El comienzo de La intimidad puede parecer el de un documental convencional. Una mujer –la abuela del director- es registrada por la cámara en la habitualidad de lo cotidiano: tomando mate, cenando, revisando las plantas del jardín. Incluso hay en ese tramo lugar para los recuerdos de un pasado muy lejano, que se remontan al tambo que sus padres tenían en la zona, los bailes a los que iba con su hermana. Y para el dolor de ese presente en el que solo quedan dos de los nueve hermanos que fueron.

Ese detalle del recuerdo de la mujer es lo que articula el recorrido que de allí en más seguirá la película: es ella el único lugar donde esa historia existe, donde el pasado familiar persiste como registro de lo ocurrido. Parece haber en el nieto/cineasta, una conciencia de la fragilidad, ya no de la vida sino del recuerdo de la existencia, como si quisiera haber preservado esas historias del pasado para cuando su abuela se fuera de este mundo. Y en el mismo movimiento preservar su propia memoria sobre la abuela: que, al menos, un registro parcial recupere sus días desde la imagen grabada.

Esa conciencia se pone en primer plano cuando el corte abrupto instala una elipsis sin tiempo preciso en la que queda fuera del campo visual la muerte, la despedida, el ritual funerario. El documental se transforma y ahora la cámara de Perugini asiste a los síntomas del descalabro afincados en lo cotidiano. Dos elementos aparecen significando esa sensación. Por un lado, la desorientación que las mujeres evidencian ante la necesidad de resolver qué hacer con los objetos de quien ha muerto y que en algún momento hacen explícita. Por el otro, la acumulación de objetos que empiezan a poblar la casa, despojados del orden y de la significación –utilitaria y/o simbólica- que les daba la anterior dueña de casa. Más que en esa superposición de voces que intentan descifrar y clasificar lo que van encontrando, la mirada de la película se concentra en los objetos, como si de alguna manera quisiera atravesarlos como tales y encontrar en ellos una esencia de lo perdido.

No es la mirada de las dos mujeres, Marta e Inés, que parecen haberse desprendido rápidamente de la significación –incluso la afectiva- de esos objetos (lo que se manifiesta, por ejemplo, en el momento en que una de ellas encuentra el collar que le regaló la otra): en ellas, los objetos son solo eso, objetos que se apilan en cajas, que se separan de acuerdo a la decisión tomada sobre a quién le serán donados. Pero cuando la cámara se detiene en las copitas de licor del aparador, o en la forma en que es envuelto el reloj –el mismo al que la abuela le da cuerda en las primeras escenas de la película- con una manta, esa mirada les está devolviendo un significado por última vez, antes de que les sea despojado. Es esa mirada que la mayor parte de los nietos hemos tenido alguna vez sobre los objetos que eran de nuestros abuelos: como si a partir de ellos su presencia se recobrara.

El proceso que sigue La intimidad es el del registro de la lenta desaparición de las huellas de una persona en la tierra. La casa se va despoblando de objetos y de presencias, como una réplica de aquel desmalezamiento inicial que la abuela hace entre las plantas de su jardín. Lo accesorio es intervenido hasta el límite: lo último que se van son los muebles más grandes, ya vacíos, tan ausentes como la casa de quien fue su propietaria. Pero a la vez, la cámara se instala como resistencia a la desaparición. Una apuesta contra la resignación que implica que una persona ya no está viva, que ya no habita el lugar. Registra esos momentos como una necesidad de preservación, en la forma en que las imágenes de las ventanas se unen con las del comienzo con la abuela delante de ellas. Y de la misma manera que la lluvia cayendo sobre el camino de entrada vuelve sobre aquel momento en que la mujer observa desde su sillón hacia la calle, una lluvia similar.

La ausencia se corporiza, paradójicamente, en el vacío, como forma de volver en el recuerdo a lo que no está. La intimidad, en todo caso, es eso que no puede registrarse, lo que queda fuera de campo porque pertenece a un espacio tan privado que resulta inaccesible para una cámara. En ese tramo, la cámara detiene su movimiento. Los planos se hacen ahora más largos, fijos, revelando la banalidad de toda la banda de diálogos y exigiendo la concentración de la mirada en el espacio y en el vacío, en un ejercicio en el que se nota la influencia del cine de Gustavo Fontán –en especial de películas como El árbol o La casa.

El tramo final, en el que la casa es habitada por una nueva familia –una madre con su hija-, va más allá de la circularidad de los ciclos de la vida, incluso cuando hay planos que se asemejan –la abuela caminando por el pasillo lateral de la casa; la nena en el final atravesando el mismo pasillo, vistas ambas desde la misma posición-. Refuerza la forma en que los trazos de la persona que habitó un lugar se van desvaneciendo con su ausencia, con el traslado de los objetos que la nombraban y simbolizaban. Y también que la persistencia de la mirada de quien atesora esos recuerdos, va a permitir siempre la relación con esa imagen que al menos ahora, por un tiempo, no va a perderse para siempre.

La intimidad (Argentina, 2017). Dirección, Guión, Producción, Fotografía y Cámara, Sonido Directo: Andrés Perugini, Montaje:  Mario Bocchicchio. Duración: 65 minutos.