homeland_iraq_year_zero-779335483-large“…le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir.

Jorge Luis Borges, Nueva refutación del tiempo.

I.- Homeland es un video familiar. El cineasta que vuelve a la casa de los suyos en Bagdad, límite del Cercano Oriente, desde la prosperidad europea. El reencuentro y regocijo de la familia dedicada desde ese momento a agasajarlo. Abbas llega “con los puños llenos de verdades” (Perón dixit). O más bien de una sola: su moderna cámara de HD, funcional, liviana y apta para registrar la vida de esa familia de clase media acomodada de la que se alejó hace décadas buscando hacer cine en Francia. Pero (otra vez Perón) “la realidad es la única verdad” o “el cine es la verdad a 24 cuadros por segundo” (Godard y Perón un solo corazón). Irak vive bajo la añeja tiranía de Saddam Hussein, omnipresente en las pantallas de la TV; un exceso hecho hábito con sus vestimentas para cada ocasión: la túnica árabe y el kaffiyeh cubriéndole la cabeza cuando se trata de exaltar el particular nacionalismo árabe, trenzado con el islamismo según la conveniencia política; el uniforme militar de combate o de gala con todos sus entorchados y condecoraciones; el traje de paisano con un sombrero –anticuado para el canon occidental- que agita en su mano para saludar a los miles que –siempre- lo rodean.

Un paterfamilia, “un padrecito” staliniano despótico y salvaje que cuida de su prole con manos de piedra ensangrentadas; un dictador que en su delirio de poder se atrevió a desafiar al gran demonio imperial. En 2000 la avanzada estadounidense en represalia por la invasión saddamista a Kuwait llegó a las puertas milenarias de Irak y solo se detuvo por conveniencias estratégicas. Le siguieron años de embargo y represalias que sufrió el pueblo iraquí privado de alimentos y medicinas por el cerco estadounidense (más de un millón de personas murieron por ese bloqueo). Ahora, en 2003, ese mismo sufrido pueblo espera otra invasión, esta vez sin excusas; el verdadero nombre del asalto ahora es petróleo (alguien dice en la película que son afortunados los países que no lo tienen). El Presidente Bush Jr. y su empleador Dick Cheney  buscan el lago oleoso que está bajo los pies de los iraquíes. Para conseguirlo deben destruir lo que está en la superficie.

No hay ninguna información acerca de este contexto en la película de Fahdel, todo está implícito y relegado por la película familiar; si bien el director ha vuelto a Irak alarmado por la inminencia de otra guerra y dispuesto a registrar la vida antes del apocalipsis, su mirada se fija en su familia, en sus hábitos diarios, en el afecto que recibe de ellos. Mientras tanto la vida sigue en espera de la catástrofe; rutinas a las que se han incorporado las amenazas de la guerra como un hábito más: el rugir de los aviones norteamericanos explorando la noche, la búsqueda de las raciones que provee el gobierno, el viaje diario de los hijos mayores a la universidad, los permanentes cortes de luz y los ejercicios de oscurecimiento. Y Hussein en la televisión, siempre, y el miedo y el desprecio de la familia apenas expresado. La única excepción es Haidar, uno de los sobrinos de Abbas; un chico de unos doce años, inquieto, inteligente, simpático, interesado en todo lo que ocurre, mordaz con el régimen cuando tiene oportunidad con un desparpajo que asusta a su familia. Haidar atrae enseguida a la cámara y se transforma en el centro de la primera parte del film. Ese chico es el futuro, la semilla de los Fahdel prolongándose en el borde milenario del Tigris, allí en donde, en la confluencia con el Éufrates, gente como ésta fundó nuestra civilización hace decenas de miles de años.

homeland2II.- Sin embargo a poco de que Haidar se haya ganado nuestra preferencia, un cartel nos informará que dentro de un año estará muerto. No hay spoilers que valgan. Es un golpe brutal y maestro que se apodera de nuestro ánimo llevando a la historia a las vecindades de la tragedia.

