Por Marcos Rodríguez.


Los peligros de la compasión. Los encuadres son perfectos, el montaje fluye con una naturalidad llamativa, la imagen narra sin siquiera una palabra, no hay un plano de más, no hay un segundo de más en La isla desnuda. Hay campesinos, una vida muy dura, sufrimiento y más sufrimiento. Hay algunas sonrisas, un poco de violencia, paisajes lindos y una vida dura, muy dura. Algunos puristas podrían pensar que la película de Kaneto Shindo se acerca a esa abstracción absurda que algunos llaman “cine puro”: la imagen por fin liberada de cualquier imperativo que no sea ella misma, entregada a la vez a su plena expresión plástica y a un sentido humanista que huele a trascendencia. Pero esta perfección es más que sospechosa. ¿Qué es La isla desnuda? ¿Qué quiere ser? ¿Qué se supone que es lo que estamos viendo? En un primer momento, tanto campesino de pies sufridos, tanto aire libre y guión ausente puede hacernos pensar en una especie de neorrealismo nipón trasnochado, algo de aquel sentido humilde y grandilocuente del cine italiano de posguerra. Pero los parecidos son superficiales. Ahí donde el neorrealismo era urgente, desprolijo y mal actuado, La isla desnuda tiene composición perfecta, actuación justa y armonía de formas. El dolor de estos campesinos es bello. Lo cual nos acerca a terrenos más escabrosos.
Sin entrar en juicios terribles, hay un detalle que llama la atención: ¿por qué no hay palabras en La isla desnuda? ¿Por qué nadie habla? Al principio uno puede suponer que ese silencio es el silencio del campo: los campesinos japoneses, simplemente, son personas de pocas palabras. Es dudoso, pero posible. Pero con el correr del metraje ese silencio se vuelve cada vez más sospechoso, no solo porque es extraño que una familia no intercambie palabras, sino porque llegan momentos en los que descubrimos que Shindo tiene que ponerse a hacer malabares bastante poco ortodoxos para sostener el silencio tan puro de su película. Cuando el metraje se corta justo en el segundo que no le permite una palabra al doctor, cuando la marcación actoral le indica a la protagonista que llore con gemidos apenas identificables, el artificio se pone en evidencia. No hay palabras en la película de Shindo porque él quiso (activamente) que no las hubiera. Si La isla desnuda es el retrato de la vida de estos hombres de vida tan dura, ¿por qué excluir tan concienzudamente sus palabras?



Hasta cierto punto la idea es acertada: ¿qué podrían decir estos campesinos tan existenciales que pudiera estar a la altura de su destino trágico? Sus gestos, sus sombreros, su tierra tan seca lo dicen todo. Es el arte de Shindo el que habla, no sus personajes. La isla desnuda, con toda su apariencia de neorrealismo, con todo su rigor de puesta en escena, no es el retrato de nada. Es humanismo.
Lo que queda por entender es qué clase de humanismo es este que prescinde de aquello que podría darle identidad a los seres humanos por los cuales sufre: sus palabras. No es un detalle menor. Sin palabras que articulen sentido, sin una subjetividad que pueda reaccionar frente a sus circunstancias (más allá de algunas lágrimas y una torsión de cuello tan perfectamente encuadrada frente a la muerte del hijo), los campesinos de Shindo dejan de ser quienes son y pasan a ser simplemente categorías del ser sufriente: el hombre y su resignación. Sin la capacidad de reaccionar frente a sus circunstancias (más allá de una breve pataleta de indignación frente a la muerte, pronto sofocada por el gesto disciplinador del trabajo), este humanismo tan sufrido se vuelve rápidamente rancio. Sin circunstancias históricas o personales, La isla desnuda se vuelve rápidamente reaccionaria: una especie de oda a la resignación inexplicable, milenaria y eterna.

Los símbolos pueden cambiar de sentido en un segundo.