affiche_les_grandes_ondesSi uno mira La gran noticia como una película política, y piensa en el cine político como un cine militante, apasionado e incluso agresivo, es probable que se decepcione. En cambio, si uno la mira como una película de época, siendo capaz de extender el horizonte histórico de esa clase de película –que yo tiendo a identificar fuertemente con las que transcurren en el siglo XIX- hasta la década del ’70 del siglo pasado, la va a disfrutar bastante. Más aún si piensa que esa puede que ha ya sido la última década secamente material o material a secas. El cine estadounidense la revisa a menudo, tanto que se está volviendo una pieza de museo cool, y esta vez es un europeo quien ubica su ficción en Portugal durante la revolución de los claveles.

El director Lionel Baier junto a Frédéric Mermoud y Ursula Meier conforman la productora Bande à part Films, de idéntico nombre que la de Tarantino. De Godard no queda nada, a menos que lo pensemos fuera de la historia, lo que resulta por lo bajo insulso y por lo alto un gesto de despolitización incongruente con su obra y su vida. La película de Baier no quiere ser otra cosa que una pieza ligera de formalismo simpático –acaso ‘encantador’ sería un adjetivo más acorde con la sensibilidad gay progresista de su propuesta estética- y preciso, que hasta incluye un número musical, además de planos rigurosa y amablemente compuestos, fetichismo juguetón y metonímico (una camioneta, un grabador de voz y otros objetos dan un tiempo y un lugar), cuerpos alegremente desnudos, y otros motivos destinados a constituir un pasatiempo nostálgico que no hiere ni colma, elogio del placer pasajero en cuya inmanencia residiría su más clara puesta (bio)política, explícita cuando finalmente el narrador se refiere a la crisis europea actual.

Es fácil sentirse identificado por esa referencia crítica del presente, tan fácil como pensar que podría no haber estado sin perjuicio alguno para la película y que suena más a lugar común confortable que a otra cosa. La gran noticia nos hace sentir bien, cómodos, y puede que eso no sea poca cosa. Lo que se comparte es el placer de una revolución sin sangre, un momento de liberación sexual, la irrupción del acontecimiento descontextualizado de la Historia. Que unos periodistas sean el vínculo inconsciente de esa vivencia parece ser una broma crítica a los medios, o más bien a los funcionarios de la noticia que la instrumentan políticamente o la crean, pero la película de Baier tampoco elige una mirada filosa sobre el particular sino tenuemente farsesca.

Entre otras cosas, la película de Baier es una película sobre la inconsciencia. Uno de los personajes está perdiendo la memoria a causa de las heridas sufridas como corresponsal de guerra, otro tan grande como él todavía no descubrió el placer de ser culeado, el feminismo de la tercera enmascara malamente la devoción que experimenta por la virilidad patriarcal, y ninguno de los tres está enterado de lo que sucede a su alrededor hasta que tres colegas belgas se lo indican. El trío en cuestión está compuesto por Baier, Meier y Mermoud, que intervienen la fábula para reorientar a los personajes, lo que permite pensar a La gran noticia como una película disociada que admite el despiste político de sus protagonistas y lo ‘corrige’ metiendo a los realizadores en cámara.

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El acercamiento de los personajes a la Historia, a caballo de la revolución, será para ellos y nosotros como entrar gratis en una fiesta de la que podemos irnos en cualquier momento. Un cuarto personaje se les suma ya en Portugal y la pasión de este joven por el dramaturgo y cineasta Marcel Pagnol da cuenta del clima general de la película, que apenas disfraza su costumbrismo melancólico de ironía y minimalismo. La gran noticia es una película de pueblo chico, por más que ese paisito se llame Europa, y quizás por eso a su tradicionalismo le sienta postizo el comentario político del final, que saca a la película del pasado y la fuerza a leer el presente (como adaptación sesgada de Pagnol, sin embargo, es mucho más eficaz que la pesada literalidad de las cuatro dirigidas por Daniel Auteuil, herederas desabridas de aquellas que el ahora director protagonizara para Claude Berri en Jean de Florette y Manón del manantial).

Más interesante aún resulta el único número musical de la película, tanto porque es la única manera en que la violencia estatal de la dictadura de Salazar es puesta en escena, como porque allí la película parece compartir autoría con su actriz protagónica, Valérie Donzelli, que tanto en Declaración de vida como en Main dans la main también apelaba a bailes coreografiados o a un montaje contra música para contar, al menos en la primera, una historia particular sensible que desplegaba su dimensión política aquí y ahora. En su caso, el artificio del cine musical no servía para la evocación de la Historia como en Baier, sino que inscribía lo privado en lo público con la urgencia de quien tiene que lidiar sí o sí con el presente y hace de esa circunstancia una elección lúcida.

La gran noticia (Les grandes ondes (à l’ouest), Suiza / Francia / Portugal, 2013), de Lionel Baier, c/ Valérie Donzelli, Michel Vuillermoz, Patrick Lapp, Francisco Belard, Jean-Stéphane Bron, 85’.