Il demonio es sobre una morocha que quiere amarrar a un hombre. Entonces derrama sangre de sus senos, corta su pelo y se ofrece al fuego, al Diablo de blanco y a Dios de negro. En su santa lascivia Purificazione (Daliah Levi), condenada por ser pasión y desenfreno, sueña con ser bruja. Sueño impuesto por la comunidad de un pequeño pueblo italiano que, rasgando sus vestiduras y evocando santos mediante ritos paganos, la maldicen. Atada de cuerpo y alma queda ella entonces a ese hombre, a la tierra, al viento, a la Italia que los rodea.

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Si es -o la hicieron- bruja, lo es en plena flor, súcubo anhelante, no como la ya incubada (por Dios Padre, nada menos) y desgraciada morocha sirviente de La fuente de la doncella, de Ingmar Bergman, a la que los severos rasgos acentuados por la luz y el cadavérico maquillaje me remitieron, además del exultante y contrariado sexo filmado en blanco y negro. El expresionismo de la puesta realza la pletórica gestualidad de Daliah, furibunda, desesperada y, de tan rudimentaria, a años luz de la diosa gótica que sucumbía bajo los azotes de Christopher Lee en La fusta y el cuerpo, de Mario Bava, también de 1963. Pero aunque superficialmente lejanas, Daliah representa en una y en otra a la mujer ardiente superada por la tiranía de su propio deseo, y en ambas -películas y mujeres- cohabitan terror y melodrama. El terror a la ausencia, el drama de la apremiante pérdida.

Las demás mujeres de la película bien podrían ser las Brujas de San Millán, retratadas por Zuloaga. Doblegadas y ensombrecidas por una doctrina religiosa que enclaustra el goce hasta transformarlas en dolorosas y solitarias monstruosidades. Almas en pena sin rastros de mujer. Todas ellas quieren atar al Hombre porque precisan del falo para poder ejercer un dominio que, habiéndoles sido físicamente negado, se ha vuelto despiadado en términos especulativos. Pero ellos siempre van tras la bruja. Bruja por venerarlos, por seducirlos y liberarlos, mártir amante, purificadora Lilith. Esta oposición se hace manifiesta en la escena de la muerte de un joven aldeano. Mientras Purif lo recibe radiante junto al arroyo, solos y plácidos bajo el sol, las viejas encerradas junto al pálido cuerpo del joven en una habitación le aúllan a la muerte para no dejarlo partir.

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Los efectos de Il demonio no consisten en otra cosa que una lúcida dirección de cámara, fotografía contrastada y las habilidades físicas de Lavi. En la escena de la posesión -que se anticipa a la de El ente por su fuerte carga sexual- Rondi descubre al espectador los arañazos que Purif va recibiendo sin cortes de montaje, únicamente dirigiendo la cámara hacia donde la puntual mirada de la mujer se dirige. A la posesión sigue el exorcismo, que recuerda al de Friedkin también por su intensidad sexual, y tiene una de las subjetivas de mayor violencia ontológica del cine: la iglesia invertida desde la mirada trastocada de la poseída. La arácnida morocha, entonces, se retuerce insaciable y lacerante y no desea más cruz entre sus piernas que la del desprecio del hombre que no puede con su arrebato. O que teme, por ello, no ser hombre suficiente para roer los huesos mancillados de la bruja que derrama sangre de sus senos y lo condena al fuego.

Aquí pueden leer un texto de Roberto Cuti acerca de Brunello Rondi y El demonio.