En el prólogo de la otrora célebre antología de cuentos McCondo (1996) compilada por los chilenos Fuguet y Gómez, el mismo Fuguet (aunque se hace llamar “un amigo”) cuenta una anécdota: mientras participaba de una beca literaria muy prestigiosa en Estados Unidos, presentó unos escritos a un alto editor yanqui, quien se los rechazó por no “escribir como latinoamericano”; es decir, por no escribir en clave “tropicalista” (realismo mágico y real maravilloso) con la que las historias sudacas son vendidas -y, sobre todo, leídas- en el país del norte y su respectivo mercado. De hecho, este editor, según el mismo Fuguet, le dijo que esas historias que él presentaba son “como las que escribían ellos”.

Curioso: Scorsese, en Vidas al límite (1999), tumba su New York querida en una plenitud decrépitamente noctámbula en la que deambulan locos, fantasmas, farsantes, criminales, convalecientes, amantes, drogadictos, demonios, vagabundos, agonizantes, médicos, enfermeros, enfermos, camilleros y ambulancias en una suerte de embudo de locura donde lo surreal (entendido en el término primigenio de supra-realidad, es decir, de super realidad) marca el límite entre la noche y el día, entre la enfermedad y la salud, entre la locura y la cordura, entre la vigilia y el insomnio cayendo, casi sin querer queriendo, en un realismo mágico y/o real maravilloso urbano, newyorquino, por el cual, a la película en su momento, se la ninguneó bastante.

Scorsese, a pesar de su urbanidad inapelable, había traspasado el límite de su propio realismo -ese de mafiosos y asesinos tremebundos- para adentrarse en un vértigo psicológico donde, más que la reflexión freudiana, lo que importaba era mostrar una inercia imparable, terrible, que se vive en la noche del centro del imperio: en la ciudad centro del mundo. El título original en inglés Bringing Out the Dead, sin embargo, adelanta el fracaso de la película ante la crítica: no hay una New York realista y su locura; hay una New York surreal donde la locura -y valga la paradoja si hay alguna- es el símbolo de cualquier realidad. Como ese “tropicalismo” que no le gustaba al editor yanqui ni al propio Fuguet que, al fin y al cabo, “escribía como ellos”.

Por estos motivos, Frank Pierce (Nicolas Cage) no quiere -ni debe- dormir. Por eso, para él, salvar a alguien más, es salvarse a sí mismo. Por ello, para Frank, dormir sería como morir. Sólo el amor (el de Mary Burke, interpretada por Patricia Arquette) parece redimirlo, traerlo de entre los muertos, de su conciencia y los que se le aparecen en sus manos cuando su ambulancia no llega a tiempo, para hacerlo sentir, justamente, vivo. La mezcla de sentires, de estados más bien, es el eje por el que Frank vive su vida sin querer preguntarse sobre ella. Pues él, que está entre los muertos cada noche, cada día, ¿está realmente vivo? ¿Dónde está la diferencia, el privilegio si es que lo hay?

Lo perturbador de la película está en la posible respuesta. Frank lo sabe y por eso se fija en Mary. Frank lo sabe y por eso la maravillosa escena en que acelera la ambulancia con su desquiciado compañero Tom Wolls (Tom Sizemore) parece ser la bisagra de toda duda; la poética exprimida al límite de un tipo que ya no los distingue. De un vivo-muerto o muerto-vivo enredado en una realidad noctámbula, oscura, paranoica, somática, mágica por momentos, sórdidamente maravillosa en otros, surrealista en casi todos, realista siempre y en esta mezcla atolondrada es que Scorsese no sale bien parado… O, por el contrario, potencia una película de culto extraordinaria, con una fotografía soberbia, donde las ojeras oscuras de sus personajes principales lejos de retratar vidas en decadencia, (de)muestran vidas apasionadas donde a la muerte, en vez de evadirla, se la tiene que inmunizar. Como sea, inmunizar para que la vida siga valiendo algo: ¿lo poco que nos conforma en nuestra propia locura, en nuestra propia sanidad demoníaca?

Vidas al límite (Bringing Out the Dead, EUA, 1999), de Martin Scorsese, c/Nicolas Cage, Patricia Arquette, John Goodman, Tom Sizemore, Ving Rhames, 121′.