La bella muerte: Carta de Gérard Depardieu a Patrick Dewaere (Traducida por Darío Cosenza)

lettres voléesQuerido Patrick,

En este momento, no paramos de fastidiarnos con el aniversario del Mayo del 68. Veinte años después. ¡Para qué! Una revuelta de jóvenes viejos idiotas, eso es lo que pensábamos los dos, batallas con bolas de nieve…

Esta chistosa revolución permitiría al menos cambiar el uniforme de los polis, y a Bertrand Blier filmar Les valseuses. Fue un verdadero ladrillo lanzado a la vitrina del cine francés. Junto a Miou-Miou, hicimos saltar los últimos tabúes.

Les valseuses era nuestra bohemia para nosotros, un tiempo que los menores de veinte años no pueden conocer. Cómo hicimos engranar a Bertrand con esta película. No dormíamos, llegábamos sin avisar a la mañana al set de filmación, con aspecto de fiesteros, depravados. Estábamos felices como idiotas, como niños rateándose del colegio. Era la gran infantocracia, una mezcla de inconsciencia y despreocupación. Agarrábamos el Citröen DS y hacíamos la corrida nocturna. Eran noches tan divertidas. Teníamos la impresión de trabajar, de estudiar nuestros roles, de repetir líneas para el día siguiente. ¡Claramente!

Siempre te vi en carne viva, calcinado. Durante el rodaje en provincia de Les valseuses, dormimos en el mismo hotel. Una noche, estaba penosamente intentando conciliar el sueño, haciéndome la paja, cuando de repente escucho gemidos, quejas. No lograba determinar de dónde venían. No paraban, las grandes aguas. Luego, con sólo un impacto, la puerta de mi cuarto literalmente explotó. Te vi delante mío, completamente encendido, exaltado y con ojos redondos. Ahí, balbuceaste una pálida excusa:

– Creí que estaba con vos.

– ¿Quién?

– Miou… Miou-Miou. Pensaba que estaba haciendo el amor con vos.

depardieu patrickLos gemidos, las quejas, eras vos. Llorabas, te hacías daño en tu rincón. Te habías ahogado en un capítulo de Valseuses. Como Romy Schneider, confundías tu vida con el oficio de actor. No soportabas las rudezas de este medio. Eras sensible, indefenso, casi lisiado frente al mundo. Te veía venir con todas esas mitologías falsas alrededor del cine, de James Dean; eso te gustaba, ese romanticismo negro y asesino. Te parecía bella la muerte, bien puta, regalada. Hacía falta que explotaras, que te desintegres. Acelerabas la vida. Ibas a otra velocidad, con otra tensión. No era tanto que no tenías más ganas de vivir, pero sufrías demasiado, de vida. Cada día, repetías las mismas mierdas, los mismos horrores en tu cráneo. Al final, forzadamente, uno enloquece. En Série noire, te precipitabas contra el parabrisas de tu auto. Siempre me hace daño repensar esa escena. Tengo la impresión de una película testamentaria. Te debatís, te golpeas contra todas las paredes. Había agresividad desesperada, la histeria rebelde de Série noire. Estaba también la resignación agobiante de Un mauvais fils. Estas dos películas, sos vos.

Dabas alaridos todo el tiempo con tono agudo y paródico. “¡Un día me voy a pegar un tiro, no se puede creer!”, o también: “No nos vamos a dejar vencer, no vamos a dejar que nos culeen”. ¡Nos! «Nos»: te referías al mundo. Tenías miedo de todo. Te lo digo ahora sin pena y sin hacer un drama, siempre sentí la muerte en vos. Peor, pensaba que nos dejarías aún más rápido. Era una certeza terrible que guardaba para mí. No podía hacer nada. Era el espectador forzado de esta cuenta regresiva. Tu suicidio fue una larga y dolorosa enfermedad. Cuando supe que había terminado, me dije: “Pero sí, qué más”. Nada para decir. No iba de todos modos a sobreactuar como los malos actores. Suicide-Patrick-DewaereY, además, te lo admito, yo, en la cara, me importa un huevo. No voy a entrar ahí dentro. Soy una bestia, me da igual, a la muerte no la conozco. Yo soy la vida, la vida hasta en su monstruosidad. Nunca hay que hacerse de culpabilidad, decirse que deberíamos, que hubiéramos podido. Ni jota. Había un defecto de fábrica, un vicio, algo chiflado en vos, Patrick. Cuando perdí a mi madre, ello me causó algo de lo más curioso. Pero tampoco lloré, no me compadecí. La gente me decía: “Sucede después, verás después”. Pues después no pasó nada. Luette era simplemente una madre. Había amor y cólera entre ella y yo. Desde que no está, tengo la sensación de una presencia más grande. Pienso en ella, dialogo con ella. En vida, la sabía en un rincón y eso es todo. Es un privilegio, una suerte increíble que ella haya partido. Me atrevo a escribir que descubrí a mi madre desde entonces.

