En el comienzo, todo hace temer que se trate de un trabajo que intente dar cuenta de lo que ya se ha demostrado como difícilmente explicable: por qué razón pudo Mauricio Macri, a partir de la alianza de su partido con el radicalismo más rancio, llegar a la Presidencia de la Nación. Hay algunas referencias que despliegan los entrevistados que revisitan tópicos que fueron literalmente gastados desde los espacios periodísticos televisivos: el marketing aplicado a una contienda electoral, el agotamiento ante algunos modos del kirchnerismo y su cerrazón en un grupo restringido, la campaña que explotó los aspectos negativos y la polarización extrema. Ninguno de ellos, sin embargo, explica la elección de 2015 –y su réplica en las legislativas de 2017- porque la única explicación posible se encuentra en esos sujetos que el documental no busca: quienes votaron a Macri, y sus razones. Y no es que no se pueda representar a ese conjunto, sino que a medida que se avanza queda claro que lo que guía a La gente quiso un cambio no es el intento de hallar motivos –que siempre serán conjeturas con mayor o menor probabilidad de comprobación- sino de analizar un discurso. El título del documental, entonces, experimenta una transformación: ya no es la cristalización de un motivo explicativo sino una construcción discursiva que prescinde de su constatación efectiva –al menos no en la generalidad que sostiene- y que fue enarbolado como una suerte de slogan tribunero por el triunfador.

El recorrido, entonces, no proviene de una aspiración sociológica, pero tampoco se refugia en la compleja semiótica generada a partir de un aparato discursivo. Se trata, en todo caso, de hallar constantes que actúan más que sobre el tiempo previo a las elecciones, en lo posterior. Al despegarse de la campaña, lo que entra en juego es un discurso desde el poder. De ese período previo, quizás el único elemento en el que se pone énfasis es en la oposición entre las figuras de mujeres relacionadas con una y otra agrupación política. Allí, el discurso no es tanto verbalizado como actitudinal: la mujer poderosa (Cristina Fernández), que habla e irrumpe en la vida cotidiana del ciudadano desde la imagen verticalizadora que impone el atril, se enfrenta a la horizontalidad que presupone otra candidata (María Eugenia Vidal), que escucha, que se acerca, que no necesita subirse a un púlpito.

En esa perspectiva, el discurso del poder encarnado en los hombres y mujeres del partido gobernante recibe una inicial puesta en duda respecto del lugar común que se ha asignado a la trascendencia de lo mediático. A la llaneza de cierta militancia o la pereza periodística que los señalan como todopoderosos (o, por el contrario, como poco menos que inocuos) se le opone una construcción más amplia y compleja en la que la relación entre el público y los medios (y no al revés) entra en una simbiosis que permite la expansión del mensaje. O, para decirlo de otro modo, los medios no operan sobre un territorio desértico, sino sobre una serie de construcciones culturales en las que pueden intervenir sin entrar en conflicto. Las ideas de un partido, de un grupo que ha llegado a la cima del poder político, se expanden en una sociedad que se ha vuelto permeable a ellos. Si la campaña pudo funcionar como preparación de un terreno, fue por la intermediación de una serie de conceptos que calaron a fuerza de repetición.

El documental explora esa tendencia en algunos momentos, cuando intercala discursos de referentes políticos y periodísticos, para detectar la similitud de conceptos clave (resumidos en la mayor parte de los casos a una o dos palabras) que funcionaron como resumen atractivo y totalizador. Si términos como “grasa militante”, “corrupción K” o “herencia recibida” se instalaron en el discurso, no fue con la intención llana de funcionar como latiguillos. Se trata, y allí está el mérito de la exploración que emprende el documental, de que esos elementos eran la punta de lanza de un sistema de creencias que debía evolucionar inexorablemente hacia la instalación de un cambio en el sistema de valores de la sociedad. Al primero pertenecen ideas indemostradas, como la de los empleados del estado como ñoquis que provenían de la militancia kirchnerista, que estaban ancladas en un concepto aún anterior: el del empleado del estado como un vago. Al segundo término de esa ecuación pertenece una idea más compleja: la que prescinde del Estado y descree del sistema de igualdad social. Para Luis Quevedo –quien sindica el origen de esa idea en los modelos del cine americano- ese cambio en el sistema de valores se cifra en la modificación del modelo colectivo que propende a la igualdad hacia otro sostenido en el emprendedurismo individual. “Tu destino depende de vos, no de los otros; si no lo lograste, fracasaste”, señala como base de ese sistema. Pero la proyección de esa idea no es puramente la competencia cifrada en términos económicos. Lo que entiende es que el discurso del emprendedor no solo anula la perspectiva de lo estatal, sino que encuentra allí el germen de la supresión de las identidades. En el centro de ello está tanto la negación de una identidad colectiva nacional presente, como la negación de una historia común que cohesiona lo que se conoce como Nación.

Lo que implica ese concepto es lo que logra desmontar el documental a través de sus entrevistados y de la referencialidad al discurso del gobierno. Que más que el discurso de la anti-política lo que se intenta es desactivar la política como medio de transformación, reduciéndolo a un surfeo por su superficie. El planteo de “no molestar con la política” como centro de ese discurso, en oposición a la ritualidad del kirchnerismo, vuelve a instalar a la política pero de una forma diferente. La discusión es si esa forma es nueva o si en realidad es una actualización de tópicos pasados. Lo que subyace en los análisis es que la política se construye desde ese poder como una oposición binaria y extremadamente simplificada (como correlato de la articulación de un lenguaje limitado, como señala Gustavo Varela). Un “nosotros” que se reviste de una pátina de transparencia, opuesta a un “otros” que se construye como enemigo. Mientras ese otro está en el pasado, el nosotros es una perspectiva de futuro. De allí que el hallazgo sea, más que el planteo de definir al otro desde la negación algo vaga (“El populismo es todo lo que no es neoliberalismo”), esa concepción del presente atrapado siempre entre el fracaso del pasado y la esperanza del futuro, esa visión del relato evangelizador que necesita inevitablemente de un creyente que se salga una y otra vez del presente para imaginar su felicidad futura.

La gente quiso un cambio consigue así construirse como una película política. Aunque por momentos caiga en alguna simplificación similar a la que le cuestiona al poder (la comparación entre discursos y hechos reflejados por diferentes medios parece formar parte de la retórica televisiva antes que de la necesidad documental), parece una respuesta al documental en el que el macrismo sustentó su concepción de la política. Espacio gratuito procedía por acumulación y por objeto de estudio (los spots de campaña) a la igualación del discurso, desjerarquizando las ideas y reduciendo a la política al carácter de frase convocante o seductora. Las campañas suponen una trampa de la que se sale por la razón crítica y su análisis detallado o por su elusión. Al centrarse en la discursividad que proviene de un gobierno, el documental vuelve a colocar en el eje central a la política en función de la discusión por el poder, como un paso más para recomponer aquello que el neoliberalismo encarnado en Cambiemos quiso desterrar.

Calificación: 6/10

La gente quiso un cambio (Argentina, 2019). Guion y dirección: Juan C. Domínguez. Cámara: Martin Farabello, Candela Caballero, Juan Cruz Keller y Juan Ignacio Antonio. Edición: Juan C. Dominguez. Música: Diego Dido. Animación: Marcelo May. Entrevistados: Nora Merlin, Claudio Scaletta, Ezequiel Adamovsky, Gustavo Varela, Alberto Quevedo, Jorge Alemán y Alejandro Grimson. Duración: 87 minutos.