La obra secreta, por José Luis Visconti

El plano inicial de La obra secreta se parece sugestivamente a uno de Todo lo que veo es mío (Mariano Galperin-Roman Podolsky, 2017). Ambas comparten no solo el lugar central de un artista consagrado (Le Corbusier aquí, Marcel Duchamp allá), sino que se centran en la relación que establecieron con la Argentina de la primera mitad del siglo XX. Los planos muestran a los artistas a bordo de un barco, observando el mar desde su camarote, estableciendo a la narración desde un punto anterior al momento de la relación con el país. El lugar común del artista que viene del centro a la periferia, aún cuando la voz  que enmarca la historia de Le Corbusier señale a Buenos Aires como un eje central en los cambios artísticos, culturales y conceptuales de la época.

A partir de allí, La obra secreta se divide en tres líneas que intentan dar cuenta de la obra de Le Corbusier en Argentina, centrada en la Casa Curutchet situada en La Plata.

Una primera línea muestra a un Le Corbusier de ficción (Mario Lombard) arribando a la estación de trenes de La Plata e iniciando una recorrida por sus calles, mientras la voz off va enhebrando textos tomados de los escritos del artista, en relación con la arquitectura y su valor habitable. En esa línea, visualmente la película se acerca a los lineamientos del video arte: uso de imágenes pixeladas para generar sensación de artificio, superposición de imágenes sobre los espacios públicos, división y multiplicación en juego de espejos de la recorrida de Le Corbusier por la ciudad, y hasta la repetición de la imagen del artista en las pantallas de los televisores de un comercio de electrodomésticos. Ese Le Corbusier no habla, como si lo que estuviéramos escuchando fuera no más una expresión sonora de su pensamiento, que no entra en relación con lo que expone la imagen.

La segunda línea establece desde la imagen fija y la utilización del zoom, un intento de descripción minuciosa de los diferentes ámbitos de la Casa Curutchet, en donde pueden verificarse ciertas influencias del cine arquitectónico-descriptivo de Heinz Emigholz –en especial, el quitarle a la construcción arquitectónica, toda referencia a la vida humana, objetualizándola, como si se tratara de una casa fantasma.

La tercera línea vuelve sobre los trazos de la ficción, a partir de la irrupción de un guía de visitas a la Casa Curutchet. Elio Montes (Daniel Hendler) desarrolla la visita con el concepto de afirmar no solamente la genialidad del creador, sino de brindar una explicación de cada espacio en función a la historia de Le Corbusier como arquitecto. A la vez, su propia voz en off recuerda de qué manera llegó a la arquitectura y a ese amor profesado a Le Corbusier, hasta convertirse en el guía de ese lugar desde hace nueve años.

Las tres líneas, desarrolladas en paralelo, no logran amalgamarse en ningún momento. Los indicios que podrían haber llevado a su convergencia en un punto específico, se diluyen rápidamente. Si Le Corbusier aparece como una suerte de fantasma que deambula, con su palidez, entre los colores de la ciudad, esa idea se desaprovecha en la repetición de sus apotegmas y en la ausencia de una mirada que pueda relacionarlas con el entorno. Cuando en el tramo final, la presencia del fantasma se articula con la del guía, se desvía la atención hacia el planteamiento de su cercanía con el fascismo mussoliniano y a la crítica inesperada que proviene de señalar su fracaso porque esa casa no pudo ser habitada.

Y es que el problema se centra en una serie de contradicciones en las que incurre el texto. Si la voz en off de Le Corbusier señala que “prefiero dibujar a hablar porque deja menos espacio para la mentira”, la voz de Elio llenando cada espacio de explicaciones y visiones apoteósicas parece estar yendo en un sentido contrario. Tal vez la cuestión resida en que la idea de que “la verdad es la obra y no lo que se ande diciendo por ahí”, como el propio Elio le dice a un estudiante de arquitectura que visita la casa, queda abandonada en el momento en que se prioriza el lugar del guía antes que el del objeto sobre el que se pretende hablar –lo que llega al paroxismo en una escena vergonzosa en la que intenta seducir a una de las visitantes.

En La obra secreta lo que importa no es la obra, porque a pesar de los intentos de mostrarla en cada recoveco, queda relegada a un segundo plano ante las palabras. Y tampoco importa explorar la idea de su carácter secreto, apenas señalado por su condición de obra periférica, marginal, en la trayectoria de Le Corbusier. En esa confusión de líneas que se propone se vislumbra una indecisión entre la profundización de lo artístico y la necesidad de crear una ficción que sea más atractiva a los ojos del espectador. En ese punto, la película de Graciela Taquini termina ofreciendo poco de lo que en principio quería mostrar: allí no hay Le Corbusier, más que puesto en un santuario adornado de frases; ni hay obra vertebrada en esa casa platense porque no interesa ponerla en relación con nada, ni siquiera con la palabra desmedida del guía. Hay más Le Corbusier y más Casa Curutchet en cualquiera de las obras anteriores que los han abordado. En los documentales La máquina de habitar (Bruno Garritano, 2013) y Amancio Williams (Gerardo Panero, 2013), casa y creador tienen un lugar más acorde a su relevancia. Incluso en El hombre de al lado (Mariano Cohn-Gastón Duprat, 2009), la ficción que se establece en el entorno de la casa, permite en el cruce entre los personajes centrales abordar, aún con cierto maniqueísmo, concepciones opuestas sobre lo que significa habitar un espacio. Que el guionista de esta película –Andrés Duprat- sea el mismo de la ficción mencionada parece, lamentablemente, un intento de aprovechar un espacio ya conocido para construir con lo mínimo indispensable un nuevo trabajo, antes que profundizar alguno de aquellos planteos. El resultado de La obra secreta esen ese punto, decepcionante en tanto contradice sus presupuestos, espantando cualquier atisbo de interés sobre un artista y su obra.

La obra secreta (Argentina, 2017). Dirección: Graciela Taquini. Guión: Andrés Duprat. Fotografía: Pablo Huerta. Elenco: Daniel Hendler, Mario Lombard. Duración: 66 minutos.

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