Poco después, de visita en la ciudad de Hit (actualmente dominada por Isis) junto al Éufrates, vemos a un médico, cuñado del director, que recuerda los días de la primera invasión y dice que aquel espanto se terminó, que tan mala suerte no se puede repetir. Enseguida otro cartel nos informa que el hombre murió de un infarto un año después.

III.- En  su novela Matadero cinco, Kurt Vonnegut narra el martirologio de Dresde, una ciudad alemana ajena a la guerra, carente de objetivos militares o estratégicos, por eso mismo lugar de refugio de miles de civiles alemanes o de Europa del este, retaguardia de heridos y asentamiento de prisioneros que los nazis hicieron entre los ejércitos aliados. Vonnegut, soldado estadounidense cautivo de los alemanes asistió al bombardeo de Dresde, el más grande de la historia, el que destruyó hasta los cimientos de “la Florencia del Elba” y significó la muerte de hasta 100.000 personas en una noche. Ataque taimado y fuera de las hipócritas leyes de la guerra, que estuvo destinado a humillar a los alemanes y ponerlos de rodillas, como poco después se repetiría en Hiroshima y Nagasaki, en las que además se sumó el poder nuclear. Advertir al mundo era el verdadero objetivo. Tenemos la suma del poder y vamos a aplicarlo en donde sea necesario. La historia continúa.

Vonnegut meditó durante décadas acerca de cómo narrar este infierno; lo hizo finalmente décadas después con Matadero cinco, en donde un soldado americano prisionero de los nazis en Dresde viaja en el tiempo -a su pasado, a su futuro, al momento del bombardeo- y el espacio (es abducido por extraterrestres y llevado al zoológico del planeta Tralfamadore). Esa fue la forma que Vonnegut encontró de enfrentar a su propio horror: un salto de épocas y escenarios que tanto pueden ser producto de una mente desquiciada como el capricho de un dios maligno jugando con su creación. No hay tiempo, no hay espacio, ni moral, ni razón, ni sentido; todo se resume en toneladas de bombas cayendo en una noche sobre una ciudad ingenua.

iraq-homeland-em2IV.- En Homeland, Fahdel llega a resultados parecidos por medios radicalmente distintos. La vida apacible de su familia iraquí no es diferente a la de cualquiera similar en otro lugar del  mundo; salvo que los Fahdel viven en las vísperas de la guerra. Los recursos y subterfugios de que se valen para seguir adelante diariamente en la dictadura o bajo la amenaza de las bombas, son similares a aquellos a los que recurríamos la mayoría anónima de los argentinos que vivíamos bajo la dictadura de Videla & subsiguientes. Elegíamos ver o no ver, hablábamos poco y en confianza, y aquellos que elevaban la voz lo hacían inevitablemente para avalar el extermino, gritábamos solo en la cancha. Anestesiábamos la comprensión y expandíamos hasta la anomia nuestra facultad de percibir los hechos crudos de la realidad (“en algo andaría”), nuestra moral era elástica y voluble. Al fin y al cabo solo se trataba de vivir.

IV.- Cuando finalmente se concreta el horror, cuando Vonnegut debe enfrentarse a la evaporación de una ciudad y sus cuerpos; cuando la familia Fahdel debe soportar toneladas de bombas y metralla en el patio de su casa, es que se impone la necesidad de algún muelle que amortigue la desaparición de lo cotidiano, algún filtro que cuele la locura ordinaria (en nuestra dictadura la forma última de esa concreción, implícita en tanto cantada como elegía por rapsodas alquilados, ausente de imágenes, tanto como para permitir que los medrosos fantasearan su coraje mediante cuerpos ajenos, fue la guerra de Malvinas. Pero estaba lejos, fue insular, inodora e insípida y permitió a muchos sentirse héroes sin riesgo. Hurtamos la cara, preferimos ocultar la culpa, que hoy repta en alguna oquedad de nuestra memoria colectiva preparándose a aflorar algún día bajo quién sabe qué inesperadas formas). Frente a parecida disyuntiva Vonnegut elige la ficción desatada, el disparate controlado en el que el tiempo no existe y el mal es omnipresente e iguala a todos. Fahdel en cambio opta por acentuar el pie a tierra realista del documental, encerrarse en la grata fiesta familiar omitiendo cualquier subrayado. A cambio introduce en su narración esa bomba de tiempo (neutrónica en tanto destruye a las personas y deja incólume al relato) que  explota sobre las esperanzas del espectador. Si Haidar ha muerto todo es imposible. Igual que en Vonnegut el tiempo se diluye, todo es presente y solo vive la muerte. Pero el tiempo no puede detenerse. Si se manipulan las agujas para que siempre sea hoy y Bagdad se transforme en otro perpetuo día de la marmota, la esperanza se desvanece. ¡Ay de nuestra omnisciencia! En la perpetua noche de su propio Monte de los Olivos la familia Fahdel, Irak y nosotros cantamos la misma letanía -¡Señor (Alá o Saddam) aparta de mí éste cáliz!-.

