las_keith_verticalkeyartA Silvio.

El mundo no sería el mismo sin ese encuentro fortuito entre Jagger y Richards en un tren: un vinilo de Chuck Berry, otro de Muddy Waters, señalaban el futuro de estos niños y de la historia del rock and roll. Me pongo a repasar la historia en busca de la descendencia Stone y se pueden encontrar claros rastros de su huella, de su sonido, en Led Zeppelin, The Stooges, New York Dolls, The Almann Brothers y todo el rock sureño norteamericano, Kiss, AC/DC y el movimiento punk completo, o en el recuerdo de esa actitud subversiva con la vida que manejaban los Stones desde finales de los sesenta. “¿Dejaría a su hija sola con un Rolling Stone?” era el eslogan que fagocitaban entonces, en la pulcra sociedad británica, para defenestrar a estos chicos. Su descendencia no tiene fin en el mundo del rock y en el de la cultura popular mundial. Sin ir más lejos, Argentina es un país atravesado oblicuamente por su impronta, de la que nació el rock «Chabón»; pero, mucho antes de los noventa, ya se olfateaba ese aire en Manal, luego en Pappos Blues, y en los ochenta con Los Redondos que, desde lo musical y no tanto de lírica, son Stone, así como el Indio, Los Ratones Paranoicos y tantos más.

Mi vida no sería la misma sin Richards, porque la primera banda que tomé en serio fue la suya. Cuando tenía once o doce años vi en vivo en el club donde me crié, la Institución Cultural y Deportiva Pedro Echague, a Tic Nervioso, la banda de mi barrio, y su mega hit Vamos todos juntos a la salada, en el colectivo ochenta y seis, y nada volvió a ser igual: con su confianza y su exceso en la formas transpiraban actitud Stone, captaban el desprecio de los mayores presentes, y el sonidos infalible de guitarras era un combo fabuloso para un niño inquieto. Muchos años después, cuando tendría como veinte y ya entrando en un período oscuro de mi vida, mucho más largo de lo deseado, el disco solista de Richards, Talk is Cheap, de 1988, que escuchaba sin parar, me disparó por primera vez la convicción consciente de que la música estaba para siempre conmigo, como amparo, que sería siempre mi refugio contra todo lo malo que pudiese tener el mundo. ¿Por qué ese disco y no otro? Vaya uno a saber.

El viejo Keith recorre un jardín florido, todo fuera de foco salvo su figura; su contorno corta un gran collage de colores en el que prevalecen el verde y él como las principales fuerzas de la naturaleza. La voz en off del añoso Richards dice: “Pensé que la vida se terminaba a los treinta, después sería horrible de vivir. Cuando cumplí treinta y uno, me dije: ‘No está tan mal. No eres adulto hasta el día en que te entierran’.”

Fascinante película es Keith Richards: Under The Influence, producida por Netflix y dirigida por Morgan Neville, que también realizó A veinte pasos de la fama, un documental encantador sobre varias de las coristas más importantes que dejaron su estela en canciones muy populares del rock y del pop. El documental de Richards tiene esa condición del registro intrínseco: el viejo pone vinilos, pita su cigarrillo, exhala el humo por la nariz y toma pausadamente mientras ese sonido vintage emerge de los parlantes en su habitación de madera mientras asiste al timbre del sonido precario de Howling Wolf, lleno de primeros planos y detalles con el fondo borroso. Todo suena medioso, primitivo, un deleite con sabor a válvulas incandescentes, mientras Keith considera la coloración del sonido a través de los tiempos y toca unos fraseos que dejan con la boca abierta a cualquiera que tenga una mínima idea de lo que un artista puro puede dar. Ya el niño Godard había captado su aura en la imperdible Sympathy for the Devil de 1968, y algunos movimientos de cámara de aquella particular mirada le quedan pintados a la película de Neville.

4725104_3_d2cd_keith-richards-le-21-juillet-a-new-york_dd90c7ccaa74f20a110b3161ef2f51a9Verborrágico pero con pausas, sus tardanzas denotan calidez y recuerdan que la fiera está domada. Coherente y claro, sin traicionar a aquel muchacho bárbaro que se convirtió en el paradigma del rock and roll. “Nunca quise ser un artista de pop, ni de rock. A mí lo que más me gusta es el roll”. Sonríe por enésima vez y la pantalla se ilumina con ese gran conversador, ese fantástico contador de anécdotas.

