La madre rota: Julia y el zorro, por Diego Baridó

En 2015 la socióloga israelí Orna Donath pateó el hormiguero con un estudio que reunía 23 entrevistas a mujeres que se arrepienten de haber tenido hijos. El hashtag #regrettingmotherhood (arrepintiéndose de la maternidad) revolucionó al instante las redes, en las que se multiplicaron los testimonios de mujeres que reconocían lamentar la decisión tomada, rompiendo un silencio que ocultaba la vergüenza de ser tildadas de raras, egoístas, crueles.

Julia y el zorro, segundo largometraje de la directora cordobesa Inés María Barrionuevo luego de su laureado primer largo Atlántida (2014), se imbrica con estos tiempos en los que la maternidad se desnaturaliza y hace verbo. El neologismo maternar advierte que detrás de esa intitución que unge a la maternidad como cenit inmutable de la realización femenina, pervive una acción, una decisión. Pero mientras ese grupo de madres arrepentidas atraviesa el límite entre lo que puede o no decir(se) sobre el tema, Barrionuevo opta por surcarlo, acompañando a una mujer que transita tambaleante ese abismo, con un vértigo que su cuerpo acusa pero su gesto reprime.

Durante los títulos de apertura, que semejan en tipografía y color a los de un libro de cuentos, una voz masculina narra cálidamente la fábula sobre un zorro que, al perder su cola en una trampa y temiendo la burla de los demás, miente haberse quitado él “ese molesto apéndice que no sirve para nada” e invita al resto de los zorros a quitarse las suyas. Al igual que ese zorro, Julia (Umbra Colombo) transita una etapa de pérdida. Pero a diferencia de él, Julia sí lamenta ese lastre que (de)pende de ella: su hija.

Tiempo después de enviudar, Julia llega junto a su hija Emma (Victoria Sabina Castelo) a una casona de veraneo enclavada entre las sierras cordobesas de Unquillo con el objetivo de venderla. El duelo sigue en su rostro gris y su andar errático. La casa fue puesta patas para arriba por vándalos locales durante su ausencia. Luego de poner un poco de orden en esa casa y realizar algunos trámites y averiguaciones, Julia se sumerge en su crisis de deseo. Deseo maternal, profesional, sexual, existencial. Y la angustia que todo ello porta se mezcla con la delicadeza y sensualidad de sus movimientos, la intensidad de su mirada, resultando una combinación de melancolía y vitalidad cautivante. El deambular de esa rubia platinada de uñas despintadas por una casa ostentosa y derrumbada, imprimen una pátina de elegancia crepuscular a la película, que dialoga con la magia y la nostalgia que respira todo el film.

La relación entre ella y Emma es fría, plagada de reproches y respuestas desganadas. Al igual que ese juego en el que las duplas deben correr con un pie atado al del otro, Julia y Emma transitan juntas pero a los empujones. Esa torpeza y la distancia con la que se acompañan hace pensar que ese equipo está incompleto. Que falta quien hacía que la cosa funcione, quizás quien deseó que ese grupo exista.

El fastidio con el que Emma se dirije a su mamá encuentra justificativos inmediatos. Atravesar la muerte de un padre cuando asoma la adolescencia no debe ser un trago sencillo. Menos aún si en su madre no encuentra contención sino puro desapego. ¿Pero qué hay de la apatía y el descuido de Julia hacia Emma? En esto la película se torna tan espesa y brumosa como el monte que rodea la casa. Es cierto, Julia no las tiene sencillas. Aún con el duelo a cuestas, con una pierna débil por una operación y la voluntad por el piso, intenta infructuosamente conectarse con su deseo y retomar su carrera de actriz ¿Pero es necesario encontrar un justificativo moral a su rechazo a ejercer la maternidad? ¿No aceptamos la idea de que quizás sencillamente no es el ejercicio de la maternidad lo que Julia desea y necesita hoy? Este planteo constituye uno de los aspectos más importantes del relato, aunque la paciencia con la que la directora va inoculando información empantana su seguimiento. Se percibe en Barrionuevo mayor interés en la hibridez de elementos, climas y situaciones que en la explicitación de un objetivo narrativo.

Gaspar (Pablo Limarzi), colega de Julia, aparece un día en la casa para proponerle que se sume a la obra que montará durante el verano. Julia no está convencida de participar, pero sí de entregarle el brazalete de madre a este amigo que deviene pretendiente y quien no tarda en ofrecer cariño y atención a Emma. Animada por el alcohol, Julia le dice: “Gracias por cuidar a Emma. Necesito que lo sigas haciendo. Hoy. Mañana”, para luego revelar: “Es rara. Parece hija de otro. No nos parecemos en nada. No la reconozco. Me es ajena.” Se pone en marcha un nuevo ensamble, sin promesa alguna y a puro ensayo.

Se aguardan giros, signos de cambio en Julia que no llegan, lo que genera incomodidad, ansiedad. Divierte descubrirse como espectador esperando ese cómodo arco de transformación del personaje que ha prefigurado el cine clásico. Pero como reconoce la propia directora, esta es “una fábula sin moraleja” y será intransigente en esta tesitura, aunque tanta opacidad, sumado a elementos que refuerzan aspectos alegóricos y diálogos con excesivo apego al texto generan por momento cierta languidez.

¿Emma, a todo esto? Ella sale de la casa, se hace amiga de ese espacio y amiga también de un chico del pueblo. Anda a caballo. Si no hay comida, cocina ella. Más allá de las rencillas con su madre y varios pases de factura, Emma avanza, sale y vive esa etapa de la preadolescencia como le sale y entendiendo, hasta donde puede,la situación que le toca atravesar.

En algunos pasajes se cae en cierto esteticismo. Aún así, desde lo formal, la arriesgada búsqueda de Barrionuevo resulta fascinante. La fotografía es bellísima y, al igual que el sutil trabajo del sonido, ligan de manera elegante los momentos desoladores de vínculos fracturados con aquellos gobernados por la magia de ese todo orgánico que forman protagonista, casa y naturaleza. Lo mismo debe decirse del arte y el vestuario, que junto al glamour de Julia aportan a generar un efecto hipnótico en esos ambientes turbados.

En su ambigüedad, Julia y el zorro abre un resquicio por donde puede filtrarse la idea de una superación. Pero es un ejercicio que no recae enteramente en Julia, sino principalmente en nosotros. La primera en advertirlo es la propia directora, que va dejando de lado los planos picados que desvinculan a Julia del horizonte, para mostrarla emergiendo yen contacto con un cielo que propone un mañana.

Julia y el zorro (Argentina, 2018). Guión y Dirección: Inés María Barrionuevo. Producción: Juan Pablo Miller y Inés María Barrionuevo. Producción Ejecutiva: Juan Pablo Miller. Dirección de Fotografía y Cámara: Ezequiel Salinas. Dirección de Arte: Carolina Vergara. Dirección de Sonido: Atilio Sanchez. Montaje: Rosario Suarez. ElenUmbra Colombo, Victoria Castelo Arzubialde, Pablo Limarzi. Duración: 105 minutos.

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