¿ Cómo se siente? ¿Cómo se siente?

Estar completamente solo, sin saber el camino a casa

Ser un completo desconocido, como una piedra que rueda

Bob Dylan ( Like a Rolling Stone)

Lo primero que a uno se le viene a la mente al ver la película monumental que Scorsese realiza en 2005 para la televisión sobre la figura mitológica de Bob Dylan es el poder premonitorio que tiene. Filmado más una década antes de que el compositor de Soplando en el viento ganara el premio Nobel de literatura en el 2016, el documental de Scorsese muestra de manera contundente el impacto demoledor del arte de este compositor que, con un pie en el folk y otro en el rock, modificó las entrañas de la música popular americana en el siglo XX, al mismo nivel que los mismísimos Beatles. Dylan, en la mirada de Scorsese, es un revolucionario y un poeta que convulsionó con su arte una época de por sí convulsionada. El Dylan filmado por Scorsese también  es un documento de la época, que no se detiene en la imagen del propio Dylan sino que comprende y abarca el clima en el cual se gestó y construyó su personalidad artística.

El material que recupera Scorsese nos da cuenta de la importancia fundacional de Dylan, no solo desde una perspectiva estética por su influencia en la música a inicios de la década del 60, sino en términos políticos ya que capta un clima social muy preciso en el que se gesta también, y a la par, la revolución beatnik, movimiento determinante para la historia de la literatura latinoamericana y del cual el propio Dylan fue un notable heredero. Sin ir más lejos recordemos la presencia de Allen Ginsberg en el video de la canción Subterranean Homesick Blues (para muchos, el primer videoclip de la historia). Esta dimensión política enriquece la mirada de Scorsese ya que potencia los aportes estéticos del propio Dylan situándolos en un tiempo y contexto preciso, que no es otro que el tiempo en el que Scorsese comienza a dar sus primeros pasos como cineasta.

Una primera decisión drástica tomada por Scorsese es que la historia narrada en No Direction Home llegue hasta 1966 (momento crucial y de rompeaguas en la biografía de Dylan debido a su misterioso y mitológico accidente de moto). La otra decisión fundamental a la hora de pensar el relato fue trabajar con imágenes de archivo tomadas por otros realizadores, lo que transforma el film personal de Scorsese en una obra coral que da cuenta de una época a través de múltiples ojos (o cámaras). Todas esas decisiones no dejan de hacer a No Direction Home una película personal sino todo lo contrario: es en esa decisión de montaje en la que se observa la mano de artesano de Scorsese. Podríamos pensar, entonces, que en un sentido la película está anclada en una premisa simple: ¿Cómo narrar con un montón de material ajeno un fragmento fundamental de la vida de un artista? Scorsese indaga en esos años de la vida de Dylan y allí también aparece la prehistoria de la música que todos -y principalmente é- amamos.  Scorsese trabaja a partir de imágenes del gran director de rockumentales D. A. Pennebaker, de registros de algunos festivales de Newport que  fueron filmados por Murray Lerner,  y de diez horas de entrevistas tomadas por Jeff Rosen.

Un momento fundamental de la película es en el que Dylan electrifica su música porque esa decisión, que hoy es vista como natural, tomada en las entrañas de la década del 60 significó una toma de partido que al interior del movimiento folk fue vista lisa y llanamente como una traición. Es en esa  decisión que la película y el protagonista cobran una intensidad y un tono eminentemente político. Es interesante cómo la pelicula complementa la mirada hipnótica de Dylan con la mirada de compañerxs de ruta en las que destaca particularmente Joan Báez que en un momento notable comenta:  “Todavía hoy, más de treinta años después, cada vez que voy a cantar a un concierto benéfico, me preguntan una y otra vez: ‘¿Va a venir Bobby?’. Y yo les respondo: ‘Idiotas: no va a venir nunca…’ (risas)”.

En otro sentido podríamos pensar que el derrotero de Dylan en esta excursión de tres horas y media es también la historia de un artista que se interna en un universo, el de la canción tradicional de protesta en la década del 60, para dinamitarlo desde dentro y mutarlo, expandiéndolo desde su genio para finalmente salir eyectado de él en el preciso momento en el su música se hace eléctrica. Ese quiebre está inserto en una década de cambios y fluctuaciones a nivel global lo cual hace que cada cambio tenga sobre sí el peso de lo drástico, el peso de lo definitivo.

Es notable el pulso rockero que tiene Scorsese para narrar una época como lo fueron los 60: el surgimiento de la música rock y del pop y esos nuevos jóvenes que surgían al calor de los cambios en la década más convulsionada del siglo xx también están detallados en cada plano y en cada una de las palabras de este profeta que habla de sí mismo y de todo lo que lo rodeaba con una sencillez y lucidez apabullante. Este acercamiento a la vida y obra de Dylan es quizás junto a sus crónicas (también publicadas en 2005) una puerta de acceso para conocer y comprender a uno de los artistas mas importantes del siglo XX. La faceta del Scorsese documentalista nos muestra a un director apasionado por ese mundo de la música que es fundamental para entender su obra y que atraviesa a su vez su extensa filmografía, desde esos hipnóticos blues de Bernard Herrmann en Taxi Driver hasta el aullido que significa Gimme Shelter en Los infiltrados, pasando por las bandas de sonido compactas y de marcado pulso blusero como fueron las de Buenos muchachos o Casino. Pero es particularmente en sus documentales musicales donde se observa un goce tan explícito en su mirada que uno queda absorbido por las imágenes que captura. Pienso en el documental sobre los Stones, Shine a Ligth, o en la notable El último vals (anterior acercamiento a la vida y obra de Dylan), además de su sentido y virtuoso contacto con el blues en The Blues o el documental sobre George Harrison, Living in the Material Word.

La importancia del material de archivo referido a los primeros años de la carrera de Dylan (los que abarcan hasta 1966) pueden encontrar una explicación más política que estética:  son los años en los que Dylan se convierte en una de los voceros de esa generación, los del fin de la inocencia para la sociedad americana, los del asesinato de Kennedy, la fallida guerra de Vietnam o el Mayo Francés. Scorsese pareciera tomar la imagen y obra de Dylan, su voz, sus ojos, para narrar la tragedia de una época. A más de una década del estreno de este documental, a Dylan le llegó la hora de la canonización, pero fueron esos años de experimentación, en los que llevó su lírica a las cumbres del formato canción con sus historias de perdedores hermosos y de denuncia del orden precario e injusto del mundo, los que definieron su historia. Y es esa búsqueda innegociable de un estilo y de una fe, que Dylan llevó adelante en sus primeros años, más que la cualidad intrínseca de su obra, lo que despertó la pasión en Scorsese. No Direction Home no hace al final otra cosa que agigantar el mito de este profeta que hizo de su obra la descripción de un mundo tumultuoso y en construcción permanente en el que los iluminados por su poesía atraviesan sus vidas inciertas llenos de sonido y furia.

No Direction Home: Bob Dylan (EUA, 2005), de Martin Scorsese, 359′.