La sequedad de la danesa Kapringen (A hijacking, Secuestro), de Tobias Lindholm (guionista de La cacería, de Thomas Vinterberg, director de La celebración), es lo que hace de este producto estético un artefacto ético, luego político. Un grupo de piratas somalíes secuestra un barco, y el director contratado de la compañía dueña del carguero decide llevar adelante la negociación pese a las objeciones del especialista, que no se lo recomienda para evitar que las emociones entorpezcan y pongan en peligro la resolución más conveniente del hecho, que consiste en recuperar con vida a los rehenes y no pagar más de lo usual en estos casos. El protagonista por el lado de los rehenes es el cocinero de a bordo, único esposo y padre de la ficción. No hay héroes, no hay villanos, no hay grupos comando, no hay soluciones mágicas, no hay salvación. Tampoco morbosidad. Ninguno de los personajes es un estereotipo, mucho menos un arquetipo, del desalmado ejecutivo de una multinacional, de la víctima frágil, o del africano atrasado, ni tampoco su refutación. No hay otra cosa que el funcionamiento del mundo y de unos sujetos en medio de una situación que no se arroga el carácter de mítica y ni siquiera el de excepcional.

Cualquiera puede enterarse leyendo o navegando por la web que esos ataques son un modus operandi habitual de somalíes pobres (otrora pescadores en el caso de muchos) organizados y provistos por traficantes de armas, afectados por la pesca indiscriminada que llevan a cabo en sus costas grandes compañías amparadas por los estados poderosos del mundo desarrollado e incapaces de ser detenidos por uno de los estados más jóvenes y fragmentados del continente. Nada de eso está explicado en la película, y el espectador tiene que vérselas ante ella con las herramientas de que disponga. Si son pocas y es curioso, sentirá la necesidad de hurgar en el fuera de campo político que le da sustento. Si no, tendrá ante sí un conciso y potente drama psicológico naturalista sin coartadas sentimentales en el que los procesos de identificación se vuelven complejos así como amplios sus objetos.

El espacio físico del CEO es el de los funcionales edificios corporativos sin señas particulares, los trajes más austeros que elegantes, el pragmatismo ejecutivo, la dicción quirúrgica, el impersonal manejo a la distancia del otro. El del cocinero tiene mucha más presencia física, incluye los cuerpos en cueros, el aire salobre del mar, la orina, la manipulación de los alimentos y su preparación, producto consumido de inmediato por el otro con el que se convive. Ambos personajes tienen pareja, pero sólo el cocinero tiene hijos. ¿Y el universo de los somalíes? Es el más extraño (o el más ignorado, y esa ignorancia nuestra es la ignorancia política de la que hablábamos al principio con la que cada espectador decidirá lidiar como quiera o pueda) de todos, porque ello es lo que irrumpe: el acontecimiento que, sin embargo, se naturaliza a medida que pasan las semanas a pesar de que sus armas siguen marcando la distancia aún cuando ciertas vivencias compartidas la pongan en suspenso.

Pero ni los cautivos ni los espectadores son ganados por el síndrome de Estocolmo. Esa distancia general de la película para con todos, es la que nos permite verla como una ficción casi documental sobre tres formas distintas de trabajo o de ganarse la vida, sin sentencia moral sobre ninguna de ellas, pero con un anclaje emotivo en el personaje del cocinero -aunque no es quien más tiempo pasa en plano- ajeno a las disputas de poder, sin que ello implique un juicio de valor superior al que se tenga del resto, como no sea el de la simpatía por el más débil, jamás degradado a rol cómico, que suele ser también quien supone estar al margen de la lucha por el capital. El final acentúa el pathos de su desprotección ontológica. Ese hombre nunca hizo otra cosa que trabajar para otros en un sentido estrictamente laboral, pero acaso también sexual y psíquico, y lo termina pagando. Dos perspectivas se abren en su devenir: que la crisis le permita tomar conciencia (y las riendas) de sí mismo, o que el peso simbólico del hecho lo traumatice y derrumbe. Todo termina con uno de los protagonistas marchándose por sus propios medios y con el otro inmóvil y rodeado ¿o sepultado? por ‘los suyos’.