La guerra silenciosa: El realismo y el héroe, por José Luis Visconti

Dejemos de lado el equivocado título local (a Stephane Brizé lo persiguen los tituladores locales, tanto que la anterior, La loi du marché, fue traducida como El precio de un hombre) porque si algo no hay en La guerra silenciosa es justamente silencio. Por el contrario, se habla mucho, se grita bastante, y los sonidos del entorno irrumpen –junto con la música- lo suficiente. Si la idea de silencio que maneja el título local tiene que ver con el lugar oculto en que se desarrollan los conflictos, la referencia erra nuevamente: lo que trata la película es poner por delante aquello que habitualmente no se ve en la discusión entre patrones y trabajadores en el mundo capitalista.

Volvamos al título original, mucho más específico. En guerre plantea un escenario de guerra explícito, en un sentido que excede la noción convencional. Aquí no parece haber un territorio físico en disputa, ni tampoco aparecen armas que carguen los oponentes en el espacio de la lucha. La fábrica de Agen que va a cerrar porque no tiene competitividad, no es un territorio del que los trabajadores quieran apropiarse y los dueños alemanes quieran mantener (y no es un detalle menor que la guerra reproduzca el histórico enfrentamiento entre franceses y alemanes). La disputa entre unos y otros se establece, en primera instancia, a partir de la palabra como elemento en juego en la negociación. El concepto de guerra de la película de Brizé es el de la quiebra unilateral de las normas que mantienen el equilibrio entre dos grupos opuestos. Como en toda guerra, antes de que explote, el equilibrio funciona como una suerte de igualación en el que ambos bandos se necesitan mutuamente. Los trabajadores necesitan de la fábrica para subsistir y la fábrica necesita de los trabajadores para funcionar y generar producción y dividendos. Cuando esa necesidad desaparece, sobreviene el conflicto. Y cuando el conflicto tiende a la eliminación del otro, se transforma en guerra.

Entre patrones y trabajadores desaparecen entonces las normas comunes que los contienen y limitan. Hay una ruptura que se explicita en la primera discusión entre los directores de la empresa y la comisión sindical: los trabajadores han cumplido con un compromiso previo que involucraba ceder media hora gratuita de su trabajo y deponer una serie de reclamos; los gerentes de la fábrica se comprometieron a mantener por cinco años la continuidad de la fuente laboral. La ruptura de este segundo elemento del pacto previo a los dos años de su firma implica la presencia de un nuevo estadio en la relación entre las partes. La ley desaparece y se ponen en juego los derechos y su forma de ponerlos en práctica, no siempre del todo legales (o justos, si se quiere). Lo interesante es que la película plantea una situación paradójica: el que ha roto la ley de convivencia es quien actúa como si la ruptura no hubiera sucedido, argumentando una y otra vez desde la legalidad que el acto inicial ha quebrantado; los que han cumplido el pacto, se movilizan sabiendo que la ley no existe más, aunque reclaman su reposición, mientras realizan acciones que escapan de la legalidad entendida en un sentido burgués-capitalista (ocupaciones de fábricas o edificios, intervenciones en otros conflictos).

La guerra entre los dueños de la fábrica y los trabajadores que van a perder su trabajo se sustenta en el reconocimiento implícito de ambas partes de la pertenencia a mundos irreconciliables. El del trabajo como forma de subsistencia y el de los negocios para el cual el trabajo es apenas una parte intercambiable en una economía global. Lo que hace En guerre es moverse en una oscilación continua entre la tensión que implican las acciones de los trabajadores y la distensión que podrían implicar las reuniones que mantienen con los patrones. Pero lo que pone en discusión como fondo, es la duda sobre la naturaleza del diálogo como forma de resolución del conflicto. El diálogo aparece como una apariencia –y no solo entre trabajadores y empresarios, sino que, lo que es más interesante, se replica hacia el interior de las organizaciones sindicales-, en la cual cada parte se expone en mayor o menor medida a partir de sus planteos y necesidades. La apariencia deviene de la imposibilidad de avanzar en una solución posible. Primero, mediante la negación sistemática de la posibilidad de diálogo por parte de los dueños reales de la fábrica. Luego, con la construcción de la idea del cierre como una decisión tomada, y finalmente, con el rechazo a la opción de vender la fábrica a un comprador interesado. Las partes se sientan, en fin, alrededor de una mesa. De un lado, hay una decisión tomada que se vislumbra irreversible; del otro, un intento por quebrar la decisión. Pero ni uno ni el otro consiguen establecer un diálogo real, en el cual se exploren alternativas. La película de Brizé toma posición concreta por los trabajadores, y de allí que la negativa del diálogo esté planteada siempre del otro lado, que es quien detenta el poder (incluso por sobre el Estado: hay que ver el rol casi patético del asesor en asuntos sociales en las discusiones y la ausencia de intervención del presidente en el conflicto). Brizé traza un panorama algo esquemático en su intento de acercarse al realismo –especialmente cuando pone la exhibición de datos concretos solo por parte de los trabajadores- en el cual, si se presta atención, lo que se pone en juego es la repetición de los argumentos como forma de recrear el espacio dialógico como un imposible. Cada reunión se plantea como una nueva posibilidad de diálogo, a partir de la aparición de un elemento que funciona como variante de la situación anterior –la intermediación del Estado; la aparición del gerente nacional de la firma; la del presidente del grupo empresario; la existencia de una posibilidad de compra de la fábrica-, pero hacia adentro, el diálogo se sostiene en la repetición de los argumentos ya expuestos y que refuerzan la pertenencia a universos irreconciliables.

Lo complicado de En guerre no está en esa repetición ni en el vislumbre de un enfrentamiento en el que la violencia va creciendo, sino en el abandono de la idea del colectivo como forma de enfrentamiento a la clase explotadora. Desde el momento en que se produce la ruptura de cierta unidad precaria entre las diferentes organizaciones sindicales (y en la que, nuevamente, la película toma partido por una de ellas, colocando a las demás en el lugar de traidoras a la causa), el movimiento sindical pasa a un segundo plano. Esa decisión, que va a contramano del planteo general de la película hasta ese momento, que intenta evitar la irrupción de todo conflicto ajeno al central, lleva a la modificación del lugar que ocupa su protagonista central, Laurent Amedeo (Vincent Lindon): el líder se transforma en héroe. La diferencia es sustancial. Mientras el líder funciona como conductor y contención de un grupo al que representa, el héroe actúa por su cuenta, sin necesidad de representar a nadie más que a sí mismo y sus ideas. El problema es que el héroe cree poder solucionar el problema sin necesidad de otros, aunque se exponga en su integridad. De allí que, en el tramo final, la película deriva hacia un terreno más peligroso, sugiriendo que la solución para “sensibilizar” al explotador es la muerte de un trabajador. No solo porque en la realidad no es así, sino porque, a fin de cuentas, parecería instigar que un trabajador puede necesitar quitarse la vida para conseguir lo que no se obtiene por medio del diálogo.

Calificación: 6/10

La guerra silenciosa (En guerre, Francia, 2018). Dirección: Stéphane Brizé. Guion: Stéphane Brizé y Olivier Gorce. Fotografía: Eric Dumont. Edición: Matt Beurois y Anne Klotz. Elenco: Vincent Lindon, Mélanie Rover, Jacques Borderie. Duración: 113 minutos.

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