883935_168578260165711_2750932771087649705_o El colegio primario tiene una función intensa en la formación de un individuo en la sociedad: instaura la obligación de cumplir horarios, aprender a leer, escribir, sumar, restar, cantarle a la patria en grupo e integrarse a la comunidad.

Gabi es de Jáchal, San Juan: Morena es de Buenos Aires, Capital Federal. Ambas concurren a la primaria y son los personajes elegidos en este documental trabajado desde la recolección de fragmentos paralelos y acciones puras, sin entrevistas, ni narrador en off, con un montaje pensado en función de una inocencia que comienza a presentar fisuras, y transita un vaivén que a veces se le atribuye a la infancia y otras a la adultez. La cámara parece invisible, se pasea como un niño entre los niños. Apenas al final aparece un poco de música de acompañamiento que pone énfasis en la autoevidencia. De la Serna es un cazador de la melancolía y del fragmento, a través de su enriquecida lírica de montaje interno aparece el contrapunto y las similitudes en escenas espléndidas que contagian las ganas de buscar nuevas formas en lo cercano y conocido. Por momentos se resalta una denuncia a la sociedad, silenciosa, recordando al cortometraje Mit mir will niemand spielen (Nadie quiere jugar conmigo) de Werner Herzog, y otras veces, como un niño fascinado con la caca de caballo con la cual abonan la tierra para cultivar, con resaltados metafísicos e ironías evidentes, se le parece a Auch zwerge klein angefangen (También los enanos comenzaron pequeños) también de Herzog.

La película utiliza los recursos mínimos de producción, sacrificando una toma de audio clara o una imagen de alta definición para enfocarse en el pequeño formato donde alcanza una libertad de movimiento sensacional: en sus secuencias caseras se puede oler el mate cocido, sentir el frío de la mañana nublada, o el nudo en el estómago que se forma cuando, de chico, uno se porta “mal” en el colegio y lo retan, enviándolo a la dirección con el cuaderno de comunicaciones en la mano.

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A través de los conflictos de estas dos niñas durante un año escolar dividido en sus doce meses, quedan en evidencia incontables problemas como el distanciamiento y desapego materno, el bulliyng, las inquietudes de los niños, que un adulto toma como indiscutibles, la dificultad de aprender y convertirse en un ser social, las actitudes desafiantes en niños que se asemejan a la de sus padres y que nos revuelven el estómago, o las decisiones de los profesores que algunas veces dejan ver su desconocimiento sobre como resolver los históricos problemas de comportamiento e integración social.

Ambos paisajes, rural y de ciudad, se mezclan gracias a una historia que se desarrolla en lo no dicho: en las expresiones, los silencios, gritos, risas y llantos, en la crueldad inocente y la desesperación disimulada a la fuerza por el mandato adulto. Un reflejo crítico sobre una sociedad alienada que se permite un reencuentro con la infancia, manteniendo desde un lugar lejano una pregunta que se cuestiona sobre la necesidad y la forma que tiene el mundo de hacernos parte.

Su tratamiento estructural se basa en el acontecer, y ya sea con un simple paseo en bicicleta o con un canto en el patio durante un corto recreo, nos recuerda esta inocencia que alguna vez tuvimos y que tal vez no hacía las cosas tan sencillas como creemos que eran en ese entonces.

Aquí puede leerse un texto de Gabriela López Zubiría sobre la misma película.

La inocencia (Argentina, 2013), de Eduardo de la Serna, c/Morena Jaramillo y Gabi Oviedo, 98′