jeune-et-jolie-posterFrançois Ozon es un director con una filmografía amplia sobre sus espaldas, premiado por En la casa, su película anterior. Sus temáticas y obsesiones han girado en torno a la sexualidad y sus costados más provocadores, en este caso Joven y bella versa sobre la sexualidad de una menor de edad que se prostituye por un aparente placer. En el inicio, la película nos introduce en la vida de Isabelle a través de los binoculares de su hermano, quien la observa tomar sol en la playa con sus pechos descubiertos. Una sombra se acerca y, casi como una amenaza o una caricia impostada, nos revela el deseo del hermano menor proyectado sobre el cuerpo semidesnudo de Isabelle. Si bien la mano masculina se posa sobre su piel a nivel onírico, pone en evidencia lo implícito que nos trae esa sombra-deseo-tabú.

Lo mejor de la película está al comienzo, lo más prometedor y, acaso como una publicidad, en un escaso metraje nos han convencido de comprar algo que no queremos, no necesitamos y que se transforma en un mero espejismo de marketing. Joven y bella está dividida en cuatro estaciones que pretenden enmarcar el despertar sexual de una joven adolescente de la clase media francesa que, inmotivada en su existencia, vuelca su vacío hacia practicas difusas y experimentales que no dicen nada ni llevan a nada. El verano concluye con este vínculo entre los dos hermanos que juntos gestan lo que será la iniciación sexual de la protagonista; sin embargo esa presentación del mundo privado de Isabelle se licua en lo más arquetípico y funesto de los estereotipos cinematográficos: un turista alemán toscamente vestido y mal interpretado, será quien introduzca de manera activa a Isabelle en su sexualidad, dando lugar a un rito de preparación para el combate, montándose sobre una almohada antes del encuentro, masturbándose intensamente, contrastando con lo que luego será una pasiva aceptación de un cuerpo ajeno.

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La sexualidad que interesa a Ozon no está planteada por el acto sexual en sí, sino por el placer que le produce a la protagonista la preparación, la puesta en escena; el sexo no se traduce en un fin en sí mismo sino en una modalidad de control. Los padres ausentes, casi caricaturescos, son el prototipo de una familia disfuncional, que sin explicarse ni ordenarse en un modo particular, oscilan en su rol de deseo: el padrastro no esconde su placer por mirar a su hijastra, y su madre es quien, entre comprensiva, conservadora y a la vez inspiradora, será vista por su hija en una situación con el marido de una amiga. Su hermano, eterno deudo de la vida sexual de su hermana mayor, se interna en un enamoramiento sugerido y una contención no definida. Los encuentros sexuales son a veces retratados según  un manual que repite el estereotipo de una mujer que se inicia sin conocimiento alguno en el oficio más viejo del mundo. Un vinculo-amor-aprensión con un cliente mayor -que morirá de forma absurda- se construye sin sorpresa alguna luego de un plano detalle más que evocativo de su condición de salud.

Luego de una investigación policial y ya descubierta la vida paralela de Isabelle, el director trata de poner en contrapunto los deseos y motivaciones de esta joven con el orden social y estatal, con la institución policial, jurídica y social, a la vez que intenta mostrarnos el juicio y «prejuicio» de la familia y el entorno: se consagrará en la restitución de un orden normal aparente mediante la tentativa  de mantener una relación de pareja y la interacción con los diversos agentes del mundo que la secunda. Algunos diálogos con su madre, que lejos de ser provocadores se vuelven grotescos, solo caen como pretenciosas líneas de guion mal asimiladas por los actores amalgamándose con una puesta que las repele y cuestiona, porque el movimiento interno del cuadro es solo una pretensión inacabada e indefinida de «mostrar y ocultar» en un cadencia que termina por acomodarse en planos medios que licuan la intensidad pretendida.

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La parquedad y la inacción de los personajes se conjugan con sorpresivos virajes de reacciones que no logran ajustarse a la narración, y con una paleta nutrida y basta de símbolos e interacciones que se quedan en lo pueril de ni siquiera buena provocación. Ozon no alcanza nunca el universo onírico y el deseo oculto y perverso de una Belle jour de Buñuel que se hace onmipresente, o la imagen de descubrimiento y experimentación sexual que nos muestra Complices de Frédéric Mermoud. Ya sin hablar de la idea de prostitución como alienación del ser presente en Vivir su vida de Godard.  Ozon destierra todo un universo simbólico a la nada, el dinero, el trabajo, el cuerpo, el género, el drama, los vínculos, la perversión, la herencia, todo naufraga en una música cual voz off que nos explica lo que no tiene sentido.

Aquí pueden leer un texto de Gabriel Orqueda sobre el director.

Joven y bella (Jeune et jolie, Francia, 2013) de François Ozon con Marine Vacth, Géraldine Pailhas, Fréderic Pierrot, Charlotte Rampling, 95 min.