Dos formas de entrar en la película de David Blaustein (desde su título).

Lo fragmentario tiene un aspecto de cierta obviedad: el documental –y la figura de su personaje central- se reconstruye desde los fragmentos de conocimiento que aportan los múltiples entrevistados. Incluso esos dichos están fragmentados, recortados. Pero, por otro lado, implica algo más inasible, más difícil de entender para quienes conciben –sí, hay de ese tipo de espectadores- a una película como una totalidad cerrada. La imagen de Enrique Juárez es fragmentada por dos vías. Desde lo formal, porque es imposible acceder a una imagen completa de un personaje. Desde el propio interior de la película, porque el propio Juárez parecía fragmentar su vida para los demás, entre su condición de militante –y miembro encumbrado de la Juventud Trabajadora Peronista, a donde llega como enlace de Montoneros- y la de cineasta. No es que las dos se desarrollen por vías separadas, pero los testimonios dan cuenta de esa distancia: los hijos que no recuerdan haberlo visto filmando pero sí lo recuerdan discutiendo de política -uno de ellos, incluso, sorprendiéndose de la presencia de su padre como orador en un acto, al lado de la cúpula de Montoneros-; la compañera de trabajo en Segba que se sorprende cuando le muestra sus trabajos cinematográficos. El cuerpo de Juárez contiene todo junto, pero muestra esos fragmentos hacia el exterior de acuerdo a la circunstancia.

Curioso que lo fragmentario tome su eficacia desde la concepción de la totalidad. Si esos fragmentos no se unen de alguna manera, carecen de todo sentido. Unidos, paradójicamente, refuerzan la idea del fragmento.

Lo rebelado, como juego de palabras entre la rebeldía y la revelación. A Blaustein parece haberle interesado más lo que hay de lo primero que de lo segundo. Razones no le faltan: la potencia de esa generación de cineastas que eclosionaron en la década del 60 se nutre de la rebelión como elemento central de su cine. Solanas, Getino, Ríos, Gleyzer, Szir, Vallejo: rupturas con el cine industrial, pero, por sobre todo, con el cine pretendidamente apolítico en un escenario de revueltas y cambios. Juárez entra en ese momento con Ya es tiempo de violencia –esa película que a Getino no le gusta porque le parece “desordenada”-, reflejando un tiempo de proscripciones políticas, revueltas obreras y represiones políticas.

Por mi parte, me parece más interesante plantarse en el terreno de lo revelado. Enrique Juárez sigue siendo hoy un virtual desconocido incluso dentro del cine político argentino: la película de Blaustein lo rescata del olvido, como en los últimos años se rescató la obra de Jorge Cedrón y Raymundo Gleyzer –en las dos magníficas reediciones de su obra encarada por el INCAA de tiempos mejores- y la recirculación de los cortometrajes de Pablo Szir –en el canal Cine.Ar, ex IncaaTV-. Blaustein revela a Enrique Juárez no solamente desde los testimonios, sino desde los archivos y las imágenes de su cine. Hallazgos particulares. Fragmentos de su película La desconocida y de un proyecto de ficción que recrea el asesinato de Abal Medina en William Morris. Imágenes de un cortometraje en el que participaban, muy jóvenes, Carlos Roffé y Mario Pasik. Noticieros de época en los que aparece entrevistado junto a miembros de Montoneros. Juárez hablando en un acto político. Juárez se revela ante los ojos del espectador a medida que los relatos orales reconstruyen casi linealmente su historia.

Lo revelado entonces, se asocia a un concepto que a mi entender es central en Fragmentos rebelados: la búsqueda del tesoro. Eso que está oculto, que se sabe que alguien dejó en algún lugar y que tiene un valor. El recorrido por los testimonios y las imágenes es, de alguna manera, el mapa que nos guía hacia él. La película en sí misma ya es una suerte de tesoro hallado: estrenada nueve años después de su realización (de allí también la presencia de muchos entrevistados que han muerto: Vallejo, Getino, Roffé, Ríos, D’Angiolillo) y ocho años después de su presentación en el Bafici, rompe con un posible destino de película olvidada.

Pero el tesoro real son esas latas que los hijos de Juárez recuperan del altillo de la casa de uno de ellos. Latas oxidadas por el paso del tiempo, con la misma forma de las monedas que habitaron nuestras fantasías infantiles de bucaneros y tesoros enterrados en islas desiertas y remotas que incitaban a la aventura. La aventura, en todo caso, está dentro de esas latas. Pero el hallazgo, como esos cofres de las novelas, ya es suficiente para que la sonrisa de la infancia se dibuje en los hijos y en el hermano de Juárez. Esos momentos en que se abren las latas con cuidado, en que se toca el material fílmico con el mayor cuidado posible, en que Juan Carlos Macías lo pone en la moviola y junto con Nemesio Juárez se disponen a ver qué hay allí, en los momentos en que los actores observan las fotos de un rodaje descubriéndose en su propia juventud, son la representación más potente de la felicidad.

El tesoro es, entonces, la memoria. Incluso la que a veces traiciona –el propio Nemesio Juárez no reconoce la voz de su hermano en el audio que escucha en la película-. Y desde esa perspectiva, Fragmentos rebelados entronca con la mayor parte de la obra de Blaustein. Se trate de la historia de Montoneros contada por los sobrevivientes del genocidio –Cazadores de utopías-, de los hijos secuestrados que recuperaron su identidad –Botín de guerra- o incluso de su propia historia personal –Hacer patria-, el cine de Blaustein busca en el pasado el tesoro perdido que implican los recuerdos, los documentos, las imágenes. Eso que es más valioso que cualquier moneda de oro.

Fragmentos revelados (Argentina, 2009). Dirección: David Blaustein. Guión: Gustavo Alonso. Fotografía: Ricardo De Ángelis. Edición: Juan Carlos. Elenco: Nemesio Juárez, Fernando Pino Solanas, Octavio Getino, Mario Pasik, Horacio Verbitsky. Duración: 98 minutos.