“(…) la paradoja del boxeo… una experiencia emocional imposible de comunicar con palabras; una forma de arte, como lo he sugerido, desprovista de análogo natural en las artes: por supuesto, también es primitiva, del mismo modo en que pueden considerarse primitivos el nacimiento, la muerte y el amor erótico (…)”

Joyce Carol Oates, Del Boxeo.

¿Es qué hay algún toro que no sea salvaje? Sí, el buey. Como el toro, el buey es un macho bovino, pero castrado. La castración puede ser el resultado de un accidente, sin embargo, en lo que aquí nos interesa, es un producto de la cultura. Es el ser humano quien corta los testículos del toro; casi siempre por cuestiones vinculadas a la primitiva economía rural. El toro hecho buey se domestica, usa su fuerza para la producción en beneficio del amo. Empuja y produce pero no reproduce. El hábito civilizado de la época ha reemplazado el simple salvajismo de esta primaria ceremonia por su versión metafórica, popularizada a partir de la revelación freudiana: la castración simbólica en la que el macho de la especie subordina su virilidad al deseo despótico de la hembra. Toro u hombre, animal mutilado o humano sometido, ni uno ni otro pueden ya gozar con libertad de la descarga más primaria y feliz con que la naturaleza beneficia a las especies vivas: el estertor del sexo, esa explosión sin destino en la que cada uno termina siendo otro, machimbre fugaz que reinventa al mundo.

Toro salvaje de Martin Scorsese es la puesta en escena agónica y elemental de esa disyuntiva. Jake La Motta (Robert De Niro)es el toro que no se resigna a ser buey. Le piden su fuerza para extirpársela. El cuadrilátero es en Toro salvaje el último y más grande escenario del ser masculino en su plenitud; bruto, salvaje, homicida o Cristo en un altar de cinco por siete  flotando a metro y medio del suelo (según las reglas del Marqués de Queensberry). La gloria o Devoto. Arriba un toro, abajo un buey, castrado por hombres de empresa que miden su fuerza en dólares y, antes que ello, por una mujer rubia que calienta o hiela su sexo en orden inverso a sus necesidades deportivas. Porque, más allá de la fuerza material o económica, más allá del dolor propio o ajeno de los golpes, Jake es un penitente que tributa a la mujer imposible (en el período de abstinencia previa a la pelea con Sugar Ray Robinson, Vicky –la evanescente Cathy Moriarty que se esfumó del cine luego de Toro salvaje– excita a La Motta con la sola fuerza de su presencia; Jake la embiste para poseerla, virgen esquiva y mentirosa, pero en el momento decisivo se autoemascula echándose agua helada sobre sus testículos). La trampa católica del culto mariano apresa a La Motta y lo condena; poseer o adorar es lo mismo que tener o no tener (huevos). No hay solución para este dilema que trepa al ring con Jake y se encierra luego con él en la ascesis de la cárcel.

Un ítaloamericano primitivo y pequeño, un asmático, cocainómano y débil, indiferente y ajeno al mundo del boxeo, eso era Martin Scorsese cuando en 1980 filmó, por encargo y bajo insistencia, la historia de Jake la Motta, el Toro salvaje del Bronx, el campeón mundial mediano que ganó y perdió con Sugar Ray Robinson y destruyó a Marcel Cerdan (el toro salvaje de Edith Piaf). Un pobre tipo (Jack o Marty) al borde de la muerte que dejó ir a Isabella Rossellini –su pareja de entonces, escandalizada por su primitivismo siciliano de Little Italy- buey esclavo de la muerte blanca del narcótico, transformado en toro salvaje que se salva a si mismo acometiendo la más bella ópera de la historia del cine; volviendo al blanco y negro de El caballero audaz de Raoul Walsh o de cualquiera de los otros clásicos del boxeo en el cine; cromatismo difuminado por su fotógrafo Michael Chapman en la magistral escena de la subida al ring antes de la pelea triunfal con Cerdan, ascensión glorificada por la obertura de Cavallería Rusticana de Pietro Mascagni (la misma de la otra magistral ópera de la historia del cine: la escena final de El Padrino III de Coppola). Martin Scorsese nunca volvió a ser el mismo luego de Toro salvaje; mayor o menor, nunca más grande. Raging bull c´est moi hubiera dicho si en Little Italy se hablara en francés.

Toro salvaje (Raging Bull, EUA, 1980), de Martin Scorsese, c/Robert De Niro, Cathy Moriarty, Joe Pesci, 129′.