John Smith es profesor de literatura, tiene una hermosa novia que lo ama y en poco tiempo se va a casar con ella. La primera escena de la película lo muestra leyendo un texto a sus alumnos pero decide cerrar el libro y terminar el párrafo apelando a la fidelidad de su memoria. En el pizarrón, detrás de él, se lee 1809-1849, que son el año de nacimiento y muerte de Edgar Allan Poe. Y un cuervo, el pájaro negro de la fatalidad, va a volar sobre él para terminar posándose en su hombro.

John Smith sufre un tremendo accidente automovilístico del que emergerá casi cinco años después. Un lustro en coma. Su modesto mundo de certezas sencillas ya no existirá: habrá perdido su empleo como docente y también a su novia (a la que él sigue amando), quien se convirtió en la esposa de otro hombre. Su madre afirmará que «El Señor te ha librado de tu trance», y no es casual la referencia ya que la película abunda en imágenes o citas religiosas, no muy frecuentes en las películas de Cronenberg: un cuadro y un plato en una pared con la imagen de Jesús, un cartel que dice «El señor es mi luz y mi salvación», y unas manos implorantes en un afiche cuando recibe la visita del jefe de policía.

El hombre que ha estado en el limbo, en la nada más absoluta, y que lo ha perdido todo, sin embargo habrá adquirido algo. Ese «algo» es el don o la facultad de «ver» situaciones del pasado, del presente y del futuro por medio del contacto de las manos.

La primera de ellas es sobre algo que está sucediendo en ese mismo instante, la segunda es una «visión» sobre hechos ocurridos hace muchos años (algo en apariencia irreparable que alguien decide dejar roto), y la tercera servirá para resolver unos crímenes horrendos. Es en este último caso en el que Johnny sufrirá directamente las consecuencias de involucrarse. Va a ayudar a la policía, va a poner el cuerpo, y es ese propio cuerpo el que va a padecer (El jefe de policía dice que debe ayudarlo porque ha sido «bendecido por un don». Y Johnny le contesta: «¿Bendecido? ¿Sabe lo que Dios ha hecho por mi? Puso un camión en mi camino, me tuvo cinco años en coma, mi piernas apenas sirven.»).

Es muy interesante como Cronenberg decide mostrar esas «visiones» (que a lo largo de la película son seis): producido el contacto entre las manos, hay una leve alteración de la música incidental, aparecen fragmentos «realistas», y deja que los ojos atemorizados, alarmados o aterrados de Walken hagan el resto. En esa mirada está todo: el miedo, el desamparo, la fragilidad, y también la certidumbre, la decisión y el coraje.

Pero los logros estéticos de La zona muerta no se agotan en la sabiduría para contar las visiones de Johnny. Si bien las primeras películas de Crononberg eran atractivas por sus audacias temáticas y por algunos planos y escenas realmente zarpadas (entendido esto como un elogio) también adolecían, a mi criterio, de un cierto desborde no siempre justificado.

El cambio de tono elegido ahora es notorio. El paisaje casi siempre nevado, las ramas de los árboles desnudos, el frío y el silencio son algunos de los elementos que utiliza Cronenberg para resaltar la soledad de Johnny. («Estar sólo y a salvo» dice el propio Johnny). Y estos mismos elementos le otorgan al relato mucho de su serena belleza y de su elegancia clásica.

Pero esa vida de calma y soledad no durará demasiado. La irrupción del «afuera» astillará ese sosiego. Y esa irrupción la provocará el pasado, que jamás vuelve como una brisa acariciante sino con la violencia de un vendaval. Uno es su pasado como docente. Johnny volverá a la vida «activa» de su profesión para darle clases a su alumno Chris. Saldrá de su refugio, se expondrá. Y el pasado también trae, siempre, un nombre de mujer. El azar pondrá nuevamente a Sarah en su camino. Y para Johnny no es sólo una mujer, sino que es LA mujer. Es un anhelo permanente, su ausencia es un (otro) dolor físico. Por eso no duda en desdeñar sus verdaderos dolores e ir a buscarla al verla en un mitín político del ascendente candidato a senador Greg Stillson (Martín Sheen). En ese acto no encontrará a Sarah pero un saludo casual con el candidato le revelará algo atroz, de una inmensidad trágica incalculable.

Jonnhy entenderá que esa «bendición» de la que le hablaba el jefe de policía no es tal. Pero que ese «don» le permitirá salvar a muchos, a millones. (Y es notable, al respecto, la conversación que mantiene con su médico al preguntarle qué haría si antes de la segunda guerra mundial tuviera de vecino a Hitler y supiera lo que sabe ahora). Johnny toma una decisión de la que no será posible volver (Una vez más, al entrar a su hogar antes de partir en busca de su destino final, un cartel al lado de la puerta dice «Cristo es el jefe de esta casa, el invitado invisible de cada momento, el oyente silencioso de cada conversación»).

El último contacto de manos lo tendrá otra vez con Stillson, pero en este contacto ya no habrá terror sino alivio. Su «misión» habrá tenido éxito pero a un precio altísimo. Hay dos formas de ver el final de La zona muerta. Para los hombres de fe y en acuerdo con un montón de señales presentes en la película (con fuegos infernales incluidos) Johnnyy será un Cristo , alguien que cae herido (con un balazo en la mano y uno en el costado) sobre un madero, con los brazos a los costados, y que finalmente morirá para que todos los demás se salven. Para los demás, un final triste y desolador de una película excelente.

La zona muerta (The Dead Zone, EUA, 1983), de David Cronenberg, c/Christophen Walken, Brooke Adams, Martin Sheen, Tom Skerritt, 103′.