Por Nuria Silva.
Aquí pueden leer un texto de Eduardo Rojas sobre esta película.

Esos locos bajitos.De haberse estrenado un mes atrás, La cacería hubiera formado parte de la fiebre sensacionalista mediática que todos los días (y todo el día) encontraba nuevos jardines de infantes denunciados por abusos atroces, especialmente sexuales, contra los chicos que asistían a ellos. El regodeo en los detalles escabrosos, más las encolerizadas declaraciones de los padres conformaban un caldo de cultivo explosivo y paranoico. La necesidad imperante de informar qué, cómo, cuándo, quiénes, cuántos, una suma de detalles, testimonios, etcéteras y más etcéteras, sin importar los por qué o para qué, y el despilfarro insensato de hipótesis al servicio de una audiencia ávida de esta forma de comunicación es cada vez más habitual y, en casos como estos, se vuelve asfixiante. Al tiempo bajaron un cambio. De abusos pasaron a ser descuidos que provocaron accidentes, algunos más graves que otros, pero todos evitables y, de nuevo, la demonización de una mitad que carece de réplica posible ante la incuestionable sentencia de la otra.
Esta no es la primera vez que Thomas Vinterberg aborda el problema del niño abusado, pero en La cacería propone una inversión discursiva más que interesante de La celebración. En aquella, la palabra de la víctima (verdad) era puesta en duda, en tanto que en La cacería, la denuncia (mentira) es aceptada como verdad absoluta. En la primera, la víctima era un hombre joven que ponía sobre la mesa un hecho acaecido durante su infancia. En la segunda, la voz acusica es la de una niña. La homilía, por lo general irrefutable en estos casos, de “los chicos no mienten”, aquí es puesta en jaque, y la contraposición de edades señalada entre los denunciantes de una y otra película le da más peso a la idea. Otra curiosa oposición entre ambas tiene que ver con el lugar de los victimarios. En La celebración se trataba de un integrante del núcleo familiar, precisamente el padre. En La cacería, es un factor externo a ella.


El acusado es Lucas (Mads Mikkelsen), un maestro de jardín de infantes, el único hombre que integra el cuerpo docente de la escuela, quien atraviesa un divorcio difícil y lucha por la tenencia de su hijo adolescente. Su presente empieza a reacomodarse de a poco. En su trabajo lo respetan, tiene amistades férreas, empieza a florecer una historia de amor con una colega extranjera, y su hijo regresa al hogar. Todo marcha muy bien hasta que la mentira impiadosa de una de sus alumnas de aproximadamente seis años, Klara (Annika Wedderkopp), la hija menor de su mejor amigo Theo (Thomas Bo Larsen), lo destruye todo. Enojada por el ‘rechazo’ de Lucas al expresarle su enamoramiento con gestos sumamente infantiles, Klara lo acusa de haber tenido un acercamiento indebido. El encuadre de la cámara y el trabajo de luz en esa escena, la convierten en una mujer consciente, si no de su sexualidad (en el sentido más práctico de la expresión), de una cierta primacía innata. A partir de los vagos y falsos detalles de la nena, la definición exacta del hecho tomará forma a partir de las especulaciones escandalizadas de los adultos, que no vacilan en enfatizar el apócrifo relato y extenderlo, incluso, a los demás niños. La única imagen que Klara tímidamente esboza para darle rienda suelta a su picardía fue accidentalmente vista en el propio hogar.
A Lucas le espera un infierno. Apenas informado de la grave acusación, la película nos instala en un estado paranoico cada vez más incómodo y, desde la subjetividad del protagonista, todos los espacios inicialmente afables empiezan a teñirse de una hostilidad que va in crescendo. La denuncia de Klara sirve, además, para desatar la violencia reprimida de una pequeña comunidad cristiana demasiado amigable, quizás como una forma de catarsis esperada o deseada, a la que ya no le importa demasiado la confirmación de los hechos. Esta tensión queda implícita desde el inicio a través de pequeños juegos, adultos e infantiles, que ponen a prueba la hombría, la virilidad, el límite, la monstruosidad intrínseca, como signos evidentes de una ferocidad aprisionada.


¿Borrón y cuenta nueva?Una vez terminado el arbitrario y pérfido hostigamiento, y comprobada la inocencia de Lucas, los inquisidores asumen una postura sumamente pacífica de “aquí nada ha pasado”, como si se tratase de un juego más, lo que genera una mayor indignación porque, identificados con el protagonista, sentimos haber padecido una persecución innecesaria cuyos resultados son incurables. Luego de una elipsis importante, la película cierra el relato con un ritual de iniciación en el que le regalan a Marcus, el hijo de Lucas, una escopeta para que se sume al grupo de cacería del que forman parte los hombres de la comunidad. La mirada del protagonista, encausada hacia los miembros presentes, asevera que ya no hay vuelta atrás para él, víctima de una violación deontológica, manoseado en lo más recóndito de su honradez.

Una seguidilla de zooms resalta la tensión de la ceremonia. El primero es un plano subjetivo de Lucas observando la caja que contiene el rifle envuelto con papel y moño de regalo. El segundo es un contraplano que nos acerca a su cara con signos de evidente preocupación. En compañía de su hijo y de sus compañeros, La cacería termina separando en el bosque a Lucas del grupo. Un disparo (¿real o imaginario?) lo sorprende. Asustado y desde el piso, observa una figura humana inidentificable debido al sol. ¿Es su propio hijo apuntándole con la escopeta, representante de la aprensión instalada en el personaje, presa vulnerable de un entorno que puede embestir desde el lugar más cercano y menos pensado?