En La hora de la religión, Sergio Castellitto hacía de un personaje que estaba siempre yéndose. ‘Tengo que irme, tengo que irme’ repetía siempre en voz baja, hablando para sí a pesar de estar pronunciando las palabras, como buscando apoyo en la escucha del otro para actuar. Andar, andar y andar, pero no ya escapándose, como en la de Bellocchio, es lo que hace Vincenzo, el personaje que encarna para Jacques Rivette en 36 vues du Pic Saint Loup, mucho más que un ‘pobre payaso italiano’, como lo llaman al pasar. Ya no tiene sobre sí un sobre todo negro que materialice el peso de una sociedad, una familia y una iglesia a punto de sepultarlo. No estamos en la densa Italia matriarcal, sino en un mediodía francés cuyo bucolismo melancólico de última gira circense no deja de tener la ligereza propia de la farsa renoiriana, además de la concepción juguetona que la vejez parece haber acentuado en cineastas como Rivette o de Oliveira. No ya detrás de cada una de sus películas, sino de cada uno de sus planos, despunta una sonrisa que nada tiene que ver con la condescendencia, sino con la alegría de haber vivido y el placer de seguir representando la vida sin lastre toda vez que se pueda. Aquí se trata de hacerlo bajo la carpa de un circo, al menos hasta el final de la temporada, y, fuera de ella, sin atarse al pasado. A él se ha fijado el personaje de Jane Birkin, y el de Castellitto aparece para sacarlo de ese lugar, para actualizarlo.

En la primera escena la vemos junto a su coche descompuesto sobre una carretera rural. Pasa un descapotable negro sin prestar atención a su solicitud de ayuda, y se pierde a la vuelta de una curva. Un minuto después, el descapotable regresa, estaciona, y un hombre con gafas para sol baja de él. Sin dirigirle una palabra a Birkin, va hasta el capó, toca algo aquí, otra cosa allá, luego agarra un par de cables, genera corriente, arranca el motor, y listo. Corte de plano. Castellitto apareció de ninguna parte y reparó lo necesario para que el otro reanudara su trayecto sin que sepamos por qué, pero también sin que sintamos necesidad de saberlo. En ese comienzo está condensada la parábola de la película. Ese ir y venir, ese pasar de largo y volver de su descapotable negro, es la cifra de un personaje en movimiento incesante, incluso dentro del plano. Su energía no transmite inquietud, sino vitalidad. Nunca lo veremos desplazarse sin sentido, aunque sí amorosa y hasta equívocamente. Lo suyo es irrumpir hacia o desde los bordes del encuadre, acercarse a los personajes, estar con ellos, y, de repente, reaccionar en función de sus deseos y necesidades, pero sin jamás atribuirse autoridad o jerarquía alguna sobre ellos. Sin suponer que su interés le da prerrogativas sobre aquellos a quienes quiere.