Vi Sueños de libertad hace veinte años y no volví a verla nunca jamás. Es más, tampoco tengo ganas de volver a verla. Del director no sé absolutamente nada, más allá de que dirigió esa película y Milagros inesperados, también basada en un relato de Stephen King. Con Sueños de libertad me pasa lo mismo que con Rayuela, o con Las venas abiertas de América Latina, o con algunos discos de los Beatles. Es algo así: «Estuvo muy bien mientras duró pero la verdad es que ya está, nada en mi ser actual añora algo de esa obra». Vi Sueños de libertad en un momento de mi vida en el que el discurso humanista que impregna toda la película no estaba en boga en el país (como claramente no lo está ahora). Nos gobernaba el menemismo con toda su filosofía del más cruel y descarnado individualismo, así que la historia de un tipo que debía pagar una condena en prisión y establecía vínculos de solidaridad con los demás presidiarios tenía que ver con la filosofía humanitaria que estaba en las antípodas del sistema que nos regía desde hacía varios años.

Creo también que Sueños de libertad es más una película de actores que de director, es decir que son Tim Robbins y Morgan Freeman quienes construyen ese relato y le dan ese sentido de humanidad que tanto me conmovió al momento de verla. Allí, como luego en Milagros inesperados, la cuestión racial y cómo se construye una subjetividad sobre los escombros del tejido social, es muy importante. En ese sentido, me resulta interesante pensar a Sueños de libertad en serie con otra película totalmente olvidada para la cinefilia y que para mí biografía y educación sentimental fue muy importante: me refiero a Fuga en cadenas (1958), que también trata  el vínculo interracial entre dos convictos que huyen de prisión. En este caso, son Tony Curtis, genial y cool como siempre, y Sidney Poitier, el padre de la corrección política en el cine americano. La película de Stanley Kramer tiene una trama de suspenso (todo lo referido a la fuga de la cárcel de los protagonistas), elemento que no tiene lugar en la de Darabont: allí la pluma de King y la adaptación cinematográfica dan muestras de los intereses sociales y la maestría psicologicista de un autor que ya en ese momento era un  tipo mucho más complejo y rico que la imagen marketinera que se daba de él y que lo definía como un mero autor best sellers de terror. Algo de todo eso era lo que uno detectaba aún desde la inocencia de un adolescente de 16 años.

Sueños de libertad es quizás un relato utópico sobre un mundo que no funciona como debería funcionar, y sobre lo que los hombres pueden hacer con sus vidas incluso en las peores circunstancias. En El bosque pulenta, Fabián Casas dice que ser un adulto significa comprender que el mundo es un infierno y que no hay ninguna posibilidad de un buen final. Sueños de libertad es el tipo de ficción que piensa que, aunque quizás no haya una posibilidad de redención total, existen posibilidades de pequeñas victorias y allí radica en parte la riqueza de la novela y de la versión de Darabont.

Sueños de libertad también me hace pensar en Camus y Jack London, y en las incipientes lecturas de Rimbaud y Artaud que recorría entonces mientras descubría la obra de Favio y Trufautt. Todo ese legado humanista que hoy considero trascendente en mi historia de espectador y lector recuerdo haberlo visto claramente en la película y en la novela de King, casi como un faro para resistir.

Sueños de libertad con certeza trata de la esperanza y la amistad, y sobre cómo recuperar esa solidaridad maltrecha. Esa idea de humanidad que atraviesa a la película es lo que años después me llevó a estudiar sociología aún en ese contexto de disolución de los lazos sociales dañados de muerte por las políticas neoliberales del gobierno del caudillo riojano. Es el típico relato humanista dentro de la tradición de la literatura europea y americana de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Cuando leí a los 18 años El manifiesto comunista (esa novela que los cientistas sociales intentan constantemente momificar sin éxito) inmediatamente pensé en la relación que entablan esos dos pobres diablos, y en cómo el romper esas cadenas que oprimen a los hombres es sobre lo que trata gran parte de la obra de Stephen King.

El contraste entre los buenos modales de Andy Dufresne (notable Tim Robbins), preso por el presunto homicidio de su esposa y el amante de ella, y el contraste que ese hombre muestra con el resto de los presos, es uno de los ejes sobre los que circula el núcleo del relato. En ese contexto hostil, Dufresne entabla una relación de amistad y un vínculo muy poderoso con Red (el conmovedor y, gracias a dios, controlado Morgan Freeman), quien desde hace veinte años está detenido por homicidio. De ese vínculo y la posibilidad de redención que esa unión produce en los protagonistas, se nutre notablemente todo la historia, dotando de vida a la trama y haciendo fluido el cautiverio de los personajes que, gracias a la proeza actoral, en ningún momento agobia al espectador.

Sueños de libertad también permite reflexionar sobre la importancia de los actores en el cine. La teoría del cine de autor y el predominio total que esta le dio al rol del director redujo al extremo la preponderancia que la critica le dio a los actores. Esta película permite pensar al cine por fuera de ese esquema teórico según el cual los actores solo son algo secundario ante la mirada totalizante que propone el director. La amistad que construyen Robbins y Freeman se extiende durante dos decenios y es esa relación la que predomina sobre el suspenso (cosa que no sucedía en Fuga sin cadenas en donde la progresiva tensión cumplía un rol fundamental).

A dos décadas de haber visto Sueños de libertad todavía recuerdo la impresión que me causó al poder pensar la posibilidad de redención de los seres humanos y la importancia de que el arte nos conduzca a la esperanza y la utopía de creer que podemos soñar con una posible libertad. Algo así como vivir una vida mejor. Y eso ya hace que Sueños de libertad sea una película importante

Sueños de libertad (The Shawshank Redemption, Estados Unidos, 1994), de Frank Darabont, c/Morgan Freeman, Tim Robbins, Bob Gunton, 142′.