Como a los personajes que son víctimas de sucesos fantásticos, a este texto le toca explicar algo muy difícil de acreditar, algo que nadie quiere leer ni oír. ¿Cómo justificar que un éxito de taquilla, basado en una reconocidísima novela convertida en best seller y bendecido por su propio autor, resulte un fracaso?

Para hablar de la IT: Capítulo 2 de Andy Muschietti, permítanme comenzar con el siguiente enfoque: el imperio delante del imperio. Stephen King es autor de, entre otras cosas, muchísimas novelas; y muchísimas de ellas han sido adaptadas a la pantalla grande. Salvo excepciones que cualquier aficionado al cine mainstream conoce, la mayoría de estas adaptaciones hay sido destruidas o ignoradas por la crítica -como Ojos de fuego o Dolores Claiborne, por ejemplo-, al igual que por el lector constante de King, como al propio Stephen le gusta denominar a sus fanáticos seguidores. La inconformidad de quienes se acercan a estas “fallidas” adaptaciones pareció siempre radicar en la poca fidelidad a los textos originales, y muchas veces en los efectos especiales berretas, ya que en su mayoría la obra literaria de King se puede clasificar dentro del género fantástico o de terror.

Ahora bien, escapándole al dilema de si una adaptación cinematográfica debe ser fiel o no a cada detalle del libro (claro que no), parecería que para que las adaptaciones cinematográficas de las obras de Stephen King sean aprobadas por la crítica deben llegar a la pantalla grande en formato de superproducciones. Cuando este es el caso, salvando las anteriormente mencionadas y otras que por pericia propia no merecen discusión (caso Milagros inesperados, por ejemplo), la crítica es complaciente y el espectador concurre a gran escala y con sobrada confianza. Siguiendo esta lógica, IT ya era un éxito antes de estrenarse. Y resulta un poco extraño, cruel y triste, cuando el público que colma la sala se regocija con un producto tan lejano y diferente al aura de la novela original.

¡Pero qué dice este pelotudo! ¡Qué lejano y que aura diferente! ¡Si en esta segunda parte de IT actúa hasta el propio Stephen King! Sí, es cierto: el Gran Maestro de Maine actúa en esta adaptación/remake, bendiciéndola, como ya ha hecho con otras (caso Cementerio de Animales). Pero vale decirlo, con todo el respeto y con todo el amor del mundo por el autor que llena la biblioteca de quien escribe esta nota, que sea un gran escritor no significa que deba tener símil criterio cinematográfico. ¿O acaso algún periodista deportivo especializado en fútbol se atreve a decir que Maradona no está ni para dar una charla técnica? Y el astro más grande del fútbol mundial zarpó el Titanic (mucho para Gimnasia) desde La Plata a las profundidades del océano.

A King nunca le van a dar el Nobel de literatura, por más que escriba una novela mejor que la otra, y por más que tenga en las vitrinas por lo menos tres o cuatro irrefutables bestias de la narrativa contemporánea (IT es una de ellas). Su estilo, sus historias, son despreciadas por los “dueños” del arte, consideradas como parte de un género menor, o directamente como él mismo declaró en alguna oportunidad: “el equivalente a un Big Mac con papas y bebida grandes”.

En el mundo del cine, con adaptaciones como esta IT se desfigura su impronta, y se la equipara a ese prejuicio de los amos elitistas de las letras. Pennywise debería infundir terror. Los pibes de IT son perdedores y no frikis con onda, como parecen requerir todas las películas que aglutinan en varias salas en simultáneo a consumidores compulsivos de popcorn, nachos o cualquier ruidosa ingesta incompatible con la contemplación atenta de una película.

Respecto a la intervención actoral de King, y más allá de la baba de muchos de nosotros cuando el escritor entra en escena, la película falla en aprovechar su presencia. Stephen aparece en lo que debería ser un cameo de pocos segundos, pero se prolonga demasiado, se lo expone en detrimento del clima. Su aparición se estira tanto que el espectador se distrae, se descontractura y termina expulsado del clima necesario para el género. Nos arranca una sonrisa cómplice en una escena que debería ser muy secundaria, y consigue lo que en conjunto logra hacer sentir la película: una parodia de sí misma.

IT es una novela de terror, o fantástica, o lo que gusten, pero cualquier cosa menos una comedia. Y esta segunda parte, al igual que la primera, parece más preocupada por arrancar risas que hacernos saltar de la butaca. Las risas se propagan por la sala durante las dos horas cincuenta, mientras que el terror apenas arremete en el principio y luego se disipa en forma de simpáticas aventuras desde la mitad hasta el final.

