Para quienes admiramos a Queen, una banda que a muchos nos introdujo en el mundo de la música y del rock, el estreno de Bohemian Rhapsody no dejó de generar una mezcla de sensaciones. Entre la expectativa de por fin tener acceso a ella y el temor ante la gran probabilidad de un retrato falaz. Esta dicotomía, luego de atravesar la experiencia de verla, siguió intacta a través de emociones encontradas: el impacto emotivo por el maravilloso soundtrack, la nostalgia de revivir imágenes y despertar recuerdos, junto al horror de encontrar a nuestro máximo referente vocal sumido en el clishé -¡justo él!-, en una biopic que por momentos no está a la altura de las circunstancias.

Es cierto que consigue algo inesperado: con una narración pueril, la potencia sensorial supera, y con creces, lo racional que implica el rigor del juicio crítico. Sin lugar a dudas, este es el gran logro de la película: conmovernos con cada secuencia ideada desde la fuerza que desprende la música y la representación de los recitales o las estrategias en el armado de los temas y las grabaciones. Así logra que las inconsistencias cronológicas (que son importantes), la síntesis arbitraria de la historia de la banda pero, sobre todo, la infamia tanto personal como musical que le hacen atravesar por momentos, solo en favor de la ficción, a Freddie Mercury, sea algo que en la recomendación final podamos, si no omitir, al menos compensar.

El comienzo es alentador, con un montaje paralelo de buen ritmo que abunda en planos detalles nos muestra, por un lado, la figura de este gran protagonista desde que despierta en su mansión -con esa foto gigante de una Marlene Dietrich emblemática- entre sus gatos pero en completa soledad humana, hasta su recorrido para llegar al estadio; y por otro, las preliminares de este recital que se evidencia multitudinario, mientras suena como música incidental Somebody to Love, hecho que desde el principio nos empaña la vista. Una vez rumbo al escenario, camina dándonos la espalda, con esa musculosa blanca reconocible al instante y pulsera con tachas en el brazo, siempre solo. No es un dato menor: sobre el final se repite esta misma escena pero acompañado, como si gracias al flashback que implica el desarrollo de la película lograra revertir esta situación inicial. Mostrarlo aislado, además, remarca el énfasis que se pone en él y en esta temática, aunque no tanto a través de la representación cinematográfica y sus tantas posibilidades como parece anticipar, sino desde la necesidad de hacer cumplir el guion, basándose así en los dialogos y los golpes de efecto. De hecho, cuando la puesta en escena es utilizada con inteligencia y se abandonan los subrayados, tiene buenos momentos, aunque estos sean escasos.

La energía que desprenden éstas primeras imágenes inundan la sala y nuestros lagrimales de ilusión. Él, a punto de salir a escena en un lugar estallado de público y de día. Sin lugar a dudas, estamos por ver la representación de aquel show mítico de 1985 en Wembley: el Live AID, pero vamos a tener que esperar hasta la coda final para disfrutarlo casi en su total duración (con sólo algunos temas eliminados, como Crazy little thing called love por ejemplo, probablemente por haber sido escuchado antes). ¿Revivir el show, pero trucado? ¿No sería mejor proyectar el verdadero? Siempre; pero, cuando llega esta secuencia, es como una ola gigante que, aunque con ciertos planos nos revuelca y nos hace golpear contra la butaca solo por pretender seguir siendo graciosa, nos lleva en su cresta hasta nuestra infancia, cuando gastábamos el VHS por rebobinar y volver a reproducir aquel recital que aún hoy conocemos de memoria. Nosotros, la generación Innuendo, quienes lloramos su muerte con apenas diez años, crecimos con ello.

