1. Soy de 1978 y nací en el seno de una familia para la que la cultura es importante; mis padres son profesionales e intelectuales. Ambos psicoanalistas y admiradores del cine francés. Mi abuela Haydée, cero culta y muy cinéfila, inoculó en mi una especie de amor puro al cine. Quiero decir, mi abuela no veía las películas pensando en los directores , como mis viejos que sí arrancaban la descripción de lo que íbamos a ver haciendo hincapié en quién era el ñato que la había filmado. Así, El huevo de la serpiente era una de Bergman y Sin aliento una de Godard. En cambio, mi abuela cuando veía La celda olvidada conmigo, en un Sábado de Súper Acción, veía una de Burt Lancaster, e Infierno en la torre era una con Paul Newman y Steve McQueen.

2. Ser de 1978, por otra parte, significaba ser un hijo pródigo de la dictadura y eso no viene sin una tonelada espesa de tristeza; después vemos qué hacemos con esa tristeza, si la reconocemos o no, pero esa capa de tristeza proveniente de haber nacido en un momento de disolución de la sociedad civil no se va así como así. El cine, en mi caso, mi sirvió como antídoto para luchar contra esa tristeza. Como dice Charly García, qué otra cosa se puede hacer salvo ver películas. Ahora que lo pienso mejor, el cine y la pasión por el cine que recibí en mi casa de la infancia, con mis viejos y mi abuela (o sea la cinefilia antes que supiera qué era la cinefilia), son una herencia recibida pero con esa herencia uno puede hacer diferentes cosas. Viendo mi vida en retrospectiva creo que el antídoto que representó el cine fue y es el mismo antídoto que utilizo y utiliza mi vieja hasta la actualidad para sobrevivir en la vida que le tocó en suerte, y que eligió vivir. El cine, antes de todo, el cine.

3. Mi viejo, que se (me) murió hace 13 años, y mi vieja eran intelectuales a la vieja usanza, con lo que eso tiene de bueno y lo que tiene de malo. Para mi viejo había un buen cine y un mal cine. El buen cine era europeo y estaba ligado a grandes directores (Bergman, Godard, Kurosawa). El mal cine era el del Hollywood contemporáneo y estaba ligado a actores populares de la década del 80 (Stallone, Chuck Norris, Schwarzenegger) y al registro, en tono despectivo, de cine de vaqueros (así le decía mi viejo al western) representado en la pétrea figura de John Wayne. A mí esos actores me gustaban tanto como las películas que hacían. Ese placer oculto lo cultivaba solo frente a la tele o con el visto bueno de mi abuela que tejía mientras mi papá escuchaba música clásica en su habitación, abstraído en alguna lectura «culta».

4. Pensando mi biografía en retrospectiva, siempre sentí presente ese gusto por lo popular y no reconocido como parte de un canon. Quizás de ahí mi fanatismo por las historietas como género, incluso desde antes que supiera qué era un género literario. Todo esto tiene que ver con la irrupción feroz de Stephen King en mi vida de lector y cinéfilo. Mi fanatismo proviene de una época en la que no sabía lo que era un autor de culto (es más, en esa época ni siquiera sabía lo que era un autor, ni siquiera pensaba en el que hacía las películas, solo me sentaba a disfrutarlas).

5. Con la literatura a mi viejo le pasaba lo mismo que con el cine. La literatura que él aprobaba (y que, por ende, se aprobaba en mi casa) era la europea: Thomas Mann, Marcel Proust, Camus y Sartre eran autores valorados, en cambio la literatura latinoamericana era de segunda calidad solo por la suerte geográfica de estar en este lado del mundo (en ese momento yo no había leído a Jauretche pero, pensando críticamente a mi viejo hoy en día, podría bien caberle el mote de intelectual colonizado, pero esa es harina de otro costal). Stephen King no solo no era un autor respetado por mi viejo sino que era algo aun peor: era un perfecto desconocido. Pero empecé a ver cine por fuera de la tutela de mis viejos y empecé a encontrarme con numerosas versiones de sus novelas y muchas de ellas me rompieron la cabeza. Hoy, muchos años después, creo que King era un autor enorme antes de que entrara en el canon de la literatura de calidad. Hoy en día los libros de Stephen King son leídos con interés incluso en ámbitos intelectuales, pero hace 30 años era un escritor de subgénero tan despreciado como el de las historietas.

6. De esa época, en la que las películas que veía estaban atravesadas por una febril iniciación cinéfila en la literatura de Stephen King, guardo un vívido recuerdo, aun con excitación, de Carrie, de la maravillosa Cementerio de animales (película que me hizo conocer y amar a Los Ramones quizás la banda más importante de mi vida), de la lacrimosa Sueños de libertad ( que no sé porqué me conmovió tanto en su momento, quizás por su fábula de tono libertario), de la notable Cuenta conmigo (gran película de iniciación que ya mostraba que King era un escritor de un registro mucho más complejo que el de simple autor de terror con el que se lo promocionaba allá por inicios de la década del 90) y, sobre todo, de las dos novelas que mas me gustan de él y las dos adaptaciones que más me golpearon: El resplandor y Misery. Ambas novelas (y películas) tratan sobre la escritura y la locura; es más, en ambas estos dos elementos parecieran estar asociados de modo indisoluble.

Si El resplandor es una película de terror cuasi metafísico, Misery es un cuento contado de modo clásico e irresistible. Siempre pienso que Misery podría haber sido una película del Hitchcock de la década del 70, por su humor zumbón y su hilarante pesimismo sobre la condición humana. A diferencia de El resplandor, la película de Rob Reiner respira y hace respirar al espectador. James Caan (en su mejor papel después de El Padrino) es Paul Sheldon, un escritor exitoso que sufre un accidente y cae en manos de Annie Wilkies (Kathy Bates, en un papel del que no se puede volver), una fanática demente que lo mantiene secuestrado en su casa durante toda la película. Annie lo tortura física y psicológicamente (la escena en la que le rompe ambas piernas es para mí digna de cualquier antología del terror moderno y debería servir de inspiración a tantos y tantos cineastas sin ideas acerca de cómo aterrorizar de modo genuino y directo al espectador) y ese padecimiento constante se transforma en un duelo de titanes que mantiene encendida la pantalla y al espectador doblado ante ese encanto magnético.

Bates es un volcán en llamas, una fuerza de la naturaleza que sabe que tiene tan controlado al exitoso escritor como al público del film de Reiner. Las dosis de humor son tan corrosivas como las partes de suspenso (que son muchas). Allí radica el encanto glorioso de esta película para una generación, y de un autor que como pocos entiende el manejo y cada una de las cuerdas que tensan al relato específicamente cinematográfico. El personaje de Caan se aferra a escribir como modo de soportar ese encierro, obsesionado como el escritor de El resplandor pero conectado con la vida, aferrado a su máquina de escribir como un naufrago a su canoa.

Quizás, a diferencia de lo que ocurre en la película de Kubrick en la que la obsesión por la escritura es lo que ancla o conecta a su protagonista con la locura, en Misery esa obsesión es la que permite a Paul Sheldon sobrevivir, aferrarse y pelear por su vida.

Misery (Estados Unidos, 1990), de Rob Reiner, c/ James Caan, Kathy Bates, Lauren Bacall, Richard Farnsworth. 107′.