Por supuesto, si perdiera a Elisabeth, sería un minusválido. No estoy seguro en qué me convertiría. Me dolería acá, al costado, no me curaría, me inclinaría y luego caería. Esa sería mi elección. Siempre dije que no me dejaría fastidiar por la muerte. La mía y la de otros. Te lo dije repetidamente, Patrick. A pesar de todo, a pesar mío, creo que esta carta, era para hablarte de la desaparición de mi gato. Es necesario que te hable súbitamente de él. Cuando se murió, me puse a lloriquear como una llorona trágica. No podía parar de llorar. Todas las canillas estaban abiertas. Supe que moriría desde que empezó a dormir en otro lado. Tenía diez años. No era viejo para un gato. Se acostó encima de la glicina. Cada vez que lo venía a buscar, se dejaba agarrar sin reaccionar. Era pesado, pesado por su enfermedad. Estaba muy golpeado por su enfermedad. Yo la sentía pero él no podía decírmelo. Había pensado siempre en un gato cuando pensaba en él. Un gato es un gato. Cuando pensaba: “Está enfermo”, pensaba en un ser. Esto me hizo mucho daño. No había comprendido todo lo que podíamos decirnos. Pude apenas recobrar nuestros últimos gestos: una caricia, una mirada, tocar su hocico. Era el único que podía hacerlo. Tomé su cabeza con mi mano, en mi puño. Estaba enfermo porque no decía nada. patrick2No tenía reacción alguna. Ahí mismo me di cuenta lo que era la impotencia.Sufría por mi impotencia con respecto a otros seres vivos. A vos, a Luette, a mi gato. Se murió de una enfermedad humana, se murió de cáncer. Yo partía para Brides-les-Bains. Partía para adelgazar, a perder la grasa de más porque asfixiaba y mi gato se murió de asfixia, de un cáncer de pulmón. Lo enterré en mi jardín.

A la mañana, lo encontré con su cabeza en mi pecho. En cuanto sentía su presencia, estaba en paz. Tenía este gato a quien hablarle. Es completamente idiota. No podemos explicar la complicidad. El gato representa la libertad, lo que quieres ser. Comprende todas tus andanzas, las sigue. Cuando te encuentras en flagrante delito de felicidad, siempre hay un gato detrás. En las películas de François Truffaut, cuando sus personajes están contentos, siempre hay un gato que pasa.

Momentos de paz, de abandono, también tuvimos juntos, Patrick. Un verdadero reposo de guerreros. Con vos, me hubiera encantado tener una aventura. No te ataques. No la especie de sodomía falsa de Les valseuses. Ahí, hacen eso por aburrimiento, porque están hartos de deambular. Los tipos aprietan a fuerza de andar deambulando juntos. Cogen porque empiezan a dudar de ellos mismos. Es el problema de la delincuencia mal expresada. Encontramos toda esta miseria, toda esta frustración en el correo de los lectores de Libération, en los relatos de los reclusos.

La homosexualidad es, sin duda, mucho más sutil de lo que decimos. Por cierto, no sé qué es, a qué se parece. Sólo sé que existen momentos. Pueden ocurrir con una mujer, un hombre, una botella de vino. Son estados de gracia compartidos.

Me hacen pensar en una toma lograda en el cine. Siempre hay una parte irracional en una toma lograda. Trabajamos horas, pasamos tiempo rehaciendo, repitiendo, modificando, de golpe es la buena. No sabemos por qué, pero se aclara, es la buena.

patrick1No puedo dejar de pensar, Patrick, que si no hubieras partido, posiblemente serías vos al que habría abrazado en Tenue de soirée.

Les valseuses (Francia, 1974), de Betrand Blier, c/Gérard Depardieu, Patrick Dewaere, Miou-Miou, 150′.

Gérard Depardieu, Lettres volées, Ed. J.-C. Lattès, Le Livre de Poche, 1988.

N. de T: Esta carta póstuma forma parte del libro Lettresvolées (Cartas robadas) escrito por Gerard Dépardieu y publicado por la editorial J.C. Lattès en 1988. Mucho del argot y expresiones propias de la lengua francesa no siempre encuentran una correspondencia textual en nuestro idioma. Intenté ser lo más fiel a lo expresado por su autor considerando los rasgos idiomáticos.

2 Comentarios

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Antoniorespuesta
20/02/2017 en 05:13

Que bello texto. ¡Muchísimas gracias por esta traducción!

elidesrespuesta
16/01/2018 en 10:33

Idem. Muchas gracias. Es bello el texto y lo pude apreciar por su traducción .

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