El corte luego de la presentación en solitario del protagonista nos remonta al pasado, a partir del cual Bohemian Rhapsody intenta ponernos en circunstancia de la vida personal de Farrokh Bulsara desde antes de convertirse en Freddie Mercury hasta este show, y deja claro cuál es el objetivo: entretener a costa de un artista que amamos. La absoluta linealidad temporal que a partir de allí impone el relato se justifica por la necesidad de que el espectador entienda sin reparos lo que quiere mostrar; pero por esta decisión, la película trastoca las fechas reales de los hechos que narra, omitiendo discos, fabricando situaciones, también forzándolas, para contar otra historia, un tanto lejana a la acontecida. A partir de allí entendemos que Bohemian Rhapsody no está preparada para cubrir la vida y obra de Freddie, tampoco la de Queen, sino en colores primarios, adecuados para audiencias que probablemente hayan salido de la sala con su imaginario satisfecho.

Nadie puede aspirar a que una biopic respete con exactitud los hechos que representa. Las películas basadas-en-hechos-reales, que no son documentales, a veces tienen un efecto frustrante por ciertas licencias que se toman los realizadores/productores/guionistas para retratar las circunstancias, dado que por lo general se le da más importancia a la ficción y sus ornamentos, que a la historia sucedida. Un ejemplo puede ser el de Born to be blue (2015, Robert Budreau), biopic interpretada por Ethan Hawks quien personifica a Chet Baker. La película está bien, pero en un momento cúlmine (y que sin pretenderlo termina siendo gracioso), el músico sale a tocar y Miles Davis se encuentra entre el público. Cuando finaliza su interpretación, todo queda en silencio y, en modo Hollywood rutilante, Miles comienza un aplauso que se irá acrecentando en ritmo y que luego se multiplicará contagiando a los demás concurrentes; escena ridículas si las hay. Pero cuando se trata de música puede haber algo peor: que los temas sean tocados por otros y no los tracks originales. Si este hubiese sido el caso, la película era probablemente un gran fiasco. Al contar con Brian May y Roger Taylor como productores ejecutivos se aseguraron los derechos y Bohemian Rhapsody en esos momentos se convierte en una gran fiesta, con algunas versiones originales muy interesantes y hasta con la fanfarria de la 20th Century Fox tocada por el mismo guitarrista.

La música es todo, aún siendo representada por actores símiles, lo que recuerda el videoclip del The miracle en donde varios niños (quizás aún mejor que el actor de esta película) encarnan al cantante, mientras que los propios hijos a los músicos. Lo que consiguen a través de ella es retrotraernos a las vivencias compartidas con la banda como por ejemplo, aquellas tardes donde el equipo sonaba durante horas con la voz majestuosa de amplio registro, el bajo poderoso y siempre al frente, la guitarra con melodías cantables y riffs rockeros, y la batería marcando el pulso de nuestro corazón, con los coros y efectos alternándose en estéreo, sintiendo cada solo, cada variación, cada corte, mientras bailábamos imitando a Freddie con un micrófono imaginario (debo reconocer el sentimiento de envidia hacia Rami Malek por haber hecho ese papel con el que muchos soñamos). Por eso, lo que generó Bohemian Rhapsody es algo fantástico: todos volvimos a escuchar Queen y nos encontramos cantando los temas, los instrumentos, los coros en falsete, por la calle, en la ducha, en el colectivo, a todo volumen, hasta elevando el puño hacia arriba o quebrando la cintura e inclinando la espalda hacia atrás. Queen volvió a nuestras vidas con rol protagónico y eso es maravilloso.

