Invasion-Abner-BenaimSi se hablaba de invasión en los tardíos ’80 uno sólo podía imaginarse lagartos erguidos y envueltos en falsa piel humana descendiendo a la Tierra en naves circulares inmensas. V Invasión extraterrestre hizo furor en aquellas pocas horas de televisión que teníamos en los últimos tiempos del alfonsinismo y el recuerdo de sus trajes rojos y brillantes todavía asalta la memoria de algún espectador desprevenido ante la mención de aquella palabra: Invasión. Pero invasión fue también la incursión brutal del ejército estadounidense al mando de George Bush padre a fines de esa misma década en el barrio panameño de El Chorrillo. Más de 32.000 soldados de las fuerzas de Estados Unidos junto a las residentes en el Canal de Panamá desembarcaron por agua y aire aquel 20 de diciembre de 1989. Bombardeos, disparos, misiles, fueron partícipes de un escenario de destrucción que dejó huellas materiales en el tiempo inmediato pero que fue apagándose de la memoria de los ciudadanos panameños que aún hoy quieren enterrar junto a sus muertos aquella infamia.

Invasión, el documental del panameño Abner Benaim, comienza como un ejercicio lúdico, con varios de sus entrevistados sentados en solitario en un estudio radial, ubicados frente a un micrófono, cuyos recuerdos de la barbarie intempestiva se convierten en anécdotas que rozan la fábula, sin llantos ni dramatismo, mezcladas con los sueños y las resignificaciones al calor del presente y con alguna que otra evaluación improvisada, más nutrida por los propios deseos que por el rigor histórico. No hay nada demasiado estridente, ni demasiado virtuoso en el trabajo de Benaim, sino que decide dar lugar a esos curiosos derivados de un suceso que queda deliberadamente fuera de campo, que se reconstruye de a retazos, y que intenta persistir pese a que ha sido prácticamente borrado de la historia reciente de ese país.

La invasión a Panamá se produjo en las vísperas de la Navidad de 1989 y tuvo como objetivo formal deponer al dictador Manuel Antonio Noriega, quien era acusado de narcotráfico y estaba buscado por la justicia estadounidense. Las voces que aparecen en la película de Benaim señalan posiciones encontradas: para algunos, sin la intervención brutal de los Estados Unidos, que dejó una cantidad nunca determinada de muertos civiles, hoy no habría democracia en Panamá; para otros, la misma CIA y el gobierno republicano de Bush que había alimentado el poder de esa especie de Saddam Hussein caribeño decidieron convertir en el target de un despliegue militar descomunal a una pequeña isla que solo contaba con milicias populares dispersas e inexpertas. En medio de esas evaluaciones desde perspectivas más definidas, aparecen quienes hablan de los saqueos en medio del desastre, de las muertes sorpresivas; también se cuela la emoción de algunos sobrevivientes, los que se animan a recordar, los que se llenan de lágrimas, los que prefieren el silencio y el olvido.

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Dos momentos son curiosos por lo significativos. Un hombre mayor, curioso ante las cámaras, interroga al director sobre el propósito de esa filmación y, cuando le informa que está haciendo un documental sobre la invasión del ’89, su rostro se transforma mientras niega con la cabeza y le reclama el porqué de “revolver las cenizas” del pasado, aquello que todos queremos olvidar. En otra escena, un hombre de poco más de 40 años se inmiscuye en el testimonio de una sobreviviente que recrea el recorrido de los disparos en plena calle y termina estableciendo una dicotomía entre la dictadura corrupta de Noriega y las huestes libertarias de Bush & Co. en su llegada a balazos al Chorrillo.

Benaim se hace presente en las imágenes, casi como un personaje más de aquellos escenarios que estuvieron en ruinas tiempo atrás, intentando reconstruir acontecimientos, mezclando relatos, propiciando peleas en plena calle, instalando en el seno del debate el ejercicio de la memoria como parte fundamental de la identidad de un pueblo. Es una lástima que no haya leyendas sobreimpresas que nos informen quiénes son los que hablan, qué rol cumplieron en aquel tiempo, y si tienen o no un cargo o puesto determinado en alguna fuerza pública. Algunos los intuímos, otros quedan en la nebulosa. Los mejores momentos son los finales, cuando se recuerdan los últimos días de Noriega en Panamá antes de su rendición, su refugio en la Nunciatura –territorio del Vaticano- acosado por el rock pesado que buscaba enloquecerlo, su rebelión cobarde y abortada, sus rastros míticos que aún son relatados con fascinación por quienes lo conocieron. Su doble rostro de villano y víctima, acorralado en su último escondite, sabiendo el destino que le deparaba  la Historia, lo hace tan patético como humano, tan miserable como real.

Invasión (Argentina/Panamá, 2014), de Abner Benaim, 90’.