¿Por qué, entonces, fracasa esta versión? Porque en esta segunda parte se consuma lo que se presagiaba en la primera. Los pibitos de la primera parte, como estos adultos que los reemplazan simulando el paso de veintisiete años, no tienen miedo. Y lo que en la obra de King son rasgos particulares de los personajes, que bajo ningún aspecto confunden el género (terror, señores, mierda carajo), en esta segunda parte se profundizan, volcando definitivamente la nave. Si los personajes no tienen miedo, ¿qué le queda al espectador? Y vale la apreciación de quien sostenga que el libro le importa tres pitos, pero entonces, partiendo de esa premisa,  ESO no es IT.

Claro, ahí sí: esta segunda parte funciona si nos olvidamos del aura de la novela, y confiamos que estamos viendo la película de un payaso X, en algún lugar X de Estados Unidos. No en Derry. Es entonces una película de aventuras, con algún toque de terror, para toda la familia, y casi que para todas las edades (si los pibitos de hoy no se asustan con nada).

Si hablamos de terror, el principal problema lo tiene el payaso: no asusta ni un poco. Ya lo conocemos y ya estamos acostumbradísimos a los efectos, a los colmillos y a cualquier recurso de postproducción que nos tiren por los parlantes. Por eso no es sorprendente que lo más terrorífico radique en el viejo recurso de una buena actuación, el más noble de todos, y en manos de una viejita moviéndose de manera inesperada e impropia para su cuerpo, o en el inquietante gesto de su cara (encima spoileado en uno de los trailers). Es esa escena el punto más alto de terror, y no le pertenece al payaso. Cuando el payaso debería ser escalofriante, y mostrar todo su esplendor maligno ya llegando al desenlace, nos resulta alguien familiar, demasiado expuesto, al punto de que toda la secuencia final no es más que una escena de acción con la participación de un monstruo (algo similar a lo que ocurría con los monstruos de la Universal cuando se los paseaba de parodia en parodia, llegando a compartir escena con Abott y Costello).

IT funciona, entonces, porque el imperio, delante del emperador, necesita que resulte. Necesita salas llenas y poco le importa el contenido. A las nuevas generaciones se les mete fácil en la cabeza que estamos ante un ícono del terror. Publicidades, medios pagos y merchandising. La platea complaciente y aburguesada aprende las reglas de un nuevo género, sentenciando a muerte lo que debería ser. La platea se ríe del payaso, se ríe del pibe que la pasa mal en la escuela, y en definitiva nada tiene sentido.

Pese a todo lo señalado, las actuaciones son muy aceptables, y en algunos casos, perfectas. Desenfocados, mal dirigidos en función de lo que debería ser el tono de la historia, pero la pericia de los protagonistas es perfecta. Bill Hader y James Ransone hacen un dúo perfecto que consagraría a cualquier comedia liviana. Y los siete protagonistas son una exquisita maduración de los siete pibitos que interpretan a los mismos personajes en la primera parte. Si hay que destacar la caracterización de alguno, el premio se lo lleva el parecido entre Jay Ryan (Ben de grande) y el joven Jeremy Ray Taylor (Ben preadolescente): son la misma cara y gestualidad, con gran diferencia de kilos, tal cual se describe en el libro. Llegar a la segunda parte de esta IT, para quien comparta estas líneas, es un ejercicio de rendición. Uno va y va, anestesiado y preparado. Pero el puñal simbólico que esta IT nos clava maquiavélicamente en el corazón, lo empuña la mano del mismísimo King. En la escena en la que el más grande escritor de todos los tiempos protagoniza, aparece, de manera burda, un mate con el escudo de Independiente. En esta era de no pensar, de repetir todo, de no salirse del molde, corremos el riesgo de que cada argentino que llegue a la pantalla grande imite lo que sí tuvo gracia y originalidad la primera vez, viniendo de Viggo Mortensen en Capitán Fantástico. Allí, el gesto no desentonaba con el espíritu de la película, cuando su personaje caído del sistema pelaba un mate de San Lorenzo en pleno Estados Unidos. Pero acá en IT no va. King chupando un mate que no sabe bien ni cómo agarrarlo, y de un equipo extinguido que no son sus Red Sox, es una idiotez que banaliza el cine, la novela y toda la cultura popular y futbolera

Calificación: 4.5/10

IT: Capítulo 2 (IT: Chapter Two, Estados Unidos/Canadá, 2019). Dirección: Andy Muschietti. Guion: Gary Dauberman, Stephen King. Fotografía:  Checco Varese. Montaje: Jason Ballantine. Elenco: James McAvoy, Jessica Chastian, Bill Hader, Isaiah Mustafa, Bill Skarsgård, Jay Ryan. Duración: 169 minutos.