Sin embargo, lo cierto es que se están metiendo con Freddie Mercury y lo hacen ahondando en chiste fáciles y tontos, en algunos golpes bajos, como un niño enfermo saludándolo con un “eo”, o peor, él perdiendo la voz ANTES de Wembley (al menos dos años después se enteraría de su enfermedad). En definitiva, en contar la historia que muchos preferían ver (y en Netflix, si fuera posible): un adolescente que trabajaba cargando valijas, al que le hacen bullying llamándolo Paki, que tiene buena voz gracias a su dentadura prominente con cuatro incisivos extras, que consigue ser el líder vocal de la banda que seguía a pesar de sus dientes y a quien su padre no le da el visto bueno. En esto último hace hincapié la película, en la relación con su familia, en la necesidad de no estar solo y en su conflicto sexual, ya que en cada fiesta se lo muestra triste, en cada mirada a un hombre, culposo, mientras su novia lo espera en su casa con sus gatos, rogando que no sea gay como imagina y él espera nunca perderla, aunque ya sepamos que ella se va a sacar “ese” anillo en algún momento. Clishé tras clishé, Bohemian Rhapsody pone toda la relevancia de lo contado en mostrar la versión de Freddie trillada y figurada por la opinión pública de aquellos años, sin ningún tipo de profundidad. Es como si esa conferencia de prensa cruel que muestra la misma película, en la que lo exponen entre todos los periodistas y del peor modo, fuera lo que de alguna forma terminan haciendo con su intimidad, simplificándola y de forma ATP, ya que no hay sexo ni excesos, sino sólo insinuaciones tibias. De hecho, hay situaciones en las que está caracterizado de forma exagerada, incluso ridícula. Por ejemplo, cuando concurre a un boliche gay donde todo es tan engomado, que lo sensual que deberían desprender las imágenes se vuelve caricatura. Es decir, hay mucho menos de lo artístico real y de su dedicación a la música, que de su supuesta vida privada.

Es tiempo de hablar de Rami Malek cuya actuación, como la película, es dispar y fluctúa entre lo destacado y lo mediocre. Quizás tenga que ver también con el cambio de director a dos semanas de terminar el rodaje, cuando Bryan Singer fue supuestamente despedido por incumplimiento (aunque en realidad fue acusado de abuso sexual en #metoo), tomando el mando Dexter Fletcher. Lo cierto es que promediando la mitad de la película, cuando el drama de Freddie entra en máximo rigor, la actuación se vuelve artificial. Cuando se desenvuelve en los shows o en las grabaciones hace bien su papel, aunque los cortes rápidos, los abruptos close-up, las cámaras borrosas, hacen que por momentos se pierda el magnetismo de su interpretación (esto sin contar con los ojos azules gigantes que quitan el impacto de su semejanza). La posibilidad de un Sacha Baron Cohen haciendo las veces de Freddie le hubiese dado más rock al asunto y quizás terminaba siendo más cercano, aunque Malek logra el grado de timidez necesario que la figura poseía. Los otros miembros del cuarteto: John Deacon (Joseph Mazzello), Roger Taylor (Ben Hardy) y Brian May (Gwilym Lee), a pesar de ser más personajes de apoyo que protagonistas -¿los buenos de la película?-, están muy logrados, sobre todo en el caso de May, y su actuación es correcta, aunque la novela que les proponen los beneficie a la hora de desarollar su personaje.

Bohemian Rhapsody, en definitiva, castiga por momentos a Freddie Mercury sin el respeto artístico que se merece, subestimándolo, a casi tres décadas de su muerte. Lo peor -y que me hizo saltar de la butaca- es cuando se lo muestra sufriendo por la composición de su gran disco Mr. Bad Guy (1985), señalándolo con dedo acusador por realizar su carrera solista, como si fuera una traición o implicando que no lo hizo por gusto sino por dinero. Además, culparlo por el supuesto alejamiento de la banda antes del Live AID, algo que podría haber sido escrito más por Brian May que por el guionista Anthony McCarten. La falsa cronología al ubicar el Rock in Río en los 70 o la composición de We will rock you en los 80 es insignificante al lado de esto.

Sin embargo, a pesar de estas pésimas licencias autorales que podría seguir enumerando, prefiero finalizar declarando que el estado de ira nunca superó al de emoción. Por esto, me permito recomendar que la vean, dejando que se pose una nube delante de mi rigor crítico, que a la vez apacigüe mi indignación por la forma fílmica y la historia narrada, asegurando que al fin y al cabo sí es una gran película; al menos, con otro objetivo aún más noble que el planteado antes por esta misma nota: despertar la pasión de todos por quien siempre será el amor de nuestra vida.

Bohemian Rhapsody: La historia de Freddie Mercury (Bohemian Rhapsody, Reino Unido, 2018), de Bryan Singer, c/Rami Malek, Joseph Mazzello, Ben Hardy, Gwilym Lee. 134′