Sus arrugas son hendiduras que surcan su rostro, profundas rendijas por donde se cuela el avatar de la giras y esos berretines excéntricos; junto a sus compañeros ideó todo lo que en el mundo del rock hoy es trillado y las generaciones posteriores irían perfeccionando. También se ven en su rostro los acordes consumados: los sesenta, setenta, ochenta, noventas y así hasta al día de hoy, siempre un Rolling Stone, uno de los mejores compositores del siglo pasado y un grandísimo guitarrista que hizo de su desparpajo técnico un género, de su aparente desprolijidad  una carretera directa al seno del rock and roll. Sus líneas de guitarras son pura alteración, son acercamientos al borde del error -Jimmy Page-, las yemas de sus dedos muerden las notas -Angus Young- y, como en la existencia, primero hay que sentir y más tarde vivir, construir armonías nunca antes escuchadas y de ahí obtener el riff necesario. Pareciera que la música pasa a través suyo y por sus dedos alcanza las cuerdas; él mismo dice: “Somos una antena que capta todo lo que hay por ahí”. Cuánta verdad hay en esa frase y cuán despojadas de avaricia suenan sus palabras, las mismas que denota la película.

Unos de los momentos más increíbles es una discusión con Chuck Berry en oportunidad de un concierto homenaje que quedó plasmado en el documental. Como si la historia del blues y el rock convivieran en ese hombre experimentado que parece sacudirse los demonios para convertirse en su correcta forma; su manera de decir, de cantar y de tocar en el 2015 son la versión pulida de aquel sorprendente salvaje.

Los Rolling Stones grabaron su primer álbum homónimo en 1964 y el último en vivo en el Hyde Park de Londres en el 2013, justamente festejando cincuenta años con el rock and roll.

Las guitarras stones nacieron con un concepto inaudito: parten de la anarquía y de la superposición de rasgueos, de cierta incomodidad placentera, al menos para Richards, Jones, Taylor y Wood. Si Los Beatles expandieron los límites del género hasta  fronteras insospechadas que se pierden en la abstracción en su etapa psicodélica, los Stones hicieron un agujero en el piso y cavaron hondo, pero muy hondo, tanto que hasta dieron la vuelta a la mismísima Historia y participaron activamente en su apogeo y expiración. Hoy representan algo que no sé muy bien qué es, ni siquiera lo que el rock encarna en esta época de bandas homenajes y en la que cualquier tirifilo luce como rocker.

La estrella de rock que sobrevivió a todos, y a todo, hoy repasa su llegada EE.UU. en los sesenta para tocar la música propiedad de los negros relegados. Le asombraba, cuenta, que en esa época hubiera baños para negros; para los británicos era muy raro todo esto: “Lo mejor que EE.UU. le dio al mundo es el jazz y el blues, mucho mejor que la bomba de hidrógeno”.

keef57New York y la tierra prometida, Chicago, cuna del blues eléctrico y donde estaban sus héroes en los estudios Chess Records: Muddy Waters, Willie Dixon y su amigo hasta el día de hoy, Buddy Guy, con el que toman licor de maíz y juegan un partido de pool en un bar azul. Keith ríe con una especie de flema vacilante producto del cigarrillo que se ausenta en muy pocas escenas del largo metraje, pero lo hace con salud.

Morgan Neville dirige con una factura técnica impecable y se mete en el estudio donde Richards está grabando su último álbum solista, Crosseyed Herat, un recinto minúsculo pero que suena sorprendente, con amplificadores viejos, guitarras ajadas, un piano vertical y la batería de Steve Jordan, el socio perfecto de su carrera en solitario. Es la misma banda que lo acompaña desde finales de los ochenta, año en el que decide apartarse de la suya después de una pelea con Jagger y así formar su propio plan.

Algunos planos detalle son postales del mundo que habita Richards, sus dedos casi deformes, su sonrisa añeja. ¿Cómo puede alguien fumar con una larga ceniza sin que caiga de una puta vez? En cualquier momento en el que agarra un guitarra o el piano, dos acordes pueden desafiar el sentido y la profundidad del plano, el aura del viejo y su caja de resonancia, su corazón. Algunas de sus guitarras acústicas y sus acercamientos suenan primitivos, en el mejor sentido del término, casi se puede sentir el whisky transitar por nuestra garganta. “No estoy envejeciendo, estoy evolucionando” es una de muchas frases imperdibles de una película que retrata a un virtuoso en su plenitud de manera íntima, casi en un mano a mano. El mismo que puede reflexionar sobre actitudes del pasado y no esperar mucho más ya que la vida le dio todo. “Mi idea del paraíso es ser una estrella de rock,  pero totalmente anónimo”.

Keith Richards: Under the Influence (EUA, 2015), de Morgan Neville, c/Keith Richards, Steve Jordan, Waddy Wachtel, Tom Waits, 83′.