Si La noche del demonio era una suerte de remake lisérgica de Poltergeist, esta segunda entrega de la saga viene a ser algo así como una versión delirada de Psicosis. La influencia del cine de Hitchcock en James Wan ya se evidenciaba en la primera entrega a través de las elecciones de escenografía, las develaciones de ciertos artificios y, sobre todo, la elección de la banda sonora que parece compuesta por un Bernard Herrmann desmedido y al borde de un brote psicótico. Ahora Wan cita directamente el cine del director inglés desde una trama que presenta a una variación espectral de Norman Bates que perturba tanto (pero desde otro lugar) como la inolvidable interpretación de Anthony Perkins.

La noche del demonio 2 elige como punto de partida el final de de la primera película, lo que resulta chocante ya que este tipo de registro del tiempo para-cinematográfico (sin elipsis alguna entre parte y parte) pertenece por convención al mundo de las series televisivas y no al del cine. Otro dato que no es menor es que para esta segunda parte regresó todo el elenco original y también la dupla Wan/Whannell (director/guionista), que para el género parece toda una novedad, ya que la costumbre es continuar las sagas como se pueda, y si tan solo vuelve uno de los personajes originales ya es suficiente. Además parece que se viene una tercera entrega, aunque todavía no llegamos a eso…

La película, hay que decirlo, no mantiene el mismo nivel de tensión narrativa que tenía la anterior. La construcción del relato se vuelve un tanto menos lineal ya que el director decide incluir varios raccontos, y buena parte del metraje está dividido en dos líneas narrativas que no se cruzan hasta el final. En un primer momento la utilización de estos recursos resta efectividad a los ambientes perturbadores que Wan se encarga de construir pero, avanzada la película, termina por formar una estructura compleja que la justifica, haciendo que el componente perturbador se desplace: el terror no radica en la claustrofobia y los golpes de efecto, sino en el peso psicológico de la historia de fondo.

Uno de los mayores atractivos de esta saga (si es que ya le podemos decir saga) es que su verosímil dentro de los parámetros del cine de terror es amplísimo. En el mundo de la película todo es posible, en cuanto a ocurrencias sobrenaturales, y nada desentona, ya que justamente lo que la película se propone es desentonar. Y no se puede desentonar con lo desentonado. Por eso el director se toma libertades estéticas que resultan invaluables, y así va empujando los límites cada vez más.

 

 
La noche del demonio 2 es irregular, pero sus irregularidades están justificadas por su totalidad. El todo siempre es más que la suma de las partes, y la película lo vuelve a demostrar. Durante la primera mitad (donde la película es más inconstante) se construye el relato paso a paso, para luego deconstruirlo en una efectiva secuencia final, que –al igual que en la primera parte- se divide entre el mundo corpóreo y el mundo astral. Un par de buenas vueltas de tuerca, ambientes lyncheanos de rojo omnipresente (y una cita casi literal a la escena de Lost Highway en la que Bill Pullman se anuncia a sí mismo la muerte de Dick Laurent), algún que otro gag de un buen dúo cómico y la autoconsciencia de Wan no sólo reflejada en las citas ajenas sino en las que hacen referencia a su propio cine, todos estos elementos hacen que esta secuela no sea sólo una secuela sino que tenga autonomía.

La película cierra con una toma, también autorreferencial, que promete una tercera entrega, y se presume que ya sin el protagonismo de la familia principal. Si Wan sigue por este camino, el de un nuevo y refrescante cine de terror, no hay que preocuparse de que los fantasmas de las secuelas banales aparezcan por sus pagos.
 
La noche del demonio 2  (Insidious: Chapter 2, EE.UU. 2013) de James Wan, c/Patrick Wilson, Rose Byrne, Ty Simpkins, Lin Shaye, Barbara Hershey, Steve Coulter, Leigh Whannell, 106’.