Elefante+blancoLa realidad que se propuso filmar Pablo Trapero es potente, pero Elefante blanco es una película impotente a la hora de crear una realidad cinematográfica compleja -verdad audiovisual- con la materia prima que tiene entre manos (habría que ver La 31, Barracas y buena parte del cine hecho en villas para encontrar un punto de vista inherente a esa realidad, original y poderoso en un sentido no espectacular). La potencia cinematográfica consiste en crear mundos ambivalentes y esa ambivalencia aquí no se construye nunca, empezando por unos planos que son ante todo demostrativos y discursivos a un nivel elemental. Uno de los mayores problemas de la película es que presupone un espectador que lo ignore todo sobre ese mundo y que no sea capaz de imaginarlo, a juzgar por los reiterados parlamentos descriptivos, discursos informativos introductorios que usurpan el lugar de la acción. Muchos de esos discursos explicativos suceden mientras la cámara sigue a los personajes por los pasillos de la villa. Entonces los planos secuencia quedan atados a la palabra denotativa antes que dramática. Así como esos personajes no conversan entre sí porque siempre hay uno que sabe y le explica al otro (que representa al espectador y su pasividad en el plano) lo que este ignora, la toma larga cámara en mano o con steady es la forma preferida de la película para enseñarnos un mundo en lugar de permitirnos descubrirlo, recurso retórico con el que la cámara monologa sin que podamos contestarle, y hay pocas cosas más aburridas que un monólogo desapasionado. Porque uno de los grandes problemas de Elefante blanco radica en supeditar el drama a la exposición superficial. Y cuando se vale del drama -sobre todo en la segunda mitad- echa mano a recursos groseros, pseudo trágicos como el del final (la estética de un programa como Policías en acción, al que algunos aludieron como antagonista nefasto de esta película, es mucho más compleja y ambigua que la de Elefante blanco). No falta la concurrencia calculada de situaciones patéticas como la de la irrupción policial, sumada al bebé que Darín toma en brazos, y su posterior desmayo, acumulación de clisés en una sola escena que no sólo molestan por su especulación sino también por las poco convincentes actuaciones, la débil progresión narrativa y unos planos a prueba de opas, diría mi viejo. ¿A qué me refiero? Elefante blanco es una película que pone todo -y ese todo es poco porque carece de densidad- en el centro de la imagen y no construye nada fuera de campo. No hay distintos niveles de percepción e interpretación, pero tampoco potencia arrolladora. La música de Nyman es grandilocuente y torpe, afortunadamente interrumpida bastante a menudo. Darín y Gusmán están flojos, los no actores desentonan cuando tienen que decir unos parlamentos que obedecen a la lógica narrativa clásica, y el híbrido entre realismo social y dramaturgia causal se cae a pedazos. Llueve casi siempre, pero en vez de crear clima esa lluvia hace pensar en la gran capacidad de Trapero como productor en vez de cineasta. Esta es una súper producción en la que revela su capacidad ejecutiva para conducir gente y administrar capitales, posible trampolín para una etapa próxima de su carrera de director de mainstreams de autor transnacionales apoyado por los festivales de cine clase A europeos y sus mercados adyacentes. Las recientes declaraciones de Frémaux, su presencia por partida doble en Cannes, y el uso turístico, promocional de la pobreza y los márgenes (programático si pensamos en Leonera y Carancho) como tópico latinoamericano para comerciar en el primer mundo cinematográfico, parecen indicarnos que lo suyo es seguir el rumbo de los González Iñárritu, Salles y otros.

Elefante blanco (Argentina/España/Francia, 2012), de Pablo Trapero, c/Ricardo Darín, Martina Gusmán, Jérémie Renier, 105′.