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La increíble vida de Walter Mitty, que según el título original no es increíble sino secreta en tanto interior y potencial (algo así como las puertitas del Sr. López sin Katja Alemann del otro lado), es una parábola tal como lo fue Forrest Gump, a la que cita entre otras muchas referencias culturales masivas más o menos conocidas (Andrés del Pino me avisa que hay una película que se llama igual con Danny Kaye del ’47) cuya acumulación es uno de los ejes de esta película que no refuta lemas ni eslóganes sino que intenta darles aplicación práctica ‘considerada’ y exhibe la incapacidad del mainstream estadounidense contemporáneo para pensarse a sí mismo con otras herramientas que no sean las de la publicidad en lugar de reproducirse sin sentido.

La parábola de la película de Ben Stiller que se presenta ingenua y bien intencionada como su protagonista es condescendiente y recuerda por momentos al pacifismo hippie, pero sin una pizca de revolución sexual (de drogas ni hablar; aunque un mural de Lennon aparezca en la portada de una revista no queda nada de su lengua afilada, y la letra de un tema de Bowie parece el mantra de un libro de autoayuda) y mucho menos rastro de dimensión ecológica alguna. La increíble vida de Walter Mitty no es el elogio de un hombre cualquiera y de una vida cualquiera, que ha dado algunas de las mejores películas neorrealistas de todo el mundo, sino de esa entelequia llamada hombre común, al que absuelve de la responsabilidad de precisar sus contornos políticos porque prefiere dar por sentado que carece de ellos, y su condescendencia exhibe las blandas características del progresismo global. El protagonista trabaja en la revista Life pero en realidad parece un personaje de «El juego de la vida», ese juego de mesa en el que la vida –no la existencia- es una serie de casilleros regulado por una módica cuota de azar, pero acá no sentimos siquiera el vértigo metafísico –no digo ya el miedo- de la tirada de dados (ni el deseo de cualquier otra tirada). Las únicas cosas en disputa o pasibles de ser donadas entre los hombres son juguetes que ya dejaron de ser objetos transicionales para convertirse en los fetiches y tótems que controlan el mundo (armas y herramientas para la tecnociencia que digita y distribuye los estímulos de esta película).

Al discurso del poder como lucha o intercambio franco representados por el empleado y el superior que tironean un mismo juguete de goma, Stiller le opone un par de trueques pacíficos altamente sospechosos. En uno, Walter Mitty cambia su juguete de goma por la skate de unos chicos islandeses; en el otro, hace reir a unos talibanes que le franquean el paso al Himalaya gracias a una torta de manzana de su mamá (no esperen encontrarse aquí con el más mínimo desvío del orden matriarcal con el que amaga: la vieja Shirley McLaine es el oráculo, Kristen Wiig es la novia-madre que lo inspira y Sean Penn es un padre o dios devaluado que no aprendió nada del liderazgo de Chávez; me pregunto qué habrá aprendido Ben Stiller de Peter Sellers, ya que una foto de este promueve la comparación desde el fondo de un primer plano del actor y director. En ambos casos, el hombre común –supongamos con mucho esfuerzo que sabemos de quién y de qué se trata y que da lo mismo que sea malayo, estadounidense o chileno- queda a salvo de cualquier contingencia, por no decir que se vale de su pinta de poca cosa, de su aparente neutralidad e insignificancia, para vivir a costa de otros en los que no repara porque, claro, es un chico.La mínima lectura ideológica esbozada sería impertinente si no la impusiera la naturaleza groseramente alegórica del relato que hace de cada personaje u objeto un signo a ser interpretado. Si preferimos evitar el imperativo conceptual nos queda la materialidad de los procedimientos formales o, más bien, de la técnica. Así como el personaje de Stiller se divide entre el oscuro empleado que no salió nunca de EE.UU. ni se anima a encarar a la mujer que le gusta y el que continuamente fantasea con hazañas heroicas románticas, la puesta en escena (si se merece ese nombre) es un híbrido irresoluto y fallado entre arbitrariedades virtuales enmarcadas o justificadas por la imaginación del personaje y un régimen de imágenes distinto, a contrapelo del que domina el universo audiovisual contemporáneo. Es así que en un plano fijo de Wiig y Stiller caminando por Nueva York el viento en la camisa de ella y la luz de sol natural recuperan fugazmente la utopía del cine como revelación.

wiig-blogNo obstante, lo virtual en su acepción más inmaterial -«deshonesta» y «especulativa» son adjetivos que corren por cuenta de mi alter ego moral- triunfa sin que a Stiller se le mueva un pelo por ello. Montará la comedia de la indignación por el maltrato recibido, pero no protestará el despido de personal a raíz del paso de la revista Life del papel al digital, aceptable para el personaje Stiller, no así para el director, a menos que sean la misma cosa (cabe aclarar contra la generalizada opinión de muchos cinéfilos que se puede hacer buen cine de protesta, si es que el buen cine no es otra cosa que aquel que protesta algo hasta cuando celebra, que se hace contra algo incluso si eso que confronta lo constituye y le obliga a disputar contra sí mismo como sucede con El lobo de Wall Street, por mencionar el primer ejemplo cercano que se me ocurre). ¿Dónde quedó la crítica supuestamente feroz –y bastante arbitraria- a todo el mainstream bélico de Una guerra de película? Lo imperdonable, sin embargo, ocurre al margen de la diégesis y es que a medida que transcurre la película lo virtual, arrinconado primero al campo de la fantasía, sustituye lo real físico sólo para facilitar aventuras de pacotilla y disolver el esquema binario inicial, división esquemática pero relativamente fértil, en un todo conformista y fraudulento. Forrest Gump tenía un retraso pero nunca se hizo el boludo como Stiller, y eso que era sólo un personaje.

La increíble vida de Walter Mitty (The Secret Life of Walter Mitty, EUA, 2013), de Ben Stiller, c/ Ben Stiller, Kristen Wiig, Shirley McLaine, Sean Penn, Adam Scott, 114’.