Del cine de Scorsese me interesa todo, pero por épocas se van renovando los intereses, variando. Cuando uno es joven en sus películas puede encontrar la violencia, la celeridad, el carácter intempestivo de muchos de sus personajes que de alguna manera cristalizan una manera de sentir y vivir esos sucesos extraordinarios dentro de cierta cotidianeidad próxima. A través del tiempo no se pierde nunca esa fricción existencialista que sigue seduciendo.

Sus duplas con De Niro, Pesci, Paul Schrader, Thelma Schoonmaker, son mis preferidas y reflejan lo concreto, estrecho y concurrido que es el camino hacia sus ideas. Siempre pone su ojo sobre los grupos, la comunidad; las operaciones de sus protagonistas son el resultado de las acciones del colectivo social que integran y los rodea.

Mean Streets (1973) podría funcionar como un prisma para ver en relieve gran parte de sus obsesiones que irán mutando con los años, pero que aún persisten a días del estreno de Silence.

En la secuencia de títulos un proyector de Super 8 exhibe en un efusivo color un prólogo que nos presenta al protagonista, nos ubica geográficamente y muestra a sus amigos, familia y la graciosa escena en las escalinatas de una iglesia saludando al párroco con Be My Baby de las The Ronettes mostrando un trazo seguro y potente.

Scorsese filma Mean Streets, su primera gran película, después de Boxcar Bertha (1972) y parece abandonar sus años de formación para ingresar en lo que sería el cuerpo de buena parte de su obra.

Mean Streets es una película de pequeños personajes que entran y salen, de gente que circunda a los protagonistas, de secundarios y, por supuesto, un momento importante en la vida de Charlie (Harvey Keitel), pero también en la de Johnny Boy (De Niro), un tonto con iniciativa.

Charlie es un chico de Little Italy, contrariado por su fe y por lo que sucede día a día a su alrededor, un personaje que se construye sobre dos líneas a medida avanza el relato: en soledad se muestra reflexivo y consciente de su extravío; en grupo, como un líder con obligaciones familiares, torpe y canchero. Sus elecciones lo irán perfilando sin que se dé cuenta bien hacia donde se dirige, no hay convicciones, es como si todo se enlazara sin remedio. Es un juego de chicos que de un momento a otro se convierte en algo serio, peligroso y concluyente.

Es la clausura de los años de formación de Martin, la idea primaria de un estilo a desarrollar muestra una pulsación firme al manejar ciertas expresiones en la cadencia de su idea narrativa. Comienza a mostrar esos extensos planos, claros y precisos, que distan mucho del virtuosismo ocioso de muchos de sus colegas y que a su vez poseen el nervio que por momentos y aun hoy se siente urgente, tal vez porque copia el carácter de sus obsesiones.

En esta película, sin darse cuenta, Scorsese casi crea el cine posmoderno como hoy lo conocemos, con recursos como el ralenty de cámara con música (diegética o no) y el rock como intérprete de un mecanismo que tiene un rol preciso en la función narrativa. Porque Scorsese elige y le da espacio a The Rolling Stones con dos canciones en diferentes momentos, pero en un mismo espacio y eso es definitivo para crear la idea de narración rock, que no es más que una atmósfera, clima enrarecido, nocturno y resbaladizo. Algo tomado luego por muchos grandes directores como Tarantino y Thomas Anderson (dos que se me vienen rápidamente), que, aunque pueden alejarse del rock, continúan con la idea central de encuadre y montaje canchero si se quiere, bastardeada luego a más no poder por la publicidad. Mucho de lo que hoy son lugares comunes del cine popular se ven en sus primeras tres películas, pero para mí Mean Streets es la vedette de la trilogía.

La entrada de Johnny Boy al bar con las chicas, juega con un subjetiva de Charlie que observa como su amigo se acomoda la ropa en la puerta mientras ellas ríen. El contraplano de ese punto de vista arranca con el primer acorde de Jumpin Jack Flash y un travelling que es también un paneo de la barra del bar en cámara lenta y nos lleva hacia Charlie y su mirada seria. Belleza pura y estilizada. En esa secuencia vemos a un joven que ya maneja todas las herramientas del artificio del cine: cuando De Niro avanza, Jagger canta la primera estrofa que dice algo así como: Nací bajo el fuego cruzado de un huracán y le grité a mi madre bajo la lluvia. Pero todo está bien ahora. De hecho ¡muy bien!

Mientras Johnny Boy alardea y saluda desde un rojo profundo, nosotros oímos dos líneas que podrían ser la sinopsis, en trazos gruesos, de la historia en clave de rock.

Esos diálogos “sin sentido”, donde cada palabra se cubre de intrascendencia para resignificarse casi como obra del espíritu santo y delinear cuidadosamente las características de Charlie y Johnny Boy y todos esos sátrapas que los acompañan. Esos gangsters de pacotilla que Scorsese retrata con amor, por esas calles que son la de su infancia. El ítaloamericano fotografía gente normal, torpe e inseguros, en momentos trascendentes. No hay nada más peligroso que un chico sin mucho que perder.

Calles salvajes (Mean Streets, EUA, 1973), de Martin Scorsese, c/Harvey Keitel, Robert De Niro, David Proval, Amy Robinson, 112′.