Una nueva película de terror de Herzog. Incluso puede que sea su película más aterradora. En su versión de Nosferatu primaba el cruce de discursos expresionista y romántico acerca de lo sublime, relegando el miedo como experiencia. Aquí hay horror puro y duro porque, además de ontológico, es social y político. Incluso amaina el célebre -desde hace relativamente poco- sentido del humor absurdo dominante del último Herzog. Hay un testimonio que pasa de la felicidad por una ardilla que se salva de morir atropellada bajo las ruedas de un carro de golf a las lágrimas por la ejecución de un hombre, pero lo que da miedo en esta película son los EE.UU. Si uno creyera que el Mal tiene sede o capital, juraría que está allí y en ningún otro lugar. O, por lo menos, que en ningún otro lugar tiene una encarnación tan fría, burocrática y confortable como la tiene en esa sociedad y en ese funcionamiento particular que es el de la pena de muerte. Dividida en cinco capítulos, la película de Herzog nos explica el crimen en el primero, luego presenta a los asesinos y a sus familiares, indaga en la comunidad que los rodea y constituye, expone los quiebres psíquicos de aquellos que sobrevivieron, la construcción precaria de motivaciones vitales y la fascinación sexual por la violencia. Uno de los personajes más conmovedores es el del padre del asesino condenado a cadena perpetua, también prisionero como su hijo por otros delitos, sobre cuyas espaldas recae el peso de la figura paterna que no supo construir pero también la ‘salvación’ circunstancial de la pena de muerte ocurrida gracias a su testimonio. Allí también se cuela el funcionamiento judicial y sus oscilaciones entre una pura lógica técnica y la puesta en escena sentimental. Herzog habla con los testimoniantes sin eufemismos. No se reprime de bromear a costa de ellos, declarar su antipatía o sostener la cámara durante unos segundos eternos después de cada discurso para promover la catarsis. 


La música de mínimas variaciones es impávida y ominosa. Todo es limpio, salvo los grandes angulares en los que rebota el sol, deliberada desprolijidad que compensa desde la puesta en escena tanto césped cortado parejo en countries, tanta prisión salubre, tanto arreglo floral en livings pequeño burgueses, tanto ciudadano sometido de buena gana al interrogatorio de la cámara, tanto ‘sí, señor’ de los testimonios texanos. Como en La balada de Bruno S., Herzog filma el sol frío del estándar cultural estadounidense. Como antídoto, recomiendo ver inmediatamente después de esta película a los «monstruos» de Amigos míos, Acto II, de Mario Monicelli, para comprobar como buena parte de la cinematografía italiana vendría a ser algo así como el baño -cuyo reverso es la cocina- de la historia del cine (la francesa sería el dormitorio, más precisamente la cama, en la que muy a menudo lo que más se hace es hablar). Y en esos baños, más precisamente en esos inodoros, hay más vida y salud que en las salas de estar (el porche es el espacio clásico conservador, pero allí por lo menos se respiraba, se estaba a la vista) alfombradas hasta la náusea de los EE.UU. Un último hecho tan aterrador -e incluso más que la pena capital- es el del hábito de sepultar con cruces sin nombre a todos aquellos cuyos cuerpos no fueron reclamados por ningún familiar.