kingsman-poster-mainKingsman también es una película de reclutamiento. Una incluso peor que aquellas que lo son para el ejército. Las palabras “servicio secreto” inscriptas en el afiche pueden causar especial escozor en la Argentina en estos días, pero debieran causarlo en cualquier lugar del planeta donde la estrenen, porque es evidente que vivimos un escenario de guerra global en el que los soldados acaso sean menos importantes que los espías –oficiales o no oficiales-, de modo que también se podría decir que vivimos en un escenario de espionaje global, que recuerda en parte al de la Guerra Fría, pero sin dos bloques claros. Para colmo de sugerencias, a cinco minutos del comienzo de Kingsman: El servicio secreto una de las escenas está situada en la Argentina. Es la misma Argentina de Gilda (sin Rita Hayworth) o de Invasión (sin Paul Verhoeven), pero el sólo hecho de ver en estos días ese nombre en una película que se llama Kingsman: El servicio secreto perturba, por más que aparezca sobreimpreso en la imagen de una cabaña en mitad de las montañas, igualita a la que aparece en una de esas bolas de cristal con paisajes nevados adentro.

Ese también es parte del problema de esta película. Se propone como una ficción delirante en la que, incluso, terminan estallando cabezas como si fueran fuegos artificiales, por lo que nadie tiene derecho a tomársela físicamente en serio. Sin embargo, lo que sí vale la pena tomarse en serio es la circulación simbólica de elementos despreciables: usa el relato de crecimiento para estimular la integración irrestricta, no ya a la sociedad sino a una élite de tipo castrense, pero invisible y con glamour; le quita densidad material y psicológica al asesinato apelando a códigos de percepción propios del régimen digital contemporáneo que irrumpen en medio de escenas cuyo verosímil era hasta el momento físicamente realista; serializa la violencia hasta deshumanizarla, pero no al punto de que la abstracción propuesta en lugar de la causalidad fáctica y psicológica usuales adquiera consistencia por sí misma; plantea un escenario de disputa entre corporaciones informáticas y servicios secretos “buenos”, que es el reverso de la realidad global en la que colaboran las agencias estatales de las potencias (especialmente la del Reino Unido y EE.UU.) y las grandes empresas de telefonía e informática(no dejen de ver Citizenfour) .

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Se dice que John Cassavetes no podía terminar de filmar The Killing of a Chinese Bookie porque no se decidía a matar al personaje del título, obligado como estaba por este. No había matado a ninguno en sus películas previas y tampoco quería hacerlo en esta. No sé si creer o no la historia, pero pensé en ella cuando vi Kingsman. No tanto porque me molestara la muerte de tantos comparsas, aunque tanta desaprensión igualmente me afectara, sino porque no podía creer en ninguna de ellas. Si la anécdota sobre Cassavates es cierta, lo más lindo de ella es pensar en la entidad que le había dado a ese personaje de ficción que, por otra parte, sólo aparece en una escena. En cambio, Kingsman no permite creer en nada ni en nadie, ni en que haya personas delante o detrás de cámara, así se llamen Colin Firth, Mark Strong o Michael Caine, ni en que haya verdaderos espectadores mirándola. Sólo número, técnicos y publicistas. Tomársela en serio puede que sea un error, pero uno peor sería no advertir el modo en que estas representaciones cool británico-estadounidenses, entre las que también hay que incluir a El código Enigma, aparecieron recientemente en la cartelera.

Knisgman: El servicio secreto (Kingsman: The Secret Service, Gran Bretaña, 2014), de Matthew Vaughn, c/Colin Firth, Mark Strong, Taron Egerton, Michael Caine, Samuel L Jackson, 129’.