richard-linklater-boyhoodHabía algo que nunca hubiera podido funcionar, por más que la idea parezca atractiva y que prometiera abrir las puertas de una aventura existencial: filmar a un chico durante 12 años y componer con eso una película. Ni desde el mayor rigor documental (que Boyhood nunca se propone) se podría haber alcanzado más que la evidencia de que los chicos crecen, ni desde la ficción se podría haber construido una verdad que seguro hubiera quedado mejor con un guión bien armado, maquillaje y actores infantiles de distintas edades, que le hubieran aportado la concentración necesaria para su forma. Desde su nacimiento, Boyhood era un proyecto destinado al fracaso.

Una vez más, Linklater funciona como puente entre las ideas más modernas del cine y una forma que no llega a ser clásica, pero sí transparente. Con ese puente logró algunas de sus películas más perfectas (la trilogía Antes de… , Dazed and Confused), pero otras veces se queda trabado a mitad de camino, con películas tironeadas, deshilachadas, con formas que al buscar el discurrir amable se vuelven un tanto lánguidas. Linklater es un director del presente y la palabra o, más bien, del presente como espacio para la palabra, del tiempo como dimensión fundamental en la medida en la que es la dimensión en la que existen sus personajes: un presente continuo con el que se relacionan y sobre el que reflexionan. El tiempo, en realidad, nunca fue el tema central de Linklater, sino que lo fue casi de forma secundaria a través de su preocupación por el presente, normalmente trabajado en narraciones cuya duración se asemeja a la duración de la película en la cual transcurren. Su cine es un cine del tiempo, pero no sobre el tiempo.

Posiblemente sea por eso, debido a esa pequeña desviación (traición mínima pero fundamental) que Boyhood presenta algunos problemas narrativos que Linklater había sabido evitar: en esta película la atención sí parece estar puesta en el paso del tiempo como tema, sobre todo en la primera parte. Es por eso que abundan planos de referencia temporal, discursos sobre hitos políticos que funcionan como manijas para que el espectador pueda entender y calcular adecuadamente el año en el que transcurren los eventos y, por tanto, su discurrir: planos de videojuegos que van cambiando, elecciones presidenciales, etc. Ripios que ponen en evidencia la propuesta de producción: esta película se filmó a lo largo de 12 años y esos detalles funcionan a la vez como garantía del paso de ese tiempo (más allá de la evidente garantía del crecimiento de sus actores) y también como reflejos, casi pinturas de época al pasar (“en el 2006 hablábamos de estos temas y la tecnología era así”). Por otro lado, los ripios se notan también en las breves notas argumentales que cada tanto salpican la película y que se desarrollan como arcos simples dentro de sus secciones: el padrastro profesor universitario esconde una botella entre los productos de limpieza y ya sabemos que se viene un gran conflicto familiar. La obviedad de esas líneas (así como, por ejemplo, la de la moraleja del latino que asiste a la universidad y termina encontrando un mejor trabajo y la felicidad en la vida) tiene que ver con estos dos polos que Linklater intenta atravesar sin demasiada elegancia, son grumos de narración en una película que se disuelve lentamente en un transcurrir al que le gustaría hacer como que no apunta hacia ningún lado. En la segunda mitad, sin embargo, la película empieza a tomar cuerpo y esos manotazos de narración desesperada se vuelven un poco más escasos. Dejan paso a algo que se parece más a una película de Linklater: puro tiempo presente, personajes adolescentes parlanchines, conversaciones reflexivas. Ahí cuando Boyhood se asienta, cuando se deja de preocupar tanto por demostrar que los años pasan, ahí cuando su protagonista toma un poco más de cuerpo, la forma se vuelve más llana y placentera.

Boyhood_612x380Es ahí, cuando el presente se vuelve un discurrir más continuo, que sigue pasando en intervalos más o menos regulares pero que cobra un peso propio, que finalmente se revela el tema de Boyhood. Había algo en la parafernalia (discreta) de la película que impedía acceder a él, algo que tenía que construirse para que cobrara sentido. El verdadero sentido de la película se construye (casi) en contra de la película. ¿Qué significa el paso del tiempo? ¿Qué es el tiempo? ¿Es posible filmarlo? ¿Qué es lo que buscaba capturar Linklater al hacer actuar a un nene a lo largo de 12 años? ¿Había, acaso, un secreto escondido en las transformaciones de su cuerpo y del cuerpo de los que lo rodean?

El secreto de Boyhood es que, aunque no lo parezca, no se trata de una película sobre el paso del tiempo sino, otra vez, de una película sobre el presente. El puro presente. Los trucos y artimañas que marcan los años y el crecimiento sirven como grampas que intentan unir elementos disímiles; lo mismo pasa con los argumentos y el transcurrir de padres y padrastros. Pero lo que vemos es, en definitiva, lo único que puede capturar la cámara: lo que esté enfrente de ella. Linklater solo sabe filmar el tiempo en el que habitan sus personajes. Cualquier otra construcción que intentara abordar el tiempo como tema hubiera requerido una concentración de sentido que Boyhood nunca busca. Pero ese puro presente solo cobra sentido gracias a la acumulación, incluso gracias a la falsa narración y a las casi tres horas de metraje: Boyhood es un mecanismo paradójico que cuando parece que está construyendo una estructura, en realidad la está refutando. ¿Qué es lo que se puede decir del tiempo, más que pasa? El tiempo, esa dimensión en la que existimos, es en su transcurrir irrelevante. La vida está siempre en el presente. La banalidad del tiempo se refleja en la banalidad de la narración: la verdad no está en la acumulación de hechos. Está en otro lado.

Aquí pueden leer un texto de Marcos Vieytes y otro de Paola Menéndez sobre esta película.

Boyhood (EE.UU. 2014), de Richard Linklater, c/ Ellar Coltrane, Lorelei Linklater, Patricia Arquette, Ethan Hawke, Marco Perella, 165’.