homeland1V.- La muerte de Haidar ocurre en la segunda parte de la película. Abbas Fahdel regresa a Irak apenas dos semanas después de la invasión de EEUU. Saddam se ha esfumado, sus estatuas han sido derribadas y algunos parecen festejarlo. Su omipresencia ha sido ahora reemplazada por la de los tanques, carros de combate, jeeps y helicópteros del invasor. Las explosiones y disparos son constantes y cercanas. Las bandas de saqueadores conviven con el invasor. El corazón de la ciudad es una única ruina. En este postapocalipsis que se asemeja a la ficción neorrealista del Rossellini de Alemania año cero (recuerdo sin embargo la modesta grandeza de Iraqi short films de Mauro Andrizzi) la vida de los Fahdel debe continuar. Entre los disparos y saqueos los hijos deben seguir yendo a la universidad, hay que asegurar la comida, hay que trabajar. La enormidad de la barbarie imperial no radica solo en las bombas del imperio horadando la mitológica confluencia del Tigris con el Éufrates (alguna vez el crítico Roberto Pagés realizó una lectura de El exorcista de William Friedkin que a la luz de los años la transforma en una precuela profética de Homeland: al principio de El exorcista la estatuilla pagana que representaba al diablo era desenterrada en unas ruinas iraquíes. Desde allí mediante un corte directo el mal, despertado de su sueño milenario, se trasladaba a Washington en donde transcurría el resto de la película. Siguiendo la tiniebla de esa lectura luminosa, ahora es el imperio quien devuelve el mal, artillado para (auto)destruir de raíz al futuro. La civilización judeo cristiana está haciendo masa y no deja oír), el escándalo es que el horror ha montado su espectáculo en nuestra propia casa. Somos los Fahdel. Son nuestras las alfombras de su casa musulmana, es nuestro su perpetuo agravio con la muerte.

Queda aún la escena decisiva, el cénit del cataclismo familiar impecablemente registrado por el tono azaroso del documental: el director filma el interior de un auto en el que viajan el propio Abbas junto a Haidar, su padre, más otro de los hijos y un cuñado que conduce; es de noche y pese a las advertencias el conductor toma un camino peligroso para llegar más rápido, suena un disparo, alguien grita que Haidar está herido, el conductor pierde el control del auto que se estrella contra la oscuridad; hay un fundido a negro y luego una breve imagen del padre junto a la tumba del hijo. Sobre la lápida la foto del niño de siempre, alegre y sonriente, es un réquiem o aquello que el Islam cante para llorar a sus muertos.

VI.- Homeland es un video familiar, sin subrayados ni análisis ni iras ni condenas, pero abrumado por una pena perpetua, percudida y resignada. Su altura inmensa es, nada menos, la del hombre, la de Abbas Fahdel con la cámara en mano, mezclándose entre todos, impíos o inocentes. Su padecimiento toma altura universal y nos hermana en la pesadumbre y el desasosiego por lo que vendrá.

Aquí puede leerse un texto de Azul Aizenberg sobre la misma película.

Homeland (Irak Year Zero, Irak/Francia, 2015) de Abbas Fahdel, 334′.