Basta ver algunas imágenes de Roma, ciudad abierta, de Roberto Rossellini, o de Los inútiles, de Federico Fellini, para saber que la mirada atenta y reflexiva, muchas veces extasiada, de Martin Scorsese ha pasado por ahí. Él mismo declara en Mi viaje a Italia que Los inútiles le sirvió de inspiración para Calles peligrosas, su film de 1973, aunque también podamos reconocer influencias no declaradas, como el acercamiento formal a los personajes, que resuenan también en Buenos muchachos. El tono ameno y revelador de Mi viaje a Italia lo convierte sin embargo en un verdadero diario íntimo cinéfilo que no solo invita a buscar correspondencias. Scorsese abre las puertas de un mundo, el de su infancia y su juventud, el de su primer encuentro con el cine, el del impacto, la emoción y el asombro, y nos permite ingresar a esa experiencia inapelable y definitiva que se sintetiza al comienzo del documental con una cita de Kent Jones: “De no haber visto aquellas películas yo sería una persona diferente”.

El ámbito primigenio de esa experiencia es la casa familiar, y Rossellini, De Sica y Visconti solo algunos de los directores cuyas películas un pequeño Scorsese comparte con amigos y parientes que no tienen televisión. En copias malas, usualmente rayadas, esas películas de los viernes le permiten expandir ese horizonte que apenas se extiende hasta los límites del barrio. Scorsese mira aquellos films pero los mira, sobre todo, en los ojos de sus abuelos, y además se mira a sí mismo en esas miradas. Son aquellas imágenes las que rompen el silencio y le tienden un puente con sus orígenes sicilianos, ya que nadie jamás le hablará de ellos. El estupor y la culpa por la tierra de los ancestros que quedó atrás, y que se refleja en las expresiones de los mayores, acompaña las escenas estremecedoras de Roma, ciudad abierta, de Paisà, de Cabiria, al tiempo que películas como Fabiola y La corona de hierro, de Alessandro Blasetti, despiertan en el director el deseo de filmar sus propias epopeyas.

Obsesión, La tierra tiembla, Ladrones de bicicletas, Umberto D., Alemania, año cero, El milagro, Europa 51, La dolce vita, La aventura y El eclipse se cuentan entre las tantas paradas del viaje a través de las cuales el director va cimentando su amor por los clásicos y consolidando las bases para un cine propio. La capacidad del neorrealismo para pintar su aldea, la oscilación entre la comedia y el drama tan característica de algunas comedias como El oro de Nápoles de Vittorio De Sica, el estilo operístico de la puesta en escena y la atención a los detalles de Luchino Visconti o el toque farsesco y el desborde provocador de Federico Fellini son los rasgos que destaca como espectador, y que dejan en evidencia, además, las variadas influencias que podemos rastrear en su filmografía.

Pero Scorsese no solo nos permite, con su obra a cuestas, entrever el destino artístico de aquel legado. Su documental tiene sobre todo un propósito pedagógico: él se formó con estas películas, y ahora quiere contagiar su entusiasmo por ellas; de allí que en este abordaje de la historia del cine evite un enfoque académico y elija la primera persona para comunicar sus experiencias. Cree que la historia se transmite de generación en generación y que muchas veces oír hablar de un film despierta las ganas de verlo. “Yo vi estos films -declara cuando se despide- no leí acerca de ellos ni los estudié en el colegio sino que me impresionaron hondamente. Y deberían verlos”.

Mi viaje a Italia (Il mio viaggio in Italia, Italia/EUA, 2001), de Martin Scorsese, 246′.