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Desde el comienzo de los estudios sobre el arte, la posibilidad de acceso a la Verdad a través de la representación ha sido un elemento clave de discusión, y el cine no ha escapado a estos cuestionamientos. Por su carácter sucedáneo a la fotografía, estuvo desde siempre atado a la búsqueda de lo real en sus formas, con el documental como principal exponente; por otro lado la apariencia, la inmaterialidad, siempre han hecho estandarte en el cine “de ficción”, aunque lo cierto sea que tanto uno como otro expresan mundos, realidades y verdades posibles. Los productos ficcionales utilizan técnicas de la narración documental mientras que los documentales se valen de recursos ficcionales. La llamada “docu-ficción” pone de manifiesto la imposibilidad de la representación objetiva y las delimitaciones claras entre lo real, lo histórico, y lo ilusorio, lo apócrifo. Atrás quedaron las dicotomías platónico-aristotélicas entre la ficción y la historia. El arte expresa verdad, aunque más no sea interna (tal vez la única posible, si la realidad no es más que percepción). Dirty Wars encarna también estos asuntos mientras intenta levantar el volumen de un secreto a voces.

Haciendo uso del periodismo –otro “espejo” de la realidad- el director Rick Rowley sigue las entrevistas que Jeremy Scahill lleva a cabo en Afganistán, Somalia y Yemen sobre incontables víctimas civiles en guerras no declaradas que el organismo militar J-Soc (proyecto inicialmente “antiterrorista”, pero que pronto se pervierte haciendo cosas fuera de su mandato), mantiene en 70 países, con redadas nocturnas que intentan ser secretas, pero de las que la OTAN está bien informada y pugna por encubrir. La OTAN, por ejemplo, sacó un reporte diciendo que una mujer muerta fue víctima de su familia talibana, cuando en realidad fueron las milicias estadounidenses quienes la mataron, e incluso se muestran videos tomados con un celular en donde los soldados de J-Soc admiten que van a cambiar la versión de las cosas, a través de un comunicado de prensa, para encubrir su responsabilidad en los asesinatos de inocentes que confundieron con talibanes.

Dirty Wars es un documental de investigación, de entrevistas, clásico en la forma, pero que impacta en el contenido. La cámara sigue al reportero mientras realiza entrevistas y su voz en off cuenta preocupaciones e hipótesis, procurando en principio un carácter impersonal. Pero a medida que se adentra en la investigación –previamente plasmada en un libro- el relato va transformándose en una especie de diario de una paranoia, el estilo ascético que debiera ser condición de objetividad da paso a una estética más ligada al thriller, y la neutralidad en el perfil comunicativo abandona la información clara. En ese sentido, Dirty Wars pone en jaque ese positivismo científico revelador que se le ha impuesto al cine documental, porque si este documental sabe algo, es que no sabe nada. Todo el tiempo Scahill se cuestiona: “¿Por qué el gobierno hace esto?”. A medida que la película avanza hacia su fin, se suceden más episodios asquerosamente sanguinolentos que no cuentan con otro motivo que ser el producto de una peligrosidad que amenaza al gobierno de Obama (y que anteriormente respondía a Bush, hijo…). Entonces el enemigo puede ser cualquiera. El sonido de los disparos sobresalta, sobre todo porque son disparos que no muestran víctima, por lo que el receptor es cualquiera, somos todos. Es el nivel de paranoia que genera el Estado de terror que es funcional al sistema estadounidense para unir a su población y despistarla de problemas internos. Es necesario un enemigo exterior: el terrorismo.

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Es ahí donde radica la importancia del documental –como documento, precisamente- de Rowley: en contraposición al cine hollywoodense, sobre todo el de acción, y más precisamente el subgénero de superhéroes, que exalta la violencia y la masacre como medio de supervivencia, de protección. Si hay algo que Dirty Wars deja en claro es que la matanza genera matanza, y lo manifiesta ilustrándolo con el caso del all-american-boy (algo así como “un muchacho muy americano”), que deviene en “terrorista” como consecuencia lógica del accionar del propio gobierno estadounidense contra el terrorismo.

Por momentos pareciera que el escándalo de la situación fuera que la matanza no está blanqueada, y no la situación en sí misma. Si la guerra estuviera declarada y los muertos fueran extranjeros, los investigadores y protagonistas de la película se esperanzarían con el sosiego. En realidad, declarada o no, la guerra depende de los intereses de los mismos grupos económicos que manejan el mundo, desde el comienzo de los Estados centralizados en tanto defensores de los intereses de la burguesía. Cuando quienes hegemonizan el poder no pueden mantener los niveles de dominación y de explotación a gusto, no temen en perder los tapujos democráticos. La necesidad del Estado anidado en la Casa Blanca de tener enemigos para sustentar el terror y la unificación de la población, que se transforma en “pueblo”, unido por el terror. El terrorismo es el uso sistemático del terror para coaccionar a la sociedad con un fin específico, y su uso no se restringe a organizaciones religiosas, de derecha o de izquierda, sino que claramente puede, y es, utilizado por corporaciones financieras.

