El director argentino de Las mantenidas sin sueños (2005) y El día trajo la oscuridad (2013), Martín Desalvo, regresa a la comedia dramática en su última película El padre de mis hijos. Eva (Mora Recalde), de 37 años, se separa deGastón (Javier Drolas), tras 4 años de relación, y vuelve a vivir a la casa de sus padres. El verdadero motivo de la separación es que no venían llevándose bien, pero la discusión final comienza mientras están teniendo sexo y Eva le pide a Gastón que se ponga un forro, reprochándole luego la liviandad con que se toma estas cosas.

Romina Richi interpreta a Laura, la mejor amiga de Eva, la confidente, quien después de la separación le aconseja recuperar el tiempo perdido y buscar hombres con quien disfrutar del sexo, con algunos “con objetivos” debido a su edad. Así Laura le presenta a Mariano, recién divorciado, padre que va a retirar a sus hijos al colegio, con quien alguna vez tuvo una historia. A la vez le abre la puerta a una aplicación del celular en la que puede encontrar potenciales chongos-padres.

La manera en la que Laura habla de los hombres, como puro objeto y habilitando un vínculo con quien ella estuvo en el pasado, es el reverso de cómo el antropólogo Claude Levi Strauss pensaba la estructuración social en Las estructuras elementales del parentesco (1949). De manera que, así como la mujer tradicionalmente es quien circula entre los hombres como objeto de intercambio para fundar las alianzas, Laura propone a los hombres como objeto de intercambio con valor fálico. Lo interesante es que, a pesar de esta posición aparente de mujer que solo quiere gozar del sexo, Laura también necesita un padre, dado que ella no puede encarnar la figura de autoridad ante su hija adolescente (Margarita Páez).

Eva es la hermana mayor de una familia tipo de clase media. Se dedica a la música, da clases de bajo y también compone. Paralelamente a la separación de Eva, su hermana Alicia (Paula Carruega) comienza una relación con Pedro (Agustín Toscano), un estudiante de abogacía, a quien conoció cuando fue a realizarle un trabajo de cerrajería. Esta relación irá prosperando y, cuando llegue la fiesta sorpresa del cumpleaños 38 de Eva, su alegría termina opacada por el anuncio que realiza su hermana: Alicia está embarazada. Es impresionante como toda la atención familiar se desplaza inmediatamente hacia ella, quedando Eva de pie, triste y solitaria, solamente sostenida por la mirada de su padre (Horacio Fontova). En esta escena el director hace evidente dos cuestiones: que lo que espera esta familia de sus hijas es que sean madres (de hecho, su madre no sabe exactamente a qué se dedica Eva y confunde la guitarra con el bajo) y la importancia de la relación de la hija con el padre.

Caerá entonces sobre Eva, dada su edad, la presión por responder al ideal familiar y social de la maternidad (que ya Freud consideraba como la salida normativa del complejo de Edipo en la mujer y la situación femenina de excelencia). El título de la película hace referencia a estas cuestiones resaltando, entonces, a la figura de El Padre (de mis hijos). Siguiendo a Freud, lo que la mujer espera es que el padre le dé a la hija el pene que no tiene y, merced a una ecuación simbólica, oficia un desplazamiento hacia esperar un hijo del padre. (El hijo deviene así un tapón, el complemento fálico de la falta en la mujer). Como el padre no puede (debe) dárselo, busca a un hombre que en tanto sustituto de ese padre idealizado pueda hacerlo.  Eva entonces se dirige al hombre en tanto padre potencial, ya no como una mujer que se dirige hacia un hombre para gozar.

Empujada por el mandato socio-familiar, Eva se obsesiona con encontrar a ese padre y es así como se producen las situaciones más hilarantes y disparatadas: consulta a su ginecólogo, evalúa diversas opciones para consumar la maternidad, sopesa el congelamiento de óvulos, decide un encuentro sexual casual con su ex para obtener su esperma, y hasta termina involucrándose con Gonzalo (Julián Lucero), el mismísimo ginecólogo (chapado a la antigua, y que toma a las vaginas femeninas en calidad de  fetiche, como da cuenta el famoso cuadro de Courbet El origen del mundo, colgado en su departamento).

La dirección de arte en lo que hace a las locaciones y el vestuario está realizada con plena conciencia sobre todo en relación a la figura de Eva. El director utiliza el vestuario para transmitir los diversos estados anímicos por los que vaya atravesando: cuando pasa por la casa que compartía con Gastón para retirar sus pertenencias y se entera que ya está con otra mujer, la remera con la leyenda “Petit” señala su impotencia ante los anhelos perdidos y los esfuerzos por sostenerla relación; la que dice “Listen Kurt Cobain” da cuenta de su conexión con la música; la de las dos manzanas en el lugar de las tetas la sitúa exultante ante el ginecólogo como objeto de seducción y tentación; la de “Kiss” muestra su vulnerabilidad, la necesidad de sentirse amada por un hombre; la de «Current mood” será la que refiera su estado de ánimo habitual, marcada por la frustración de aquello que no puede conseguir.

Como en una escena espejada de su fiesta de cumpleaños, Eva anuncia su embarazo en el casamiento de su hermana. La fiesta tiene pasajes divertidos por los enredos que se suceden y en la que el mismo anuncio de embarazo deviene en una situación paradójicamente embarazosa, mezclada con sus fantasías, su anhelo de ser madre, y la cobardía de quien no puede decir la verdad para no terminar una ilusión.

Acá la película se abre a algunas reflexiones. La primera es que un hijo no es algo que se busca o que se tiene, sino que se recibe en relación al amor (y hay que resaltar que en ningún momento vemos a Eva enamorada de Gonzalo). La segunda, que la maternidad no es el único camino, ni tampoco el más privilegiado, para responder al enigma de lo femenino. La tercera que una mujer no es la madre. La madre es sólo una respuesta posible a esa pregunta que durante más de 30 años de trabajo con sus pacientes histéricas, seguía acuciando a Freud: ¿Qué desea una mujer? Una nueva vía se abre para Eva cuando retoma la composición musical, cuando se deja llevar por eso que resuena en su cuerpo. Esta vía la orienta mucho mejor en aquello que especifica al goce femenino. Habrá tan sólo que fluir librada al avatar de un encuentro contingente con un hombre, capaz de oficiar de relevo con su palabra de amor, para alcanzar ese goce, que por ahora lo produce la musicalidad de la relación con los compositores incorpóreos con los que se relaciona a la hora de inspirarse.

El padre de mis hijos es una comedia que me sorprendió gratamente. Pese a que el elenco actoral no resulta del todo parejo, especialmente en lo que hace a la performance de algunos roles secundarios, Desalvo logra combinar placer estético y entretenimiento, sin caer en banalizaciones ni en la burla, e invita a reflexionar sobre la problemática contemporánea del lugar de la mujer en la sociedad, a la vez que abre la pregunta por el enigma de lo femenino.

El padre de mis hijos (Argentina, 2018). Dirección: Martín Desalvo. Guion: Alejo Flah, Agustina Gatto. Fotografía: Nicolás Trovato. Edición: Agustín Rolandelli. Elenco: Javier Drolas, Romina Ricci, Mora Recalde. Duración: 85 minutos.