y el desarrollo de la era industrial a través del crecimiento del magnate petrolífero. Tiempos de inflexión que presentan una confrontación despiadada y animal que, en la actualidad, reafirma su compleja interdependencia, tal como el profético título original sugiere. Hay bautismo, y definitivamente habrá sangre.

therewillbeblood460La insania del magnate Daniel Plainview y el farisaico predicamento del pastor Eli Sunday operan como arquetipos signados por lazos fundacionales que apelan al origen, prístino más que religioso, en su acepción “el amanecer del hombre”. P. T. Anderson filma el petróleo como si fuese una epifanía de franca semejanza con aquel famoso monolito hacia el cual el cine se extendió con los brazos en alto. A través de su cámara, la sangre negra de Cristo se transforma en rito iniciático de la Historia, reflejo de los nubarrones del cielo, vislumbre del ignoto motor del mundo. Esta efervescencia surge del centro mismo de la tierra, allí en lo hondo arcano alejado del sol, en las huestes plutonianas donde tradición y modernidad se friccionan y el hombre ensimismado inicia su desatino con su pico de minero, en busca de aquello a lo que Bogart se refería en el cierre de El halcón maltés.

La remilgada pantomima de Eli busca el sacramento bajo sus pies sin jamás elevar la mirada al cielo, la tenue sonrisa de su rostro monocromo oculta un desespero santiguado en la codicia. Su proselitismo religioso es lazo oficialista entre las necesidades egoístas del magnate y los feligreses acérrimos, que difícilmente aceptarían que Plainview extraiga los frutos del suelo si el nuevo camino no llevara a la Iglesia. Sin más antídoto que el de seguir el juego, y así forjar su imperio personal, Plainview y Eli se disputan el trono comunitario. El nombre Eli alude a Elías, el profeta alimentado por el Señor a través de unos cuervos, lo que da trascendencia a los graznidos implorantes de Eli ante cada embestida del titánico magnate, así como a sus ropajes oscuros. La historia de Elías también está vinculada a la larga sequía divina, las lluvias y los fuegos celestiales; análogos al yermo paisaje de Little Boston, los baños de petróleo y la trinidad del incendio que pone en relieve las falsas subjetividades escenificadas: el Padre, fuego magno en la torre de perforación donde se produce la tragedia que deja sordo al pequeño Plainview y genera la ruptura en la sociedad padre-hijo (luego de que la torre no fuera bendecida por Eli, en omisión voluntaria de Plainview); el Hijo, aquél incendio que inicia el pequeño Plainview en la casa donde se hurga en los recuerdos y marca una línea divisoria entre falsos hermanos; y por último, el Espíritu Santo, caricaturizado por Eli inmiscuyéndose en el sueño de Plainview al graznido de: “¡La casa se incendia!”, en un vano intento de despertarlo del letargo en su mansión. A propósito, es significativa la escena en que Plainview le achaca su incapacidad para sanar a su hijo, diciéndole: ¿acaso no eres un conducto del Espíritu Santo?

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La hermanada farsa de sus antagonistas se sustenta en el mutuo reconocimiento y la elocuencia discursiva de sus miradas, que pronto evolucionan en sopapos aleccionadores de uno y otro lado: un evangélico baño en las aguas viscosas de Daniel y un psicopático bautismo en el agua bendita de Eli. Todo sea por construir un oleoducto con destino de océano, un océano idílico donde el sueño de una mansión kaneana es añoranza pesadillesca de la infancia, nostalgia de una casa grande que atormenta y fascina -una casa que de niño quería habitar y cuidar rodeado de niños- pero que si ahora la viera, dice Plainview, enfermaría. Profecía cumplida la suya, hogar desolado y fastuoso enmarcado en la vileza solitaria de un pasado irresoluto del que apenas habla. El pragmatismo es tal que se sobreentiende, sujeto tácito, axiomático. El pozo sin fondo que penetra remite a la incógnita infante del Rosebud de Welles, pero con una diferencia significativa, ahí donde Kane se revela a través de lo que los otros dicen de él, P.T. Anderson construye un claustro sin harapos de otredad.

En Plainview algo se adivina, un espacio duro y conformado, sin acceso.Reconocemos en la mirada abyecta una máscara apretada que lo moldea, pero del sí mismo impoluto sólo queda la estela de un rompecabezas inconcluso, vestigios de cartas y fotos familiares, líneas sin ilación que son información de una historia que puede o no ser cierta. Ahí mismo, en el océano de sus recuerdos, es donde Plainview da cuenta -por primera vez- de la traición de Henry, un don nadie, el falso hermano que la cámara de Anderson juega a espejar y confundir con Plainview; el que le permite una bocanada de aire fresco, un impulso vigorizante: ser íntimo, confiarse nuevamente al contacto sanguíneo de su historia, al descubrimiento interior que, sin embargo, no será otro que el de un fraude expresado en un frío disparo en la sien con su consecuente entierro en la noche. Plainview vuelve a cavar pozos, pero ahora para ocultar un cadáver. Petróleo Sangriento revela así su autonomía y tótem argumentativo en la potencia enigmática y seminal de lo inasible cifrado bajo tierra. En más de un sentido es la historia de un descubrimiento, ciertamente, pero también es la revelación de aquello que se consolida velado y conforma una urdimbre psicológica que excede cualquier marco de representación. El rostro tumultuoso y el pensar rumiante de Plainview es de una fiereza sin igual que, con todo, suscribe a un derrotero trágico de signos reconocibles en la curva narrativa clásica, logrando demarcarse abiertamente, como si actor y director hubiesen traspasado un umbral dispuestos a explorar en la complejidad del laboratorio performático, confesando el quid último en la emancipación del complejo familiar a través de la misantropía, contradicción per se.

1-There-Will-Be-BloodLa coda memorable lo tiene a Paul Thomas Anderson liberado y juguetón con las necesidades de la épica grandilocuente, dejando en claro lo sublime del exceso y lo deformatorio como antónimos ineludibles de lo delicado y bello. Ermitaño, grotesco y howardhugheano, en su periplo enajenado de todo contacto circundante –a excepción de estatuarios y flemáticos mayordomos- Plainview se encierra sobre sí roncando cada vez más fuerte en un sopor tan hondo que ningún estruendo logra despertarlo. Sólo el susurro del nombre Eli alcanza. El plano turgente se desborda en la parodia de sí mismo, en colosal salvajismo y denuesto que incluye licuados e hilos de baba cayendo de la atronadora boca de Plainview. A esta altura, ya casi convertido en un cuadrúpedo con dorso tan horizontal e irregular como las colinas de Little Boston, Plainview improvisa extravagantes movimientos en un cataclísmico acontecimiento de cotas quijotescas, que no podría tener otro marco de posibilidades que el de una sala de juegos, una sala de bowling de perfecto orden, alterada por el golpe seco de un bolo sobre un cráneo de sangre aún negra, sólo apenas roja.

Petróleo sangriento, (There Will Be Blood, 2007) de Paul Thomas Anderson, c/ Daniel Day Lewis, Paul Dano, Dillon Freasier, Ciarán Hinds y David Willis, 158’.