Weber identifica al Protestantismo como beneficiario del Capitalismo, dado el respeto por el trabajo, el apego a lo material, el ahorro, la creencia en que la acumulación material no es pecado siempre y cuando tenga orígenes «impolutos». En cambio, el islamismo se despoja de toda adoración, incluso la del trabajo. Es decir, si uno trabaja para mantenerse a sí mismo y a su familia, está dentro de la senda divina, pero si trabaja para los excesos y la acumulación como fin y no como medio, «está en el camino de Satán». De acuerdo a reportes del Vaticano, el Islamismo es la religión más extendida sobre la Tierra, habiendo superado al Catolicismo en todas sus formas. Entonces, ¿esto es simplemente una guerra de EE.UU contra Oriente Medio y América Latina para sacar petróleo, o es una cruzada del Capitalismo protestante contra el Islam? Uno de los primeros asesinatos mostrados en Dirty Wars es el de un sacerdote. Pareciera que esto va más allá de un saqueo, y que tuviera que ver con un cambio estructural en las relaciones económicas que, como vimos, están determinadas por la superestructura religiosa.

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Entendiendo la paranoia como el desarrollo progresivo de ideas que generan suspicacia, desconfianza excesiva, extrañas para el resto pero lógicas para el paranoico, habría que preguntarse si en este documental el paranoico es el periodista o el Estado del J-Soc, que puede reprimir a cualquiera porque la definición del enemigo se ha licuado en una pasta alquitranada que únicamente se define por “atentar contra los intereses del gobierno”.  Pero en el momento en que la estética documental da paso al thriller, el paranoico parece ser Scahill. Hay tomas cuya crudeza invita a cuestionar si no han sido creaciones de la ficción, de un universo irreal finamente montado por las alucinaciones de algún delirante.  Incluso el soporte se ha teñido de pesadilla: uso de colores saturados, el blanco y negro de tonos opacos, las sombras que se cierran sobre el plano, y nubes que siempre están ahí asechando, sobrevolando un cielo gris. Muy gris porque sólo lo componen drones y sus nubes únicamente descargan misiles. Ya en la segunda sección de la película, cuando se hace un leve giro de género, se muestra al periodista con informantes que esconden su voz distorsionada en las sombras, tras el humo de algún cigarrillo. La narración en off que en un principio era neutra toma tintes adornados de un lenguaje casi literario que bien emula el recorrido de un personaje del noir.

“¿Por qué estás vivo? ¿Sos paranoico?”, le preguntan en un tono violento y cuasi mafioso a Scahill en un talk-show. Es así que la distribución de este material –y la mera nominación al Oscar promoverá fuertemente su visionado- puede ser una táctica para sabotear el objetivo primordial de Dirty wars. Por eso llama más la atención el universo externo en el que se inscribe la película que la historia mostrada, conocida aunque más no sea a grandes rasgos. Siendo los Oscars una institución que siempre ha exaltado los valores americanos, y falsos ideales de «libertad» -que defienden en dentro de sus fronteras y fuera de ellas- con los que han tratado de maquillar al rancio W.A.S.P. , es raro que se premie a un documental que tiene como principal objetivo poner en jaque esa máscara de los defensores de derechos civiles en el orden mundial (basta ver lo que han hecho las tropas de paz estadounidenses en Haití: la «ayuda humanitaria» se tradujo en una ocupación en busca de la dominación político-económica). Entonces, ¿por qué una película que descarna la corrupción de esos superhéroes defensores del mundo que el estadounidense tiene de sí mismo y de su Estado, es nominada a los premios de la Academia que hace algunas entregas celebraban la campaña de Obama -en contraposición a la de Bush, como si hubiera diferencia entre una y otra-? Da a pensar dos posibilidades: que la idea sea nominarla, no para darle un galardón sino para fomentar su distribución y así contribuir a la idea de paranoia que sobrevuela la película, desacreditando su contenido informativo; o que ya no interesa censurar «productos ideológicamente peligrosos», porque hoy la censura no necesita venir de un aparato externo, porque el receptor se autocensura adormeciendo una reacción a lo que se le presenta, ya sea por indiferencia, por descreimiento en el cambio, o por miedo.

La paranoia pone en jaque el sistema de representación del documental porque rompe con las posibilidades de objetividad que exige la verosimilitud de ese género, pero el cine es Verdad, y en su repertorio fílmico existía una frase que decía algo así como: «El mejor truco que el Tío Sam inventó fue convencer al mundo de que no existía».

Dirty Wars (EUA, 2013), de Rick Rowley, c/ Jeremy Scahill, 87’.