tinker-tailor-soldier-spy-squaredAlgo en la inmensa y distante fotogenia de Benedict Cumberbatch parece superar su propia comprensión; algo se esconde más allá de esos ojos, adentro de esa voz, por sobre esos pómulos como columnas de granito que escapa al cine pero probablemente sólo exista en él. La fotogenia de Cumberbatch (eso que transforma rasgos francamente raros y piel traslúcida en un ancla de sentido en la pantalla) es, por suerte, mucho más grande y más fuerte que las dotes de Cumberbatch como actor: inglés clásico, genéticamente shakespereano (aunque no lo hayamos visto interpretar ni un solo personaje de Shakespeare), Cumberbatch es capaz de adoptar todos los modismos y trucos del oficio y adaptarse a ese otro burocrático ejercicio que (supuestamente)define al gran actor: modelar gestos, fingir acentos, actuar enfermedades (físicas y mentales); ser el camaleón (lavado) que exige la academia.

Ahora que la gran industria lo descubrió Cumberbatch parece seguir el camino de rigor para un inglés que aprecia más el prestigio que la verdad. Es así que lo hemos visto desfilar por bodrios irredimibles como 12 años de esclavitud y Agosto. Es así también que ahora lo vemos en la nueva El código Enigma, en la que su personaje funciona como una superposición perfecta de todas las etiquetas que valen (por lo menos) una nominación al Oscar: genio incomprendido, homosexual reprimido, enfermo, suicida y héroe. Más allá de los aciertos (que no son pocos) de El código Enigma, el papel le calzaba a la perfección: no sólo porque Cumberbatch puede darle realmente vida a un personaje que podría pasarse de estereotipado, sino también porque Alan Turing podría abrirle las puertas del prestigio.

Pero junto a ese inglés flacucho que parece buscar el reconocimiento -que (en el fondo) no le importa a nadie- convive en el cuerpo de Cumberbatch un inglés mucho más simpático: aquel que sabe hacer uso de toda su presencia, de toda su cuidada articulación británica, de su tez fría y sus ojos perforantes para componer a un Khan del siglo XXI en la última StarTrek. El mismo inglés que supo conjugar toda la implacable lógica victoriana de Sherlock Holmes con los aires posmodernos, rocambolescos y prácticamente pop de la serie de televisión Sherlock. El Cumberbatch que puede ponerle voz a un dragón, saltar en la alfombra roja para aparecer de colado en las fotos de otros, el que supo componer piezas pequeñas pero fundamentales de películas inconmensurables como El topo y Expiación, deseo y pecado. Ese es el Cumberbatch que amamos, el que todavía vibra en la pantalla, la cara seria de un cine que no busca ser grandilocuente.

atonementbigHay algo en esa (aparente) paradoja que lo vuelve irresistible: su rostro (así como su porte, su tono de voz, su mirada) tiene toda la fuerza de una máscara que parece esconder las cavernas más profundas cuando es más plana. El verdadero arte de Cumberbatch no está en la meticulosa composición de personajes de, por ejemplo, Parade’s End (la miniserie de época) o El quinto poder (la película sobre Julian Assange, con todo ese pelo desteñido) sino en la pura y simple composición a través de la presencia física. Es por eso que su figura se expande exponencialmente en la espectacularidad de la gran industria (desde StarTrek hasta El Hobbit) o, con un trabajo un poco más artesanal, en aquellas películas complejas pero planas de psicologismos como El topo, donde todo se dice con una ligera inclinación de nuca, con un plano general, con un gesto mínimo. El arte de Cumberbatch es el arte de pararse frente a la cámara (o hablarle al micrófono), no para fingir que esconde algo por dentro sino para ponerle el cuerpo entero (y sus proyecciones) al personaje que está interpretando.

Ahora que alcanzó el éxito más plebeyo y a la vez el prestigio más glamouroso, ahora que al talento de Cumberbatch se le abrieron todos los caminos, sus proyectos se multiplican en diferentes líneas: desde una nueva película Marvel para el 2016 (interpretando al Dr. Strange, el más pedante de los superhéroes de Marvel), pasando por la animación, el biopic potencialmente más grave (por ejemplo, bajo la dirección de Gary Oldman en Flying Horse), el cine de guerra y hasta la nueva película del gran James Gray, más allá de la prometida continuación de la fundamental Sherlock. Cumberbatch, sabemos, tiene el rango necesario para cumplir con todas esas tareas pero, sobre todo, tiene los hombros suficientes como para cargar con cualquier cosa.